TREINTA AÑOS
DE LOS POEMAS DE LA OFENSA
Biblioteca Pública Piloto de Medellín · 1 de octubre de 1998, 18:30
Señoras, señores:
La deferente invitación de la Biblioteca Piloto implica una obligada referencia al tema que nos reúne, aunque no sea igualmente conocido por todos.
Algunos amigos me sorprendieron con la noticia de que se cumplen treinta años de la primera edición de Los poemas de la ofensa. No lo sabía, ni me importaba, pues no me parece que treinta años sean motivo de nada; pero me han pedido unas palabritas, y no debo negarme. Porque, además, coincide con algo que pensaba hacer, en forma menos notoria, para dar respuesta a diversos asuntos que con frecuencia se me proponen. Y, lo que debió haber sido sólo una carta a Darío Jaramillo Agudelo, porque a él está dedicado el libro, modifica el tono del discurso para la pública infidencia, puesto que en ocasión como ésta se resume. Con el agravante y el riesgo de decir a ustedes lo que no esperaban.
El editor, pacientemente, tardó quince años en vender tres mil ejemplares. El precio comenzó en veinte pesos. Los últimos, como edición príncipe, fueron subastados a cien mil, en la Feria del Libro, en Bogotá, este año. En 1982, Colcultura imprimió tres mil ejemplares de una edición económica, reducida a 23 poemas con el título de Extracto de poesía, que se agotó ese mismo año. En 1985 y 91, la Colección Guberek, de Bogotá, realizó las dos últimas ediciones.
La primera versión del libro, con poemas escritos desde los años cuarenta, estuvo concluida en Medellín hacia 1953. Durante los siguientes diez años sufrió modificaciones, hasta su composición final en Cali, en 1963. En Barranquilla, en el 67, se hicieron las últimas podas, aunque todavía es posible modificar algo. Un libro nunca se termina de escribir, ni de leer.
Cursé bachillerato en Andes, en el Liceo Juan de Dios Uribe, que ya no existe y fue reemplazado por otra cosa, y vine a Medellín en 1951. En sentido cronológico, el primer poema del libro es Coplas de la muerte, excluido y luego reintegrado, por ser la copla fundamento de la poesía popular. Para mi sorpresa, fue el primer texto traducido, al año siguiente, en París. El dato no puede ser más irrelevante, pero lo que resulta curioso es que ese poemita de adolescencia, anodino y desestimado, apareció enseguida en inglés y portugués, y posteriormente ha sido muy traducido, de lo cual se deduce que debe tener gusanito. La muerte fue el tema principal en los poemas iniciales, porque la muerte es la primera experiencia de cualquier niño colombiano. El primer tema de la poesía fue el amor, que sustituimos por la muerte, y como se infiere fácilmente, un país así qué futuro tiene.
En una historia de la poesía colombiana, el biógrafo deja sentado que no tengo biografía, es decir, que no he existido, con lo cual me hace el más grande favor. Borges le contesta que la biografía de los escritores son sus obras. Borges tampoco tenía biografía, según su biógrafo. Hablo, pues, de la biografía del libro, no de su autor.
La mayor parte de los poemas son anteriores a 1958, año de inicio del Nadaísmo. No hubo, en realidad, una teoría literaria nadaísta. El Nadaísmo no fue una escuela. En ese aspecto, cada quien conserva su originalidad e independencia. Es falso que los escritores nadaístas tengan identidad literaria. Por eso Gonzalo Arango dijo que no me gustaba el Nadaísmo, sino el Jaramillismo. Pero coincidíamos en lo fundamental, que viene a ser lo mismo: que es indispensable defender la libertad de expresión, siempre amenazada por diversos poderes, y en último caso encontrar formas sutiles de comunicación que registren los hechos para la historia. Lo demás constituye el desarrollo de ese postulado.
El poema Los huyentes fue garrapateado en un bus de escalera, bajando de Santa Elena un domingo de 1951. El que trataba de escribir había escapado de la violencia en el Suroeste, con la cual convivió hasta los 19 años. La poesía es ocultismo, porque suele esconder doble sentido. El poema que se escribía era a la vez metafísico y revelador, lo cual ocurre cuando se traslapan los significados. Y ésta es una receta para los aficionados a las recetas, que es lo que siempre piden quienes aspiran inútilmente a simplificar los procedimientos.
