BOGOTÁ, OCTUBRE 28 DE 1979

Jaime Jaramillo Escobar

Desde la altura de mi ventana veo algunas gentes lavar sus ropas, porque es domingo:

soldados en la azotea de un cuartel que queda en frente, estudiantes en un patiecillo, una mujer tras una ventana.

Domingo de lavar la ropa, de arreglar la casa, de escribir a los amigos.

Domingo calmo, único día que tenemos para procurar ser lo que somos,

pues el resto de la semana nuestra esclavitud es paciente y burra.


Tu carta me trajo eso que amo en el Brasil: tu corazón,

corazón de poeta que bala desesperadamente, acorralado,

y a veces se disfraza con piel de lobo pero no asusta a nadie,

poeta bendito que clama en el desierto,

santo del infierno,

el que opone su palabra a los vientos,

su pecho, sus brazos delgados, pero nadie repara en él.

En el mercado público el poeta es un espantapájaros.


Poeta Geraldino: tú eres uno de los grandes del Brasil.

Hay muchos grandes poetas en el Brasil, y tú estás en la lista de los primeros.

Los de la llamada “Generación del 45 largo” no igualaron a sus maestros, los modernistas, aunque entre ellos hay muy buenos poetas, como Ledo Ivo.

Después del gran salto de Manuel Bandeira tú vienes despeñado, poeta caído del cielo.

Tu poesía está hecha para todos, como el sol y el agua, y en eso se reconoce que eres grande,

porque un verso tuyo les ayuda a vivir a las gentes,

y el que no sabe hacer milagros no es poeta.


Tenemos una discrepancia en la traducción de uno de tus versos,

pero déjalo así, porque no son problemas del idioma, sino problemas de los pueblos.

En mi país, como en otros países de América, la ley está hecha para perseguir a la gente,

no para protegerla.

Los jueces y gobernantes aplican lo que llaman “el espíritu de la ley”,

y todas las interpretaciones resultan siempre en contra de los pobres,

seguramente por coincidencia.

El presidente dijo muy enfáticamente que él no tiene la culpa de nada.

Según parece, la culpa es de los que no tuvieron un pedazo de pan esta mañana.

Y por eso ahora nos están diciendo que si un poeta toma partido a favor de los pobres, en ese momento deja de ser poeta.


Lo que más me gusta de los poetas del Brasil es su esqueleto quebradizo.

Aquí el gobierno compra a cincuenta mil pesos estas bestias rosadas

que se arrastran a poner sus huevos en las gradas del capitolio.

Mejor nos iba cuando no teníamos dinero, pues no se podía comprar a nadie.

En el Brasil, en cambio, cada poeta es como ese cactus de Bandeira: ¡Bello, áspero, intratable!

Traducir tus poemas es para mí como participar en el acto de su creación.

Verso que nos deje impasibles no fue escrito con arte, pues el arte tiene por objeto conmover.

A medida que sale de sus fronteras, la poesía del Brasil sacude a América.


No dejo de pensar en ti, allá en Recife, escribiendo la más bella poesía sin aspirar a más reconocimiento que el corazón de los hombres y mujeres que te lean, y después de leerte no puedan olvidarte.

J. J. E.