El buen poema se come frío
Reseña por Juan Gustavo Cobo Borda · 1984 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 22, n.º 3
Sobre Sombrero de ahogado, de Jaime Jaramillo Escobar — Colección Autores Antioqueños. Medellín, 1984, 105 págs.
«Decir todo lo que le dé la gana, que para eso es poeta» afirma Jaime Jaramillo Escobar (Pueblorrico, Antioquia, 1932), concluyendo el primer poema Perorata, y ese dictamen revierte sobre el cuerpo poroso y zigzagueante de todo el libro, dotando de un sentido último a su caudaloso flujo. Este no es otro que el goce de crear, a partir de la nada, y amparándose en la voz de un culebrero, de un pregonero de milagros, de un Blacamán lírico, un objeto bello, válido en sí mismo, y no dependiente de ninguna realidad externa: «esta cajita roja vacía en la que, como podéis verlo, no hay nada, absolutamente nada, sino ella misma sola por dentro».
Pero este mago, de feria de pueblo, que ofrece poemas como serpientes ante un auditorio lelo, ha logrado, con tal despliegue de sus artes de prestidigitador, ofrecernos una reflexión no sólo sobre los trabajos del poeta sino sobre la índole misma del producto que moldea ante nuestros ojos:
Sí, señores, caballeros: no temáis. Este verso es un endecasílabo, bueno para el insomnio; y éstos son tercetos, contra las quemaduras. Y una décima para el dolor de cabeza. Dije una décima; no una pócima.
Así, de este modo, el poema se elabora, allí enfrente, dilatando sus espirales, en expansión jubilosa, o concentrando su mirada, mediante un reverso irónico. El poeta, con algo de Zaratustra que danza, nos revela sus secretos:
Mientras muevo mi mano en su interior para amansar el poema, os voy diciendo, oh señores: no leáis poemas pesados ni ásperos. El poema tiene que ser flexible, escurridizo, ondulante, con un cuerpo frío que os estremezca y en la cabeza una boca capaz de haceros cualquier cosa,
concluyendo con una pirueta, no por burlona menos reveladora: «el buen poema se come frío».
Algo de esa voluntad de volver práctica su tarea es la que le da a este libro un carácter singular dentro de la actual literatura colombiana. El nihilismo nadaísta, y su esterilizante prédica, visible, cómo no, en muchos de los helados silogismos de su anterior compilación poética: Extracto de poesía (1982) (véanse, por ejemplo, Acta de los testigos, Proverbios de los charlatanes o Diálogo de los intérpretes) se ha trocado, en este caso, en una palabra mucho más cálida y menos intelectual. No tan distanciada. Ya no se trata de hacer compatibles diversas versiones de la Torá. Ahora se busca hablar de esa caja que «ha viajado conmigo medio mundo. No siempre he puesto en ella ágiles y rebeldes poemas. A veces también mi muda de ropa».
Lo personal y lo genérico, lo individual y lo colectivo, el refrán y la estadística, todo convive en estas líneas, pero la voluntad de impactar, mediante el exhibicionismo escandaloso, ha madurado, y se ha vuelto mucho más maleable debido a que la autobiografía de quien habla se halla expuesta con inquietante honestidad y demoledora belleza.
En tal sentido, Sarta del río Cauca es ejemplar: el niño y su caballo, el diálogo que los dos establecen y los viajes que emprenden. Ese viaje hasta el río Cauca —«El río más bello del mundo es el primer río donde nos bañamos desnudos»— y el juego, hecho de cariñosa burla, con que el poeta se ve a sí mismo, recuperando una infancia no mágica, como siempre se dice de ella, sino real. Una infancia en la cual los caballos comen «dulce caña picada, aguamiel con salvado, bananos partidos» y conducen a los adolescentes de trece años por los caminos de las montañas oyéndoles recitar poemas de Porfirio Barba Jacob.
No recuerdo ningún comentario de mi caballo acerca de los poemas, pero si yo dejaba de recitar, él se detenía.
Poemas para comer, poemas para curar, poemas para hacer menos largo un viaje y animar un caballo: los temas de este libro son la niñez y la infancia campesina; la violencia rural y urbana; los amigos y el mundo indígena; el arte de escribir, y hablar, en poesía, ese más allá de los fantasmas, «que es también el más acá, porque está tan alrededor nuestro y nos aprieta», los viajes y los amores: «Arcesio, Arnulfo, Otoniel, Juvenal», la droga y los otros poetas: Barba Jacob, Ciro Mendía, Jotamario. También, no sobra decirlo, la política, en la mejor acepción de la palabra, y una comprensión, inteligente y bondadosa, dúctil y socarrona, sobre su país, y sobre las simples realidades vitales.
La vocación de Jaramillo Escobar por expresar un yo colectivo, devolviéndole el canto al pueblo, rescatando las raíces negras e indígenas de Colombia, y reafirmando el origen campesino de nuestras ciudades, podría ser el equivalente poético de un populismo político.
No es así. Son los detritos líricos los que utilizan los políticos, del mismo modo que todos los boleros de Agustín Lara no logran enturbiar la fuente de la cual provienen: la vigorosa y melodiosa música de Rubén Darío.
