Cartas que traen buena poesía
Reseña por Luis Germán Sierra J. · 2015 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 49, n.º 87
Sobre Cartas con Geraldino Brasil, de Jaime Jaramillo Escobar — Tragaluz Editores, Medellín, 2011, 121 págs.
En 1982, Ediciones Tercer Mundo (Bogotá) publicó el libro Poemas del poeta brasileño Geraldino Brasil (quien en realidad se llamaba Geraldo Lopes Ferreira, 1926-1996) en versión de Jaime Jaramillo Escobar (Pueblorrico, 1932), el poeta antioqueño. Era esa la presentación en sociedad, para Colombia, de un gran poeta de un país que ha dado excelentes poetas. El poeta de aquí cuenta que conoció (o leyó) al de allá (no sabemos en qué año) «en su libro Poemas insólitos y desesperados, breve volumen que, ayudado por muchas manos, viajó desde Maceió hasta Bogotá y me perseguía por toda la casa sin que yo me animara a leerlo, por el título y la carátula. Un día le dije: “Ven acá, librito”, y al abrirlo fue como si hubiera abierto un coco» (Cartas con Geraldino Brasil, Tragaluz Editores, Medellín, 2011, pág. 9).
Después de aquel libro (aunque ya se habían publicado poemas sueltos en revistas y periódicos), en Colombia se conformó una especie de legión de lectores del autor de unos poemas sencillos, breves y que hablan de las cosas del mundo con simpleza y precisión, no exenta de humor, sátira e ironía. Poemas como: «La ciudad crece sobre los campos / como mancha que atrae moscas. / Los periódicos ofrecen lotes incluyendo en el precio el paisaje, / pero el comprador se olvida de que para construir / tendrá que derribar las palmeras y los árboles que aparecían en el fotomontaje. / Y ocurrirá que un día, al abrir su ventana, / se encontrará con el vecino de la ciudad / de quien huyera cientos de kilómetros» («Chasco», en Poemas, Ediciones Tercer Mundo, Bogotá, 1982, pág. 49. Traducción de Jaime Jaramillo Escobar). Después, en 1999, Jaime Jaramillo vuelve a publicar un libro con traducciones de poemas de Geraldino Brasil: Poemas útiles en la Editorial Universidad de Antioquia; en 2003 la Editorial Pre-Textos de España lo publica en edición bilingüe.
Entre los dos poetas se conformó una larga y estrecha amistad, unida siempre por la poesía, que en los dos era de la misma materia, de la misma esencia: sabía (sabe) a lo mismo. Defendieron la sencillez, se burlaron de las pompas, de las academias y de las teorías. Solo creían en la poesía sentida de verdad y hecha para la gente y por la gente. Geraldino Brasil y Jaime Jaramillo son como dos monjes irreverentes y risueños dedicados a la poesía, que tuvieron en ella su credo más importante, su oración de todos los días. Se admiraron y se quisieron mutuamente y en ambos países, Brasil y Colombia, creció la fama de los dos, porque cada uno difundió la obra del otro, y, como hacen siempre los amigos, cada uno habló bien de la obra y de la vida del otro, pero sin fanfarronadas.
Producto de esa recíproca admiración y de esa amistad granjeada por la poesía durante diecisiete años, se escribieron muchas cartas en las cuales se hablaron de la poesía, de la traducción, de la familia, de los amigos, de los problemas de la vida, de los placeres de la vida, de toda la vida. Fue en 2011 cuando Tragaluz Editores de Medellín publicó, en una de sus acostumbradas bellas ediciones, Cartas con Geraldino Brasil, Jaime Jaramillo Escobar, 1979-1996. En la nota preliminar, Jaime Jaramillo aclara que «dado el volumen del intercambio epistolar, entre los años 1979 y 1996, este volumen recoge solo fragmentos seleccionados…». Esta correspondencia es una caja de sorpresas. Los temas varían al ritmo de una conversación entre dos contertulios animados, informados y con tiempo. Como en cualquier conversación de verdad, los temas también aparecen y desaparecen a su aire, sin ninguna obligación de ser lineales ni completos. La diferencia, sí, es que es una conversación entre dos poetas curtidos que aman y degustan la palabra, que comparten temas que los apasionan a los dos, como la poesía misma, la traducción, la vida de los pueblos y el idioma. Por ello, hay aquí algunos de esos temas tratados con la elegancia y el gusto propios de quienes han trajinado ya muchos caminos, quienes han hecho también una obra literaria importante seguida y reconocida por los lectores de aquí y de allá.