La sensación de soledad, desamparo y angustia que transmite el poema es la del desplazado, en un medio hostil que se cierra sobre él. Los huyentes pudo haber sido escrito esta mañana. Así deben ser los poemas.
Desde la sociología, sólo tengo que agregar que los desplazados de la primera violencia fueron tomados tan de sorpresa, que no pudieron reaccionar como los de hoy, pues no existían antecedentes. Desconcertados y desorientados, sirvieron a los propósitos de sus victimarios.
Desde la religión, que cuando un pueblo enfrenta catástrofes abrumadoras, y en ellas se ve desaparecer, pierde la fe, pues no encontró la ayuda providencial que esperaba.
El pueblo colombiano «empleando esta expresión en sentido histórico» ha sido siempre humillado y ofendido. De ahí el título, cuya clave está en el libro.
Los huyentes son los desplazados, los que durante todo el siglo han huido de la violencia. Mi primer encuentro con la violencia política ocurrió en Pueblorrico, en la guerra de los años treinta, que está poco historiada porque no prosperó, pero fue la semilla de la siguiente guerra, que empezó en la siguiente década, y dio origen a la presente guerra, con la cual recibiremos el próximo siglo.
Tenía yo cuatro años cuando presencié una horda de fusileros que disparaban al Cristo de la iglesia, un domingo a la hora de la enseñanza religiosa. Las monjas del colegio vecino rescataron a los niños que estábamos allí, y desde entonces supimos que en Colombia ni el mismo Cristo se salva de las balas asesinas.
Mientras otros países trabajan y prosperan, los colombianos se han dedicado al exterminio durante todo el siglo, pues la guerra de los años treinta tuvo su origen en la famosa guerra de los mil días, o sea que ya hemos vivido la guerra de los cien años, y vamos a empezar a contar para los doscientos.
La historia no olvidará, pero los guerreros saben que pocos estudian la historia, y sobre todo, que el libro más mentiroso siempre se llamará La verdadera historia de Colombia.
Aquel domingo de 1951 fui a Santa Elena a visitar a mi tío Luis Emilio, quien vivía en el palacio que está completo en el poema Por nombre Roy, y del cual aún existe el cuerpo central, de arcos rebajados. Las galerías laterales fueron derruidas para construir galpones, al uso actual. En ese entonces el edificio señoreaba el lugar, rodeado de bosques y de pastos, y aguas que desaparecen para dar paso a la sed.
Santa Elena era ese edificio, que nunca encontró el destino adecuado; la pequeña oficina de la Inspección de Policía, y los caminos veredales que se internaban en la fría montaña, hoy lujosamente habitada.
Después de treinta años regreso a Medellín inesperadamente, y vuelvo a subir con frecuencia por aquellos parajes, para visitar en su granja a don Gabriel Caro Urrego, mi maestro de escuela, que me enseñó a leer y escribir correctamente. Hoy se enseña esa cosa pedante y ridícula, llamada con falso alarde «lectoescritura», con la cual nadie lee ni escribe, como a todos nos consta.
Aparte los felices rabitos de la televisión, el pueblo colombiano ha sido demasiado sufrido. Cuando la denominada primera violencia despobló los campos y lumpenizó las ciudades, para poner en marcha un modelo económico errado, se causó un daño irreparable, de consecuencias impredecibles a largo plazo. Rehacer todo no será fácil de ningún modo, porque las heridas son innumerables y profundas. Empobrecida y desahuciada, la nación se encuentra agonizante.
Rara vez un primer libro de poemas alcanza buen suceso. Lo debo a la imposibilidad en que estaba para publicar, lo que me permitió tener la paciencia que los jóvenes poetas de hoy no conocen, y así pude volver sobre los textos, descartar, pulir con lija no demasiado fina, para evitar la lisura, el vicio de la forma, y preferir en cambio la energía, el tono seguro, el carácter, el impacto. Deploro el estilo débil, cercano a la cursilería, la frivolidad, el manierismo. No solamente vengo de la provincia recia, sino que en todo prefiero los maestros a los aprendices.