Pero dejémosle, mejor, la palabra a Jaramillo Escobar, quien en carta fechada el 18 de octubre de 1983 razona sus propósitos:
Cada poema mío es ahora una arenga para levantar el espíritu, el ánimo, la voluntad. Bien mirado, Colombia no es todavía una unidad y puede desintegrarse. Aglomeración amorfa de razas, de castas, de intereses, de egoísmos, montonera primitiva y errante, sin destino. Venezuela puede coger su pedazo, el que quiera puede coger su pedazo, y los gringos el resto. Pero hay que hacer un intento, vale la pena hacer un intento, no importa si fracasa. Y es la poesía la que puede establecer leyes en el corazón de los hombres. No es el gobierno. Es la poesía. Te parecerá primitivo pero así es (pág. 87).
Aunque el eco de Fernando González resulta bastante conmovedor, lo que sí no es nada primitivo es ver la habilidad con que Jaime Jaramillo Escobar compone sus poemas. Poemas, como ya he dicho, sobre la infancia campesina —San Lorenzo— sobre el servicio militar, sobre la violencia, como el impactante Las hijas del muerto, sobre sus amores homosexuales, como Inscripción o Licantropía, o sobre el mundo indígena, como Mi vida con el chamán: «es bondadoso a la manera de la selva, o sea con una dureza que asusta», él logra en ellos que las anécdotas más intrascendentes, los chistes obvios, los incidentes que no parecen venir a cuento, nos vayan envolviendo, poco a poco, en un sortilegio muy férreo.
Hipnotizados por su aparente incoherencia, y por los sucesivos cambios en el punto de vista, apenas si alcanzamos a darnos cuenta de que el poema ha terminado, desvaneciéndose con un guiño travieso. Así sucede en La muerte del novio o en El mundo de las maravillas. Pero nada es inocente. Todo se halla calculado para producir un efecto. Para permitirnos apreciar, velándolo, el discurso subyacente, que se oculta y aparece, dejándose percibir, en sus irrupciones fugaces. Éste no es otro que su búsqueda, muy personal, de una inocencia armada, de una tenacidad cabecidura, como lo dice refiriéndose a Jotamario, en el hermoso poema que le dedica.
No es un pueblo que narra una masacre, ni una generación que trata de exorcizar una amplia y difundida crueldad colectiva. Es el niño, apenas, que ha vivido toda la vida en el infierno —ese infierno se llama Colombia— y trata ahora de recobrar la salud y la energía. En contra de la costumbre del vicio y la palidez, busca inmortalizar, con la fugacidad verbal de todo lo terreno, esos momentos de dicha imponderable. «¡Oh días de gloria, dádme un sobregiro!». Por ello no vacila en emprender una demoledora crítica de su propia raza: «Todo el orgullo de los antioqueños —ese falso orgullo— reducido a sus borracheras de aguardiente»; de las ciudades que le son próximas: «Ese Medellín pedestre que frente al mundo tiene una sola pregunta: ¿Cuánto vale? (como los gringos). / Y una sola respuesta: ¿Cuánto me rebaja?», contra la sociedad de consumo, contra la degradación de la naturaleza, contra el deterioro en la calidad de vida, contra la abyecta marginalidad a la cual el capitalismo reduce al indio, al negro y al poeta. Contra «la payasada norteamericana».
«Época de violencia, de ladrones y asesinos», dice en Las hijas del muerto, y luego comprende cómo «el poema no admite más ejemplos. Acudid a las actas». Sobrepasado por el horror, por esa «vida innoble, única conocida», él solo puede repetir, petrificado, esos momentos que lo marcaron a sangre y fuego.
Quizás, al traerlos así, en su desnudez inmediata, a nuestro conocimiento, podamos asimilarlos, y superarlos. Por ello su poesía, como él dice de la de Jotamario, «nos es necesaria para el esclarecimiento y el goce».
A mediados de 1980 (ver Eco, núms. 224-226) escribí un largo ensayo: «El nadaísmo, 1958-1963». Allí anotaba, a pie de página, cómo los cuentos breves de Jaime Jaramillo Escobar daban, con humor negro nada común, una visión muy exacta de la violencia colombiana. En este libro dicho trauma social se halla situado como trasfondo de sus textos, pero su capacidad poética, la más valiosa dentro del grupo que le dio origen, remite a una dimensión mucho más amplia y acuciante. Ninguna poesía más actual que ésta.
A partir de sus inteligentes lecturas de poetas brasileños, y de sus traducciones y recreaciones de Geraldino Brasil, Jaime Jaramillo Escobar vuelve a situarse, no en una vanguardia parroquial, sino al frente, dentro de la poesía que se escribe en América Latina. Así él nos reinserta en «una temporalidad original, anterior a la historia, que desconfía de esa historia y que inaugura un mundo: el de la imaginación poética». Su actualidad es la actualidad perdurable de toda buena poesía. «Sólo lo que se entierra vivo vivirá».
Juan Gustavo Cobo Borda