El tema de la traducción ocupa un espacio importante en este epistolario, dado el interés que tomaron las versiones de Jaramillo Escobar (de contera, la poesía del colombiano adquirió también fama en Brasil y de ella se han hecho varias traducciones). En carta del 6 de diciembre de 1981, fechada en Bogotá, este dice:
Por otra parte, el escritor húngaro-brasileño Paulo Rónai, tratando sobre el asunto en su libro Escuela de traductores, señaló que la demostración de la imposibilidad teórica de la traducción literaria implica la afirmación de que la traducción es arte. En sus propias palabras: «¿El objetivo de todo arte no es algo imposible? El poeta expresa (o trata de expresar) lo indecible; el pintor reproduce lo irreproducible; el escultor fija lo que no es fijo. No es sorprendente, pues, que el traductor se empeñe en traducir lo intraducible». [pág. 45]
Al respecto Geraldino Brasil dice al final de una extensa carta de respuesta del 7 de diciembre de 1981, fechada en Recife: «Ser intraducible es una honra para la poesía, ello entendido en el sentido de que no puede ser reproducida en su particularísimo lenguaje. Pero sus sentimientos son los de la humanidad, y por tanto deben ser trasvasados en el lenguaje de sus nuevos destinatarios» [pág. 50]. Son los puntos de vista de dos poetas sobre un asunto crucial como es la traducción, tema acerca del cual se han dicho muchas cosas durante bastante tiempo y por parte también de numerosos autores. Lo que el lector encuentra en este libro al respecto, me parece, es de lo más acertado en ese siempre abierto debate.
Pero las cartas discurren, a veces, solamente sobre la descripción de un lugar en una fecha especial, como escribe Geraldino Brasil el 24 de diciembre de 1981 acerca de Maragogi, Alagoas. Comienza con: «Maragogi es un poblado de unas “tres mil almas”, como decían los padres antiguos. Cuatro o cinco calles estrechas, paralelas a un mar de esmeralda. Casas de puerta y ventana, blancas, azules, algunas amarillas…». Y termina, después de un recorrido descriptivo por ese extraño lugar («la impresión es que las personas aquí carecen de recuerdos y esperanzas»): «Es noche de Navidad y no veo las casas abiertas. La iglesia está abierta porque no podría estar cerrada. Nunca lo olvidaré» [págs. 51-52].
También se entrecruzan elogios que no molestan, creo, porque el lector ha aprendido a querer y a respetar a los dos poetas, y lo que ellos se dicen mutuamente es, además de sincero, cierto. En una brevísima nota del 27 de mayo de 1983, Geraldino Brasil le dice a Jaime Jaramillo: «Paulo Hecker Filho, en cierta referencia a la traducción de tus poemas al portugués, me dice: “Jaime continúa siendo suceso en Porto Alegre. Ya tres editores ofrecen pagar lo que sea por Los poemas de la ofensa”. Alcanzaste un estilo tan propio que podrías dejar de firmar los poemas y siempre se reconocería al autor. Es una poesía perdurable» [pág. 96]. En una también breve nota del 18 de junio de 1985, desde Medellín, Jaramillo Escobar le dice a Geraldino Brasil: «Uno de los asistentes al taller de poesía me trajo un día su álbum de familia. Mi sorpresa fue ver, entremezclados con las fotografías, tus poemas recortados de periódicos. Se ha hecho frecuente encontrar textos tuyos, o referencias a ellos, en publicaciones diversas. Tus poemas te multiplican» [pág. 101].
La literatura, y sobre todo la poesía, es otra cosa cuando uno lee libros como este. Libros en los cuales la palabra es la vida misma, no teorías, ni envidias, ni carreras al éxito. A pesar de que son cartas, estos textos están llenos de poesía en su acepción de lo que brota de los seres humanos con absoluta transparencia, sin acomodos ni farsas, con el decir de la palabra que sabe hacerse entender, aunque trate asuntos del arte, de la crítica, de la vida social y política. Son dos poetas, claro, reconocidos y duchos en las lides de la literatura, pero aquí son, ante todo, dos amigos que se aman por lo que son y porque los une una entrañable relación de, también, amor por lo que hacen. Sin trampas, sin engaños, sin falsas rivalidades, sin envidia. Dos poetas que son como un ejemplo para todos los nuevos (y los no tan nuevos) escritores que opinan y dicen cosas a troche y moche de lo que creen conocer y no conocen más que por algunas cuantas lecturas, por las ganas de armar camorra y por sus ínfulas, esas sí de grandeza (casos hay de algunos que, incluso, cuentan con revistas y páginas en Internet, y hasta bulla en algunos medios de comunicación).
La bella edición de Tragaluz trae fotografías de los autores, mapas de sus países y, al final, algunos poemas breves de Geraldino Brasil en la traducción, claro, de Jaime Jaramillo Escobar, lo mismo que un posfacio que es un poema de una página del mismo Jaramillo Escobar sobre el poeta del Brasil, un bello perfil, digamos, que termina con: «No soy un artista, dice, sino un lírico. Y con esa modestia se queda allá, en Recife de Pernambuco, escribiendo la más bella poesía sin aspirar a reconocimientos, sino apenas al corazón de los hombres y mujeres que lo lean, y después de leerlo no puedan olvidarlo».
Luis Germán Sierra J.