El camino se va por donde vino

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Café, caminos de herradura y el poblamiento de Caldas, de Pedro Felipe Hoyos Korbel — Tercer Mundo Editores, Bogotá, 2001, 115 págs., il., mapas.

Ver PDF original escaneado →

Lo primero que se observa en los libros de historia de los nuevos historiadores colombianos es lo mal escritos que están, por desconocimiento del idioma. En algunos casos, porque el español no es la lengua materna del autor; en otros por falta de una revisión idónea, que supla las deficiencias del original. Aspecto que se ha hecho notar en este Boletín, con relación a distintas obras. El volumen que nos ocupa no es una excepción. El primer párrafo dice: «La intención principal del presente estudio es centrar la atención sobre uno de los instrumentos que aportaron al desarrollo de la ciudad de Manizales y su zona de influencia». ¿Aportaron qué?

En página 26 se lee: «Estas gentes conforman el otro importante actor de esta obra, que muchos historiadores marxistas quieren tildar en sus afanes de drama». ¿Tildar de qué?

En página 31 dice: «[…] para que un colono se decidiese radicar en un pueblo y no en el siguiente».

Son errores comunes, en éste como en los demás historiadores:

La supresión de preposiciones. Así dice (pág. 4): «[…] es el hecho que Mon y Velarde orientó […]» La preposición de tiende a desaparecer, por mala interpretación de una norma.

Las palabras en sentido impropio, por descuido: indefiniblemente por indefinidamente (pág. 48); acepción por percepción, y apoteósico por heroico (pág. 87); demoler por combatir (pág. 52), y otros.

Los neologismos mal inventados, como conpueblanos, en página 85.

Puntuación caótica, sin el menor sentido del idioma. La puntuación del escritor no tiene por qué ajustarse a la gramática elemental, pero otra cosa es la evidente ignorancia.

Para colmo, un libro mal escrito tiene el coraje de poner (sic) en una cita, después de la palabra «huespeds», en lugar de corregir la errata.

Los ejemplos citados son apenas una muestra, pero elocuente.

Se inicia la reseña con las precedentes anotaciones, porque parece que los noveles autores no se percatan de que, cuando el lector ilustrado encuentra que un autor escribe mal, no lo lee. Lo descarta para siempre. Y que la peor referencia de cualquier libro consiste en decir que está mal escrito. Debieran darse cuenta de eso. Si por el inglés se descuida el español, pues entonces que escriban en inglés. Borges admiraba el inglés. Pero escribió en ejemplar español.

Todas las historias son apasionantes, pero la historia de los caminos lo es aún más por la incógnita que encierran. Inicialmente, el camino parte sin saber hacia dónde. Tal vez se propone llegar apenas hasta el horizonte, para ver qué hay más allá. Como el horizonte va de alejada, si el camino se encuentra con otro camino le da la mano y se despide. El horizonte hala al camino por la punta y lo va enrollando en el ovillo del planeta. Al comienzo tenemos un corto camino, que sólo va hasta la salida del pueblo y se detiene a mirar desde una loma. Divisa la selva, y allá va y se mete como serpiente hasta que se topa con un río. Entonces el camino da un salto y pasa al otro lado, porque saltar es una propiedad natural de los caminos. Si más adelante encuentra un paraje que le parece apropiado, deja allí cuatro casitas y sigue adelante, porque el horizonte está allá y el camino es así. También hay caminos mandados a hacer, pero esos son los caminos oficiales del Gobierno, que cobra todos los impuestos posibles y otros más. Los caminos oficiales no tienen paraje, sino recaudadores y funcionarios. Por allí es a hacer negocios, política y guerras. Los otros caminos son pacíficos, para las gentes próximas y los viajeros del camino. El camino es bello y noble, tiene mucho sentido, pero las monótonas y soñolientas carreteras no son para la gente sino para los carros. Cuando el camino se recorre a caballo, el caballo nos muestra todo. El automóvil pasa rápido, porque el automóvil es enemigo jurado del paisaje. Eso se debe a que es de metal y gasolina, mientras que el caballo es como nosotros. La historia de los caminos de herradura —el nombre lo indica— es la historia de los caballos errados. Que si llevaban carga no la desbarrancaban ni la estrellaban, como hace su querido armatoste de motor. Para las caballerías que viajaban de noche, algunos caminos estaban afirmados con micacita, que brilla en la sombra con los luceros y el relente. Entre las piedras de granito se mezclaban trozos de mármol amarillo con hojuelas de mica. Todavía existen tramos de esos caminos en algunos lugares. Cuando el caballo pisa tierra, pisa hierba, pisa piedra, es como si recorriera el mástil de una guitarra.

Claro que para los efectos de un libro serio como éste los caballos y mulas no cuentan, ni los bueyes, ni las personas que van y sufren con ellos, sino las rastras y la carga. Si la carga era de café (cuando el café estaba en ascenso), si las rastras eran de buena madera, si también el oro y el contrabando iban por esos caminos, y mujeres para alegrar la vida, se entendía que el país estaba progresando, o por lo menos algunos adelantados, que después pasaron a ser los héroes de la historia.

