RECIFE, 18 DE ABRIL DE 1982

Geraldino Brasil

Leí el artículo de Enrique Caballero. Realmente, este nuestro querido Brasil es diferente. Desde su origen. Nuestra buena suerte comenzó con un descubridor portugués. Si no hubiera sido así, no tendríamos esa morenidad brasilera, esa disposición natural, ese sentimiento especial y esa habilidad (jeito) para resolver las cosas.

Nuestros indígenas no sabían de cosas como El dorado, y no se habían formado para civilizaciones como los incas o los mayas. No opusieron resistencia. Asistieron a la primera misa. Su resistencia fue pasiva. No se sujetaron al trabajo esclavo. Creo que fue esa resistencia pasiva lo que mucho contribuyó a la grandeza del Brasil. Porque, gracias a ella, tuvieron que venir los negros, cuya influencia perdura en nuestros sentimientos. Por fortuna, el colonizador fue portugués, no holandés. Si hubiera sido holandés, continuaríamos separados indios, blancos y negros, con tres naciones en el mismo territorio. El portugués, con el mestizaje, conformó la identidad del Brasil. En ningún otro lugar el rey del país colonizador diría a su hijo: “Coloca la corona en tu cabeza, antes que algún aventurero le ponga la mano encima”. Fue la única colonia que, libre de la corona, permaneció coronada, y el rey era hijo del rey colonizador. En ningún otro lugar, al abolir la esclavitud con un decreto, la hija del emperador sabía que empezaba a perder el trono. Antes de esa Ley Áurea hubo la llamada Ley de vientre libre. Y la llamada Ley de los sexagenarios, etapas de abolición, no conquista de los negros que, aun después de la abolición, muchos permanecieron en las haciendas, y tantos de nosotros tuvimos amas de leche negras. No hay, entre los de mi generación, alguno que no haya tenido de su infancia el recuerdo cariñoso de un buen negro servidor, o de una negra maternal.

Nuestra historia continuó así. De la colonia a la independencia, del imperio a la república. Pero no pienses que los brasileños no serían capaces de ensangrentar este país. Claro que lo harían, si algún gobierno decretase la extinción del carnaval, o prohibiera el fútbol. En ese caso, sí. Pero fuera de esas dos instituciones brasileras, las demás pueden ser modificadas con esa costumbre nuestra de reestructurar teóricamente, y en la práctica dejar todo como estaba.

Cuando el gobierno prohibió el juego de bicho, no hubo protestas. No hubo violencia. Simplemente se apeló a la costumbre: el decreto permanece en vigor, el gobierno no acepta revocarlo, pero no se deja de jugar. Se da el caso de que, el que juega y gana, pero no recibe el premio, se queja a la policía. Es Brasil.


Con ésta te estoy enviando otro libro de poemas de Alberto da Cunha Melo.

Somos vecinos, pero no debo ir a su casa. Tuvimos, hace unos cuatro años, un momento dramático y nos separamos. Lo conocí en 1972, y se formó con él entonces una gratísima amistad. Los viernes acostumbraba ir a su casa, distante de la mía en otro barrio. Cuando yo llegaba, él ya estaba esperándome, y me recibía con fraternal regocijo. Un día me dijo que mi visita le agradaba particularmente porque, mientras los demás poetas que recibía se mantenían en pose intelectual, excluyendo de la conversación a su mujer, yo, en cambio, departía con igualdad entre todos, y con deferencia para ella, por lo cual me estaban agradecidos. Mi conversación, en efecto, no era intelectual; era la mía, que a nadie excluye.

Dos viernes en la tarde volví, y encontré que él aún no había llegado. No acepté entrar. Decidí quedarme en el portón. Ella permaneció conmigo, esperando. Y empezó a quejarse de él: que sólo regresaba temprano los viernes porque era el día en que yo iba a verlos. Que no era el marido que sus amigas pensaban que era. Traté de defenderlo, diciendo que debíamos tener en cuenta su trabajo. Que, cuando nos encontrábamos fuera de su casa, él se refería siempre a ella con expresiones del más cariñoso afecto. (Invención mía, para defenderlo).

Más adelante, empecé a notar que ella me dirigía miradas demasiado insinuantes. ¡Qué situación! Aproveché un viaje a Salvador (Bahía) con Creusa, y les avisé a ellos que, por distintos motivos, en adelante podría visitarlos sólo una vez por mes. Me proponía, de ese modo prudente, una retirada gradual.

A mi regreso de Bahía llamé a Alberto para saludarlo, y él me pidió que nos encontráramos en un bar.

En el bar, con la cabeza baja, me confesó que su mujer le había dicho que yo la estaba cortejando disimuladamente, con miradas provocadoras.

Mujer diabólica.

Tuve pena de Alberto. Sin poder desacreditar a su mujer, y sin poder acusarme.

Fue un momento terrible. Nos apartamos apesadumbrados.

Pasados muchos años lo reencuentro ahora, con otra mujer. Fue en el festival de poesía. Me invitó a su nueva casa.

No fui. No puedo ir.

G. B.