BOGOTÁ, DICIEMBRE 25 DE 1981
Jaime Jaramillo Escobar
A la orilla del mar se vive con el corazón agitado, en un naufragio permanente. Los vientos zumban, las trombas marinas levantan vacas y casas por los aires, todas las emisoras están en S.O.S., los restaurantes sirven almuerzos de emergencia. Los puertos tienen el pánico de los ahogados.
He vivido en puertos bravos, donde la borrasca se lleva un bus lleno de gente y lo hunde en el mar cuando faltaban dos cuadras para que todos desembocaran felices a la puerta de sus casas. Puertos donde tú estás dormido y de pronto sientes que ha entrado alguien a tu casa y miras y es el mar que chapalea debajo de tu cama.
Puertos del Pacífico en donde cae día y noche un aguacero persistente y una lama oscura cubre los techos y paredes mientras la despedida insondable de un barco me empequeñece el corazón.
Puertos dramáticos donde el aire tiene olor a tragedia, y por eso en los carnavales salen máscaras en forma de calavera para divertir a los moribundos.
En Barranquilla, uno de mis paseos preferidos era irme solo por las tardes al cementerio de barcos. Allí la herrumbre que se extiende sobre los cascos, algunas lianas y yerbas, y la cruz de un mástil contra mi memoria al atardecer.
Conocí un marino que había ido a la isla de los monstruos, donde las sillas tienen tres patas. A esta isla desterraban los leprosos para que se los comieran los perros. Con el tiempo resultó una raza extraña, y los barcos no volvieron a pasar cerca de esta isla.
En cayo Bolívar, al sur de San Andrés, un hombre vive solo con una palmera. Cada seis meses un barco le lleva provisiones, y recoge a cambio caballitos de mar y caracoles. Hace veinte años que acompaño a ese hombre arisco como un pelícano, que desafía no sólo a la humanidad, sino también al mar y a los vientos, desnudo sobre un banco de arena, hombre cósmico, tan pequeño y tan grande en medio del océano, ningún buque se le iguala, ninguna ballena.
Los mares que conozco no son mares para turistas, son mares para lobos. Caminando hacia San Bernardo del Viento, el calor de la arena me derritió las botas de cuero. En una choza me dieron un vaso de agua con limón, en que se veían agitarse las larvas. Muchachos desnudos cortaban hojas para ponérselas en la cabeza. En la playa salvaje, frente a la mar abierta, gigantes olas por entre las cuales había venido, en una canoa, a ocho días de distancia, un joven moreno para estudiar en el colegio. Mientras él se esforzaba por comprender el álgebra, a una temperatura de 45 grados, yo pensaba con aprensión en el viaje de vuelta que tendría que hacer en su canoa, y en el otro viaje de regreso, y maldecía al álgebra y al profesor de álgebra que le haría perder el año a un héroe.
Aquí todo es así, injusto y patético, y no hay playas lindas como Maragogi, con mar de seda y arenas rosadas.
Las playas más escogidas se han tragado a mis amigos: a Marín el pintor, a uno que era músico, a otro que era una bestia salvaje, pero yo lo quería mucho. El mar se lo tragó a media noche, aprovechando la oscuridad.
Maragogi es musical, tiene muchísimas palmeras y un agua tornasolada, iridiscente de peces. En las mañanas el mar está como un espejo, y tú puedes entrar en él caminando por aguas someras. Después, un suave oleaje de vacaciones juega contigo a la altura del pecho, y en la orilla Creusa le está enseñando a nadar a Poliana. De pronto una olita más grande viene y se arroja sobre Poliana para hacerla llorar. Creusa se asusta, ¡ola malvada! Luego, todos ríen.
Caballo de Troya, el buque que sale, viaja lleno de jóvenes guerreros.
Hay un grabado en el que se ve a Jonás en el vientre de la ballena, asando un pedazo de hígado en una hornilla pequeña.
Vomita jonases sobre la playa el buque que llega.
Y el capitán no es responsable de los actos de Dios, según las leyes del mar.
Mi profesión es cronista de mar: Yo acompañé a doña Isabel Barreto, mujer de Álvaro de Mendaña de Neira, quien fue la primera y única mujer que recibió el título de Adelantada de la Mar Océana, después de haber llegado a las Filipinas tras inmensas penalidades y muertes. Y por eso sé que “no hay ni una gota de agua en el mar que no haya sido gota de sangre o lágrima” (James Oppenheim).
Con el cuadro de Creusa frente a mí, puedo escribirte un libro sobre el mar. Cuadro milagroso, tan pronto como lo vi recordé los tejados de las casas de hacienda en la región del río Cauca, por donde transitaba mi infancia. Tejados de hojas lisas de zinc, pintadas con ese color salmón que los protegía del óxido, a cambio de oxidarse él mismo, y que Creusa con tanta maestría ha sabido pintar en sus matices y texturas, con las leves sombras del atardecer que empiezan a refrescar la cabeza. Lo miro persistentemente, esperando que alguien se asome por una ventana, pero yo creo que se asoma cuando dejo de mirar. Atrás de los tejados empieza ese mar del que tanto hay qué decir, cuyos colores Creusa se sabe de memoria, como si antes de ser mujer hubiera sido sirena, y además es un mar que se mueve como un acróbata sobre la línea del horizonte. Voy a demandar a Creusa por daños y perjuicios, pues cuando desembalé su cuadro, el mar inundó el apartamento y el diccionario salió navegando por la puerta.
Tus poemas contienen a veces unos versos asustadores. Difíciles de traducir. Por ejemplo, aquel Cristo que se esfuerza por desclavar su mano para darme una bofetada. Darnos una bofetada con la mano de Cristo, tú eres el único que se ha atrevido a hacerlo. Jesús arrojó a los mercaderes del templo con un látigo, pero una bofetada, eso no lo hizo.
Hay pensamientos que se pueden expresar en portugués, pero si se traducen al férreo castellano aumenta su contundencia, y quedamos anonadados por frases exterminadoras, de un poder destructor que, si bien las merecemos, preferiríamos no oír.
J. J. E.