Los caminos de montaña, que se pierden en las rocas; de llanura, que se borran en la extensión; las trochas, que se esconden en el monte; y los senderos de atajo y travesía, todos forman la red de las tierras que se llaman civilizadas. Los caminos no tienen memoria de sí mismos mientras no surjan a los lados las dehesas, las fondas, los cultivos. Al camino no le gusta estar solo como las autopistas, que permanecen desiertas porque nadie se detiene. Su representación es un zumbido. Por ahí se va a la muerte. El caballo nunca mata al amo. El caballo es serio, aunque puede rechazar a un intruso. La historia de los caminos que el libro cuenta es geográfica y política. No está bien poner caballos en esos caminos, porque estorban. A un pulcro libro de historia no le conviene un reguero de cagajón.

La historia es que a los caminos les gustaba el negocio de la exportación de café. Salían las mulas cargadas, y el camino las seguía, para no olvidarse la próxima vez. Después se hacían las posadas, para asegurar el camino. Al principio, el arcángel San Rafael era el que guiaba los caminos. Después aparecieron brújulas, y luego mapas, más modernos pero más enredados, porque el camino daba vueltas en la cabeza del cartógrafo. Así fue como el café extendió los caminos, orientado por la necesidad. El presidente decretaba desde Bogotá: «Hágase un camino para ir de tal parte a tal otra, pasando por Manizales». Cualquiera que fuera la ruta se tenía que trepar a Manizales, para luego descender por el cable aéreo a Mariquita. Los vestigios de ese cable son visibles todavía desde la carretera, y en Manizales se conserva la torre principal de madera.

Dice el autor que los caminos no fueron obra heroica, porque los principales de ellos se basaron en atrevidas rutas ya descubiertas por otros, y se crearon por decretos oficiales. Decretos que ordenaban hacer el camino por castigo de penados, o por el trabajo de los pobladores, «bien entendido que el tesoro nacional no será gravado en gasto alguno que demanden aquellas operaciones», cláusula que también regía para la fundación de caseríos, o cualquiera otra obra que se necesitara emprender en las provincias. Sin embargo, los relatos de aventuras como la búsqueda de un camino por el páramo del Ruiz, desafiando la montaña en peligro constante de muerte, si eso no es heroico, entonces nosotros no merecemos el esfuerzo de los antepasados. El mismo libro da cuenta de ello. ¿Entonces qué?

No es propósito de la reseña la discusión de carácter histórico, porque se trata de sucesos muchas veces escritos y controvertidos. Además, el libro contiene extensas citas de diversos autores y documentos oficiales, así como una buena y suficiente bibliografía, que el autor efectivamente consultó. No como las conocidas bibliografías infladas con que algunos escritores aparentan maestría y llenan páginas inútiles. En cuanto a lo que ofrece, el autor lo sabe muy bien. Y en ocasiones muestra un gran poder de síntesis, como en esta precisa descripción del progreso: «En 1912 llega el primer automóvil a Manizales. En 1922 se inaugura el cable a Mariquita. En 1925 se incinera Manizales».

De lo que el libro trata es de la apertura de caminos principales en la zona cafetera, de la fundación de poblaciones, y de cómo el café dio por primera vez fundamento a la economía de la región, cuando ya las minas habían pasado a ser una historia triste. «En una mina de oro la tierra se la lleva el agua; el oro, los ingleses; y nosotros nos quedamos con el cascajero», anota la señora Clara Villegas en un diario de viaje (pág. 76).

La terrible sed de oro de los españoles y otros (¿Sabe usted lo que es una sed terrible?), terminó por eliminar a la población nativa y a los esclavos. Como sólo el oro interesaba, nadie sembraba nada, y las hambrunas duraban varios años, muriendo mucha gente porque el oro no se come. Si no era por el oro, tampoco cultivaban por estar las tierras en litigio. El manejo de la tierra y sus productos ha sido desordenado en Antioquia. La mejor época fue cuando todo el mundo sembró café por todas partes, y se quedaron sin qué comer. Pasa en la costa atlántica con el arroz y el ganado. Hasta una lechuguita había que importarla de Medellín al Suroeste, y las gentes se afanaban en ese círculo vicioso. Del cual sólo el vicio quedó, porque lo demás se esfumó.

Las disputas de tierras o geográficas se convierten después en disputas históricas, y luego éstas en ideológicas o religiosas. Lo importante es que siempre se tengan muchas disputas y los muertos sean del ala de la razón desarmada. La disputa por las tierras permanece desde siempre, ante los jueces o por mano alevosa. El egoísmo y miopía de los terratenientes ha sido causa principal de atraso en las regiones. Concentrada la propiedad rural en pocas manos, el colombiano es Juan sin tierra. Lo dice el libro. De eso, la reseña no sabe nada.

Y esto es lo que se llama reseña lírica, para que sepa. También se la puedo hacer en prosa académica, o se la puedo hacer promocional. Como quiera.

Jaime Jaramillo Escobar