BOGOTÁ, OCTUBRE 1 DE 1981
Jaime Jaramillo Escobar
La música, las canciones, las artes y la poesía las he tenido siempre cerca desde la infancia. Mi madre, en otro tiempo, tocaba instrumentos de cuerda, cantaba, pintaba y bordaba con sedas de todos los colores. De modo que no soy ajeno a ese espíritu que reina entre ustedes.
Não permita Deus que eu morra,
sem que eu volte para lá:
sem que disfrute os primores
que não encontro eu por cá;
sem qu’ainda aviste as palmeiras
onde canta o sabiá.
Mi amiga Raquel Jodorowsky me contó que Gonçalves Dias alcanzó a divisar sus palmeras antes de ahogarse, pero que Dios le puso en el hombro un passarinho sabiá para que le cante durante toda la eternidad.
Raquel Jodorowsky es una poeta peruana que estuvo en Bogotá por la época detonante del nadaísmo. Nació en una mina de cobre, en el Perú triste de César Vallejo. A los 14 años no había salido nunca de la mina, y no conocía nada más que a su gente y la tierra cobriza. Un día se escapó y empezó a caminar, y de pronto divisó un arbolito en la extensión desierta y se fue corriendo hacia él, creyendo que era un señor, y lo abrazó y le habló, pero después su madre le explicó que ése era un árbol, el único que ella conocía. Los poemas de Raquel Jodorowsky, y su hijo Dayal, tienen esa tristeza áspera de las montañas del Perú.
También se encuentra esa áspera tristeza en Carlos Drummond de Andrade (Canción del itabirano), y en João Cabral de Melo Neto (Morte e vida severina), aunque matizada por el humor, la imaginación, la sensibilidad y el carácter brasileño. La tristeza del Perú, en cambio, es una tristeza irremediable.
La semana pasada estuve conversando con un joven indígena peruano, en una cafetería. Yo estaba embelesado escuchando su habla, que más parecía un canto triste, cuando tuve la sorpresa de que él me preguntara por qué yo hablaba como cantando, como cantando un canto triste. Y es porque ambos somos de la cordillera de los Andes. “Mi andina y dulce Rita, de junco y capulí”, cantaba César Vallejo.
Escribe Gabriel García Márquez en su columna dominical: “De algún modo difícil de explicar, los brasileros llevan a todas partes un grano de locura que les da una dimensión nueva a las cosas. Son portadores de la buena suerte”. Así lo he visto y comprobado en ese país síntesis, vestido de dominó como los pescadores portugueses, en donde lo negro y lo blanco unen contrarios para aplicar una filosofía de la vida que caracteriza al Brasil por sobre todos los pueblos de América.
Los temas, las formas y el tratamiento de la poesía en el Brasil son distintos a los nuestros, y tú mismo eres buen ejemplo de ello.
J. J. E.