Lo que más me ha enseñado a escribir poesía no es la poesía, demasiado manoseada, sino la prosa y la publicidad. La publicidad enseña precisión, oportunidad, claridad, iluminación y destaque, astucia, poder de convicción, y sobre todo, a calcular la reacción del lector. La prosa enseña al poeta a seleccionar los temas, estructurarlos, desarrollarlos literariamente, presentarlos con efecto, fijar la atención del lector, llevarlo al lugar encantado que se le propone. Hay, desde luego, malandrines que intentan arrastrarlo a un muladar, para asaltarlo allí. Pero el buen escritor es respetuoso de los demás, ya que asume una misión constructiva. El verdadero artista nunca puede ser destructivo, puesto que se define como creador. Lector que se deje estafar, bien merecido.
La capacidad de comprensión de la poesía es escasa y dogmática. Borges y su ejército contra García Lorca, sangre fría contra sangre caliente; huestes contra Borges. Nadie más vilipendiado que don Luis de Góngora, a pesar de que toda la poesía en español proviene de Góngora, que es la imagen. Los enemigos de los Estados Unidos, unidos contra Whitman, nacido en los hontanares bíblicos. Los ejemplos son innumerables. El Tiempo de Bogotá gasta un editorial alegando que Ernesto Cardenal es un pésimo poeta. Diario del Caribe, de Barranquilla, emplea otro larguísimo editorial, tipo sábana, para demostrar que García Márquez nunca aprendió a escribir, y el director del diario era Francisco Posada de la Peña, que después estuvo como embajador en Caracas, ciudad adoptiva de García Márquez. León de Greiff, el más alto poeta colombiano, gloria de Antioquia, a nadie interesa hoy, ni siquiera a los poetas. En catorce años de taller de poesía no hemos logrado ocuparnos seriamente de Álvaro Mutis Jaramillo, nuestro principal poeta vivo, también de ancestro antioqueño, exportación de café, porque Mutis, buen conocedor de la historia, ha declarado admiración por personajes sobresalientes de ilustres monarquías europeas. Según esos compañeros míos, Fidel Castro puede entrevistarse con el rey de España y dar el nombre de Carlos IV a un centro comercial en La Habana, pero nosotros, poetas de provincia, no podemos leer a Álvaro Mutis por ser monarquista. Consideración estúpida, radiografía que deseo dejar aquí consignada, porque si así fuera, no podríamos leer siquiera al Marqués de Sade, que visto desde acá en la actualidad resulta bastante bobito. Si el diablo le permitiera venir a Colombia, podríamos darle al divino marqués una buena lección en cuanto a despedazar gente y quemarla viva en nombre de la democracia. Cuando hice llegar un ejemplar de Los poemas de la ofensa a mi admirado amigo Ernesto Cardenal, en la época de Solentiname, me respondió de inmediato que esos poemas eran «canto vano», «cantar por cantar», porque no le parecieron revolucionarios. La revolución de él ya se acabó, pero la revolución estética continúa, y de qué modo. Un joven del taller, considerando que no se apreciaban suficientemente sus poemas, se despidió con esta advertencia: «¡Cuídese, maestro!».
Nunca he tenido en cuenta las rivalidades, celos y envidias que existen entre los ilustres escritores, especialmente los excelsos poetas, y que apelan a la difamación, la calumnia, las intrigas, la amenaza y la agresión personal. La discusión de ideas fue siempre lo importante, en esa escuela me formé, pero ahora no se discuten ideas sino preeminencias, la disputa es por espacios y reconocimientos públicos, y en tales bajezas se emplean los que no teniendo futuro se despellejan por el presente. Dice el filósofo que él no muerde a nadie, y se aparta del camino por donde pasan los que muerden. El caso es que en Colombia no se limitan a pasar, sino que se devuelven y persiguen, y entonces todos se destrozan en la gran carnicería nacional. Sin excluir a las distinguidas poetisas.
