Preliminar
Prólogo a Simonía de amor, de Verano Brisas
Grupo Planeta · 2004
Aunque hasta hoy desconocido en la poesía colombiana, Verano Brisas no es ningún principiante. Veinte obras de consistente valor literario son el resultado de veinte años de paciente trabajo. Incluyen un Pequeño diccionario de términos marinos (Glosamar, 500 páginas), un volumen de Ensayos, otro de relatos, dos novelas (Así me hablaba Rocío, y Bajo el cielo y sobre el mar), varias obras de teatro y trece libros de refinada poesía. Como nadie le va a publicar tantos libros, le propuse esta Antología para salir del fatídico número 13, aprovechando que el Grupo Planeta estaba en busca de un autor nuevo para su aventura editorial del 2004.
Pero Verano Brisas no es el teórico que se aísla a escribir una obra que será importante cuando se conozca. Primero fue chico de río, y más tarde hombre de mar, como sabrá quien leyere. A los nueve años viajaba solo por el río Cauca, desde Anzá hasta Santafé de Antioquia, abrazado a un trozo de guadua. El regreso lo hacía pegado de la cola de la mula del padre Mamerto Flórez, legendario cura de Anzá. Desde entonces se ha pasado la vida flotando sobre cualquier madero, en aguas embravecidas. Y cuando no flota vuela, porque también fue piloto en los aún recordados DC de Aerocóndor, y lo peor que puede ocurrirle es estar en la dura y peligrosa tierra firme, donde el que se cae se quiebra la cabeza, que tanto se necesita para pensar. En efecto, un mal día de su niñez se arrojó a un charco desde considerable altura, dando de cabeza contra una roca en la que se destrozó el cráneo. Sus asustados compañeritos lograron sacarlo inconsciente y amarrarle la cabeza con una camisilla mientras buscaban socorro. Adolescente aún resbaló en el borde de un horno, en una hacienda panelera, y cayó en un fondo, o paila de melaza hirviente, que es la representación popular del infierno. Se pensó que no alcanzaría a llegar a un hospital en donde pudieran hacerse cargo de un diablo tan quemado que se le veían los huesos. Así como los Masai creen, según se dice, que todos los ganados les pertenecen, eso mismo creía Verano, enamorado de los aviones. Un día, con otro piloto, tomó uno cualquiera en el aeropuerto de Miami y salieron a dar una vueltecita, para demostrar la inseguridad aeroportuaria. Por supuesto, los persiguieron, los alcanzaron cerca de cierta isla, y en consecuencia fue deportado. Entonces optó por el comercio y el esoterismo en el sur del país. En los negocios siempre fracasó, pero en cambio llegó a ser un eminente profesor de ciencias ocultas. Luego fue a parar a la costa colombiana del Pacífico, en donde se dedicó por años a la navegación y la pesca marítima. Más tarde se decidió en el Ecuador por la profesión de odontólogo, que ejerció posteriormente en Medellín. De la odontología pasó a ser astrónomo aficionado, miembro de ACDA, y como se comprende, de todo eso a la poesía no hay sino un paso, que lo dio después de la muerte de sus dos esposas y la separación de varias compañeras, pues olvidaba decir que también es experto en señoras, como que administró en Cali una rumbosa casa de citas con cuarenta mujeres. Y hasta un vídeobar gay en Bogotá, mientras se dedicaba al teatro como actor y autor, y se convertía a la vez en aclamado conferencista. Y no te lo cuento todo porque te vas a enredar. Una cosa es el prólogo y otra la biografía. La biografía puede verse dispersa en sus libros. Volvamos al prólogo.
La selección (120 textos) es del autor y estas notas se refieren a los libros indicados. No al conjunto de la obra. Las pocas manos que los han visto (en concursos y editoriales) carecieron de criterio para apreciarlos. No porque sean abstrusos, sino por la dificultad de reconocer lo inesperado. La incapacidad de pensar por sí mismo induce al crítico improvisado a desconfiar de lo que no tenga previo aval, y así es como se forman estereotipos literarios que no se revelan públicamente porque pertenecen al ámbito académico.
Cuando Álvaro Mutis declara que tardó veinte años en comprender a Aurelio Arturo, está demostrando a su modo, con sutil sonrisa, la dificultad de leer poesía. De qué, pues, extrañarse.
En esta época de poemitas raquíticos, que no pasan de unas pocas líneas ineptas o una página insulsa, porque los autores no tienen nada qué decir, Verano Brisas vuelve por la grandeza de la poesía colombiana con obra sustanciosa, rica en temas, alta en concepto, pura en estilo sobrio y firme.
Nada más escaso que la buena poesía. Además, no es para todos. Se necesita tener ángel. El ángel también es escaso. Producción limitada. Si León de Greiff fuera popular, entonces Colombia sería el país más culto de la lengua española. Remota consideración.
Verano Brisas no será popular porque sus temas principales son la Historia, la Mitología, el esoterismo, la sabiduría que conjuga vida y muerte, y, sobre todo, el mar. Es el único poeta del mar en Colombia, cuyos dos océanos son mero dibujo cartográfico. Hasta los pueblos costeros viven de espaldas al mar.
Este libro es un gran libro, no sólo comparado con la poesía colombiana actual, sino también con la del Continente. Si llegara importado en traducción se le tendría en alta estima. Por ser de un paisano, no se le creerá. Sin embargo se lee con interés y sorpresa, pues va del drama a la tragedia, de lo solemne a lo humorístico, de lo clásico a lo experimental, de uno a otro extremo del registro de los sentimientos humanos.
El verdadero poeta ha de vivir en estado de inspiración permanente. Así es Verano Brisas, como lo fue Pablo Neruda. Se corre el riesgo de convertirse en fábrica de poemas, de lo cual hay muchos ejemplos, pero es de la abundancia de donde se puede extraer el tesoro. Si la obra de Huidobro no fuera extensa, no tendríamos de dónde sacar el tomito que finalmente lo representa. Lo mismo ocurre con muchos otros. De Verano Brisas se pueden seleccionar casi todos sus poemas. Eso es un gran poeta.
Habiéndose iniciado con la métrica en formas románticas, adopta con la práctica el verso libre y encuentra así la libertad y el horizonte que se supone pertenecientes al navegante, en este caso de la vida y la literatura.
El gran defecto del verso libre es que con él se borra la frontera entre verso y poesía. El poema desaparece en el verso libre. La poesía vuelve a ser la poesía, o se diluye definitivamente en la prosa. Verano encuentra una solución en el postmodernismo, porque éste es precisamente un retroceso, y así se define como reacción conservadora que preconiza la sencillez lírica contra el modernismo. Lo hace porque, al contrario de lo que suele suceder con los poetas, él sabe dónde está parado. Tiene una filosofía, una ética, un estilo definido, una probada experiencia, una firme personalidad. Ha dejado de ser el aventurero. Ahora tiene una conquista. Cuando las artes se ven en crisis por agotamiento, alguien tiene que tener la sabiduría y el valor de volver a las fuentes. Ésta es la épica lírica que Verano propone, no el único, pues antes de él está Ernesto Cardenal. Y es por unos pocos que se salva siempre lo que parecía un naufragio irremediable. En la tradicional pobreza de la poesía colombiana, denunciada por Juan Gustavo Cobo Borda, algunos logros sobresalen, entre ellos –ya se verá– la obra de Verano Brisas, de la que el Grupo Planeta entrega esta muestra en el año bisiesto 2004.