Posfacio
Prólogo a Poemas ilustrados, de Eduardo Escobar
Tragaluz Editores · primera edición · 2007
Los poemas de este libro no necesitan la molesta compañía de un comentario. Adorno superfluo, por motivos editoriales. Si quiere, no lo lea.
El autor se convirtió al Nadaísmo en la tierna y arisca edad de quince años no cumplidos, recién volado del Seminario de Misiones de Yarumal. Poco después tuvo la avilantez de publicar La invención de la uva y Monólogos de Noé, porque se creía flotando sobre el diluvio. Obras de adolescencia, no pasaron en vano. Inspiraron a su generación, y para el 2007 siguen siendo exploradas por la crítica. En un reencuentro con sus páginas anota José Gabriel Baena: “Los Monólogos de Noé siguen todavía tecleando, leídos más de cuarenta años después, con una extraña y alucinante melodía que atraviesa sus treinta y tres poemas. [...] En ellos Eduardo es una especie de Noé enfurecido y visionario en la Medellín de aquella época, a la que quisiera destruir con los rayos de su desencanto, y de la cual también fabrica afiladas pero tiernas postales”.
En sucesivos libros de diverso género (poesía, narrativa, ensayo, biografía, periodismo), se conforma un estilo que define e identifica al autor en la corriente barroca y culterana derivada por sinuosos cauces hasta León de Greiff. Gran poesía. No para todos. La retorcida sintaxis y la forma gráfica descoyuntada revelan un propósito artístico manierista, rebuscado y caprichoso, en defensa de la permanente libertad creativa.
Por vía de España la literatura presenta demasiado bailoteo. Agregando el polimorfo espíritu americano, las construcciones retóricas juguetonas y experimentales multiplican el efecto de malabarismo y prestidigitación. Es la superficie de brillantes ondulaciones, pero el fondo está lleno de peces gordos.
El experimentalismo que el autor defiende y practica de modo magistral y solitario es propio de toda creación, la cual está siempre amenazada por la retrógrada ignorancia. Los militares no han permitido que Dios concluya la creación. Todas las armas son para destruir.
El experimentalismo en literatura gozó de esplendentes años y se marchitó por el cansancio que produce el ejercicio espontáneo de los aprendices de magos. El abuso de la novedad produjo como reacción el regreso al purismo en el idioma y al clasicismo en el estilo. Es algo que sucede periódicamente, porque cada generación se siente dispuesta a reinventar el mundo. Con dudosos resultados.
Escribir enredado no contribuye a educar, sino a perder lectores. Un estilo para la prosa y otro para la poesía indican un criterio escindido entre la vida y la literatura. La poesía es canto. Si no viene en verso va en prosa.
El autor heredó las mañas del anticuario y aspira a la perfección del laboratorio. Lejos de la natural sencillez, la poesía que es literatura requiere un lector específico, capaz de jugar el ajedrez que se le propone. En ese juego, el autor también está en posición de perder.
Ni hermético ni farragoso, ni natural y sencillo, el poema para eruditos se calcula en el matraz del alquimista.
En sus comienzos el Nadaísmo se identificó con experimentalismo juvenil. De allí su imagen rebelde y revoltosa. La fidelidad del autor al principio de invención lo transporta incólume de un siglo a otro en hombros de la arcaica y refinada retórica que compartió con Amílcar Osorio y otros compañeros de grupo.
No se puede hablar de Eduardo Escobar sin la referencia al Nadaísmo, porque él y Jotamario Arbeláez han sido sus mejores y constantes expositores, cronistas, historiadores, compiladores, propagandistas y críticos.
El verdadero premio de un poeta es que su texto sea perdurable, o que merezca serlo. En los poemas que recoge esta plaquette logra el autor la justa recompensa a sus insomnes estudios, su permanente dedicación, su confianza en la esquiva poesía. Por menos que eso les han sido acordadas las más altas distinciones a poetas menores.
Ejemplo de lector, pensador serio y honesto (de buena fe, que es lo que falta en Colombia), amigo respetado y querido entre los suyos, Eduardo Escobar consigue escribir en el corazón de sus lectores las palabras de sabiduría y belleza que ambicionó a los catorce años, porque desde entonces supo que lo esperarían al final de su esfuerzo.
Al poeta sus pocas páginas trascendentes le cuestan la vida. Y eso es algo que no están dispuestos a ofrecer los traficantes que sólo buscan renombre publicitario con el propósito de estafar a sus contemporáneos. Porque nada pueden esperar del futuro.
En La flecha inmóvil el poeta, como el compositor, vuelve sobre el tema principal. No es un poema suelto. Es el espigón que sostiene las muchas páginas de una obra inquietante y reveladora.
Homenaje a un anticuario muerto es el canto al padre que todo poeta intenta y pocos logran. En este caso es una delicia al paladar, cada letra afiligranada en su sitio exacto, construido minuciosamente con toda la delicadeza, el refinamiento, la sabiduría, el humor de buena ley. La admirable descripción, el amor zumbón, la varonil ternura, el gran arte que todo lo embellece, lo ennoblece, lo enaltece.
Estos poemas prolongan la auténtica y espléndida cuanto ignorada poesía colombiana, que parecía demorarse en Álvaro Mutis a la espera del parto de una improbable musa. Su perfección se interrumpe sólo por silencios intercalados para una reflexión que el lector actual rehuye, porque sólo le interesa en definitiva descubrir quién es el asesino.
Así como Fernando Vallejo es la áspera y levantisca continuación de Fernando González, así en Eduardo Escobar permanece León de Greiff. El escritor que no deja descendencia anuncia su esterilidad. El autor fecundo es creador, se perpetúa en otros y con ello demuestra su genio, su potencia, su riqueza y generosidad.
Cucarachas en la cabeza es la excelsitud de la poesía contemporánea en español. Nadie imaginó que el tema pudiera ser tratado de esa manera. Dámaso Alonso y su famoso poema de los insectos desaparecen ante este alud de cucarachas japonesas, científicas y tecnólogas, que desbaratan un receptor de radio para construir un televisor. Admirable en todo sentido, si bien se mira, el poema es la culminación, el ápice de la poesía colombiana del siglo XX.
El Nadaísmo, objeto de condenaciones, burlas y sarcasmos, sorprende a la poesía por la mano de Eduardo Escobar con una creación que años futuros ofrecerán en nuevas tecnologías, accesorios de moda, marcas internacionales y propaganda política. Cantando un himno hasta ahora desconocido, las cucarachas le declararán la guerra a la humanidad y con su feliz victoria volverá por fin la paz al mundo.