La continuidad entre Mamá negra, que abre Los poemas de la ofensa, y Alheña y azúmbar, con que se inicia Poemas de tierra caliente, resulta evidente en todo sentido, aunque entre los dos textos median veinte años. Pero el auténtico empate con Los poemas de la ofensa es Perorata, primer poema de Sombrero de ahogado. En el intermedio está Apogeo del sucesor, que se agregó en Extracto de poesía. La segunda parte de Perorata ya estaba escrita cuando se definió el contenido del primer libro. Todo lo que tuve que hacer en enero de 1983 fue poner el comienzo. Rara vez escribo de principio a fin. Empiezo por cualquier parte, y voy agregando el resto. Esa es la técnica del soneto, que tan buenos resultados da en las artes, sea la elegante jardinería clásica, o la vulgar chatarra de los actuales artistas recicladores, uno de los cuales tuvo la avilantez de decir que Miguel Ángel, su colega, reciclaba el mármol.
Las precisiones anteriores están hechas no sin razón, pues el primer libro se escribió entre 1943 y 1963, y los dos últimos, que son uno solo dividido en dos por motivos prácticos de edición, se escribieron en los primeros meses de 1983 en Vipasa, Cali. Tuvieron que pasar veinte años para que la crítica reconociera el libro que hoy, inesperada y sorpresivamente, nos convoca. Y, por supuesto, deberán pasar por lo menos otros veinte años desde su publicación para que los dos libros siguientes sean justipreciados por la misma crítica. Sé lo que digo, porque sé lo que hago. Suficientes indicios muestran que así sucederá. Alheña y azúmbar no requiere el permiso de la crítica. Le dije eso en Cali a Gonzalo Mallarino, de El Espectador, y se puso furioso.
Desde el punto de vista del entendimiento, se empieza viejo y se termina joven. Si no fuera por eso, no se podría vivir. Poeta que se deja orientar es porque está desorientado. Si está desorientado, mal poeta. Cada poeta trae del otro mundo a este mundo su propia brújula. Los talleres de poesía no son para reparación de brújulas, sino para la brujería. Sin brujos no hay brujería, esa es la cosa, pero a veces los hay, y hasta muy peligrosos. El aprendiz de brujo que chapalea es inofensivo. El verdadero brujo permanece impasible.
Los poemas de la ofensa fueron compuestos sin cálculo literario, obedeciendo a la inspiración, sin la cual no hay poema que valga. Si hay inspiración, se escribe; si no la hay, se redacta. Redactar es fácil: se aprende. Para escribir se necesita el ángel, el duende, o el gusano. Cualquiera sirve, a condición de que esté borracho.
La poesía es un arte, y por lo tanto carece de sentido preguntarse si es necesaria, o no es necesaria. Sería como preguntarse si la literatura es necesaria, y si sirve o no sirve, en tiempos de guerra. Para hacer preguntas tan tontas, se necesita tener carnet de periodista.
Algunas de las preguntas que se me hacen sobre el libro no se pueden contestar, no por falta de respuesta, sino porque los indios americanos me enseñaron a callar. El indio Tascón, que está en el poema Mi vida con el chamán, nunca preguntaba nada a los blancos, porque los secretos no son compartibles. Los que me dio, me los dio a cambio de nada. La poesía debiera ser gratuita, porque los ángeles no se venden, excepto que sean artificiales: falsos ángeles y palabras falsas. La única escuela de sabiduría que existe es la escuela elemental o primaria, donde se aprende la verdad, no por boca de los maestros, sino en el patio de recreo. De ahí en adelante, todo es costosa mentira.
Siempre he creído que la justicia debe ser lenta, para que haya tiempo de reflexionar, lo que se dice dormir entre cuatro velas, y asimismo la crítica. La crítica de la poesía no la hace la crítica, sino la historia, es decir, los pueblos. Dele vida usted a su poema y suéltelo. La selección natural se encarga del resto. Si es resistente, sobrevivirá. Si no lo es, aunque lo alimente con la leche y la miel de la propaganda y la adulación, el poemita morirá. Para eso, obviamente, hay que creer en lo que se hace. La justicia es según el bando desde donde se mire. Si usted la pide, se la aplican. Y así es la crítica. Mejor quédese callado.
