RECIFE, 5 DE MAYO DE 1987
Geraldino Brasil
Jaime: ésta es sobre mi madre. Ya no está más con nosotros. Se conservó lúcida hasta el fin. Me preguntaba por nuestro amigo de Bogotá. Me besó las manos pocas horas antes.
Lo que más me impresiona es que murió lejos de mí, en Maceió, en la casa donde, y con quienes yo no hubiera querido. Ya te dije en otra carta cómo eran las cosas allá. En los últimos cuarenta años la escuché pidiendo a Dios que la librase justamente de eso que temía. Era una premonición. Si yo no tuviese fe en Dios, quedaría confundido por desatender una petición reiterada durante tantos años. Recuerdo a Jesús –y era Jesús– que también pedía angustiado “aparta de mí este cáliz”. Y no fue posible. Porque estaba escrito.
Fue mi primera maestra, lo digo con saudade. Saudade es deseo de tener de nuevo, de volver a ver, de sentir. Ah, si la tuviese, si la viese sobre mí, severa, severidad de maestra por amor a su único alumno. Mi maestra nunca estaba ocupada con otro alumno. Porque antes de su primer grupo, la maestra de primaria casó con mi padre, y el resultado es que fui objeto de la atención que distribuía entre los cincuenta alumnos de la clase. La palmeta para cincuenta la dedicó solamente a mí. Entonces, es claro que tuve que aprender rápido. Aunque no fuese “niño prodigio”, tuve que parecer que lo era, para salvarme de la palmeta. Qué saudade inmensa, ah, qué saudade inmensa de mi severa maestra, qué saudade inmensa.
El primer recuerdo de mi madre, a los dos años, es que terminaba sus oraciones con la señal de la cruz, y luego dirigía su mano al cielo, como hacia Alguien a quien miraba con sus ojos negros. El siguiente recuerdo era en el trabajo de la casa. Oración y trabajo, deberes y fe.
Cuando ella me señalaba las nubes
–que fue Dios quien las hizo–
se inclinaba para posar
su mano en mis cabellos soleados.
Mano que sólo igual vería
–mucho tiempo después–
en los pinceles de Fra Angélico.
Mi madre,
cuya alta cabeza resplandecía,
hoy está viejecita
y volvió a su tamaño de niña.
G. B.