Annexus
Anexo por Jaime Jaramillo Escobar · 2014 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. XLVIII, n.º 86
Sobre Simonía de amor, de Verano Brisas — Arquitrave Editores, Bogotá, 2007
El número 78 de este Boletín presentó una reseña crítica sobre el libro Simonía de amor, de Verano Brisas (Arquitrave Editores, Bogotá, 2007), autor que no es ningún principiante: obtuvo por concurso el XVI Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia (2004) con el libro León hambriento el mar, y la Biblioteca Pública Piloto de Medellín editó su libro Cantos de verano. En la actualidad tiene treinta libros inéditos en diversos géneros: poesía, novela, cuento, teatro, ensayo y un extenso diccionario de términos marinos titulado Glosamar.
Aquella reseña dice: «No, no recomiendo leer este libro, sobre todo si a uno le gusta la poesía. No vale la pena». Y continúa: «¡Qué lirismo, señores, qué lirismo! Me sentí ante un Julio Flórez revisitado, ante una vuelta de tuerca hacia los años aquellos, siquiera ya pasados, en los que la poesía se revestía de babosa y se arrastraba por el piso dejando tras de sí una estela pegajosa en la que uno tenía el riesgo de resbalar y caer muerto».
En primer término debe anotarse que Julio Flórez es el único poeta verdaderamente popular y representativo de Colombia. Su versificación es perfecta y sus poemas no han dejado de escucharse, convertidos en canciones. Cuando Andrés Holguín lo excluyó de la poesía se le vino el mundo encima, como se dice, y le fue preciso rectificar. Poetas coronados con la pública exaltación no hemos tenido sino a Rafael Pombo, Julio Flórez y Aurelio Martínez Mutis, éste último desterrado de las bibliotecas públicas por ignorancia.
Si alguna época se puede citar como de poesía babosa y arrastrada es precisamente ésta que se vive, no la de poetas imprescindibles como Rafael Pombo, José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, Luis Carlos López, León de Greiff y Álvaro Mutis, entre 1900 y el 2000.
El romanticismo en el mundo occidental fue una gran época, y también el modernismo. La que está patinando es la actualidad, descentrada, caótica, superficial y vana, como lo demuestra Vargas Llosa en La civilización del espectáculo.
Federico de Onís (dice la Enciclopedia) empleó por primera vez (1934) el término posmodernismo como reacción frente a la intensidad experimental de la poesía modernista o vanguardista. Es un movimiento de retorno o recuperación de la sencillez lírica, de la tradición clásica. El posmodernismo como renuncia a la teleología emancipatoria de las vanguardias sigue siendo considerado como su rasgo más distintivo. El concepto de posmodernidad es polifacético y no forma una corriente de pensamiento unificada. Según Hubert Pöppel, se refiere al fin de los grandes relatos de la modernidad; a la pluralidad no reductible a un centro o un discurso unificador; y finalmente a la fuga de sentido.
Reproducir a continuación parte del prólogo preparado por este cronista para Simonía de amor no es solo ratificación de conceptos, sino también ilustración para quienes desconozcan de qué se habla, puesto que los quinientos ejemplares acostumbrados para los libros de poemas se agotaron por venta en el primer mes de su publicación, sin publicidad ni librerías, por el motivo que debe repetirse una vez más: que los buenos libros se venden solos.
Dice la nota preliminar:
La dificultad para reconocer lo insólito y la incapacidad para pensar por sí mismo induce al crítico improvisado a desconfiar de lo que no tenga previo aval, y así es como se forman los estereotipos literarios del ámbito académico. Cuando Álvaro Mutis declara que tardó veinte años en comprender a Aurelio Arturo, está demostrando a su modo, con sutil sonrisa, la dificultad de leer poesía. Nada más escaso que la buena poesía. No es para todos. Se necesita tener ángel. El ángel también es escaso. Del drama a la tragedia, de lo solemne a lo humorístico, de lo clásico a lo experimental, de uno a otro extremo del registro de los sentimientos humanos, el verdadero poeta ha de vivir en estado de inspiración permanente.
El gran defecto del verso libre es que con él se borra la frontera entre verso y poesía. El poema desaparece en el versolibrismo. La poesía vuelve a ser la poesía, o se diluye definitivamente en la prosa. Verano Brisas encuentra una solución en el posmodernismo, porque éste es precisamente un retroceso, y así se define como reacción conservadora que preconiza la sencillez lírica contra el modernismo. Lo hace porque, al contrario de lo que suele suceder con los poetas, él sabe dónde está parado. Tiene una ética, un estilo definido, una firme personalidad. Ha dejado de ser el aventurero. Ahora tiene una conquista. Cuando las artes se ven en crisis por agotamiento, alguien tiene que tener la sabiduría y el valor de volver a las fuentes. Ésta es la épica lírica que Verano propone. Y es por unos pocos que se salva siempre lo que parecía un naufragio irremediable.
Jaime Jaramillo Escobar