Entre el concepto y el lenguaje media un abismo. En este siglo, casi todos los conceptos anteriores cambiaron, y el lenguaje ya no los representa. Como inventar palabras es dificilísimo, se les cambia de significado y así se construyen la torre de Babel y el nuevo diccionario de la inmortal lengua española. Por eso resulta sorprendente comprobar que, después de tantos años, esos poemas transmiten un sentido emocionado en Nariño o en la isla de Providencia, en Quibdó o en Caracas, en el sur del Brasil, o en otra lengua en la cual el poema se transforma para hablar a alguien con cuya incógnita sensibilidad no parecía probable que se diese la remota cercanía.
Consideramos al español como una lengua muy buena, por la sencilla razón de que el español no existe, ni en la teoría ni en la práctica. Cada quién se sirve de él como le parece, y nada importa si no se entiende. Mientras menos se entienda, mejor. Mejor para el inglés.
Las autoridades educativas, que en todo han fracasado, puesto que no somos en modo alguno un pueblo culto, pretenden solucionar el problema volviendo al nombre de castellano que antes dimos al español, pero la Academia y el diccionario se llaman de la lengua española, no del castellano.
¿En qué idioma están escritos Los poemas de la ofensa? Están escritos en lengua juvenil, que se emociona, se asombra, se admira, se entusiasma, se apasiona, protesta, se alegra, sufre, duda y defiende lo poco que hay qué defender. Por haber sido escritos en esa lengua lengüilarga, flexible e irreverente del pueblo, y no en la lengua anquilosada, asmática, recortada y pulida de los gramáticos, pasan los años como si no pasaran, para desesperación de los que se marchitan con el primer verano.
Los poemas de la ofensa, sin embargo, no es un libro fácil porque sus claves están dispersas. Para llegar a él no se requiere ser instruido, sino pariente de la poesía. Respetar las claves de comprensión para los iniciados es ser coherente en la simbología. En ese sentido hay un orden en el libro y una continuidad en los siguientes títulos. Además de una técnica, la comunicación exige un método. No se escribe para incomunicarse. Hay hombre que cree huir de la poesía; pero es la poesía la que huye de él.
El concepto de claridad es relativo. Lo que hoy no permite leerlo, no es la complejidad de León de Greiff, sino la ignorancia del culto lector. Mayor dificultad presentan los barrocos y neobarrocos, de los cuales se hacen versiones a la lengua común, pero lo extraño es que a Lezama Lima todo el mundo dice entenderlo perfectamente, sólo por ser cubano. De lo cual se deduce que debemos solicitar a Cuba la nacionalización allá de León de Greiff.
La mejor poesía colombiana estuvo siempre al alcance de todos. Esa poesía sigue siendo la misma, pero el pueblo colombiano ya no lo es. Promediado el siglo hubiera sido ofensivo que la universidad se preguntara si un bachiller sabía leer. Hoy en día, la admisión a las universidades pone todo el énfasis en averiguar si el muchacho sabe leer: si analiza, si comprende, si recuerda. Ante esa mediocre realidad, los escritores sobran en Colombia, por más congresos y ferias del libro que organicen. Algo muy grave tiene que haber pasado, para que estemos hablando de estas cosas.
Es lugar común entender que los poemas escritos en primera persona son autobiográficos, y en consecuencia carecen de interés. Delante de Álvaro Mutis me preguntaron quién es el que habla en Aviso a los moribundos. El maestro desvió la conversación, para sacarme del apuro, pero la respuesta es obvia: habla el poeta, no el autor del texto, sino el poeta en abstracto, es decir, la conjunción de tres poetas: el mismo Álvaro Mutis con Moirologhia, Héctor Rojas Herazo con Responso por la muerte de un burócrata, y Andrés Holguín con Epitafio para mi tumba. Ellos se encuentran y vuelven a hablar sobre la muerte en el conocido formato «tres en uno», que es el símbolo de la Trinidad.
Suelen preguntarme también por una ballena que ronda por ahí, sobre la cual, de vez en cuando, se ofrecen desatinadas interpretaciones. Los poemas hablan de la soledad, no la del autor, ni la que se refiere a falta de compañía, sino de la soledad en abstracto, la de todos los poetas, los místicos, los iluminados. Y por eso los poemas son metafísicos. En ellos los conceptos de Dios o del alma constituyen representaciones alegóricas de la mitología, no entidades ontológicas. Es la misma ballena blanca de Melville, que me la prestó cuando tenía catorce años, y me quedé con ella. No invento nada, porque no soy inventor. Todos los poemas del libro son escrupulosamente reales, porque desconfío de la fantasía, pero nadie lo cree. Si digo que por las noches les dejo su comida servida a los fantasmas, se piensa que estoy loco. Los locos son los fantasmas, que vienen a comer. Luis Vidales dijo que La cena de los muertos es un plagio de Rilke. No se dio, o no quiso darse cuenta, de que ese poema es un homenaje a Rilke y está escrito en una técnica, nada fácil, que tampoco es imitación. Para eso se requiere ser médium, nada menos. Y esta es la misma explicación que puedo dar a quien señaló que Los poemas de la ofensa es la continuidad de Los cantos de Maldoror. Cuando alguien muere sin haber dicho algo que quería decir, o sin haber hecho algo que quería hacer, busca un gemelo para que le ayude. Si lo encuentra se posesiona de él, y eso es lo que se dice estar poseído por un espíritu, como estuvo Fernando Pessoa. Hablé de esto con mi psiquiatra. Me dijo que cuando él se muriera me iba a encargar un trabajito.
Hay un misterio en el libro, aun para su autor. Hay un misterio en el mundo, aun para Dios. Si no lo hubiera, no tendríamos nada a qué llamar espíritu.
A los trece años, en la aldea de Altamira, me sentía muy viejo y necesitaba ganar tiempo, por lo cual ingenié las formas más rebuscadas para conocer todo lo que importaba conocer en la poesía. Leía de noche, con bujías de estearina, y a mi padre le parecía mucho mejor que no desperdiciara la noche en dormir. Así, cada día tendría un hijo un poco menos calavera. Desde entonces soy ave nocturna.
Altamira está en varios poemas del libro. La emboscada de Altamira alude a una toma guerrillera de la población, en enero de 1951, pero el poema fue escrito en Cali, diez años después. El palacio que simboliza el poder es el edificio nacional, en la plaza de Caycedo, el cual se describe detalladamente, no sólo para hacerlo reconocible, sino para crear la necesaria atmósfera de pesadilla. Pasado el tiempo se puede ver que el poema encerraba una profecía sobre el desarrollo de los acontecimientos en el mediano plazo, pero las palabras proféticas no tienen mérito porque son inconscientes. Amílcar Osorio, con inútil exageración, amaba el último verso de esa poesía, pero es un verso muy sencillo, aunque en clave poética, por lo cual, probablemente, él es el único que lo haya comprendido.
La experiencia sobre la comprensión de la poesía trae bellas sorpresas. Desconfío de los académicos, pero en San Diego, Cesar, encontré un niño de diez años, Lucho, que se las sabía todas; y en Barranquilla, en 1966, una pandilla de jóvenes bastante malévolos se llamaba la barra X-504 y su evangelio era Los poemas de la ofensa. Los conocí por eso. Para la policía eran bandidos, «joyas», que dicen. Para mí fueron amigos inolvidables.
Un curioso anecdotario acompaña al libro, pero ya se nos está acabando el tiempo, se está acabando el sol, se está acabando el mundo, todo se está acabando. Y también se está acabando la poesía. Pero esa es otra conferencia.
En un libro de Oquendo de Amat se habla de la venganza de la poesía. Eso es muy cierto. Vean ustedes: Aurita López fue a Miami, y en la gaveta de la mesita de noche de la habitación que le asignaron encontró un ejemplar de Alheña y azúmbar. Después me reclamó que yo por qué la perseguía, que le había dañado las vacaciones, que no quería saber nada más de libros. Cerró la librería.