El ocio llevado a lo intrascendente
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2011 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 45, n.º 79-80
Sobre Ella, que todo lo tuvo, de Ángela Becerra — Planeta, Barcelona / Bogotá, 2009, 422 págs.
Entre los varios subgéneros de ficción literaria se da uno de la mayor intrascendencia, destinado a la clase media semiletrada y a las librerías de aeropuerto, que constituyen la principal clientela de las editoriales internacionales. En la actualidad de esta nota la literatura no está orientada por grandes escritores, sino por los libreros y editores, dedicados a manejar un producto que debe venderse en seis meses mediante una rápida campaña publicitaria. El librero actual no debe tener en su establecimiento obras del año anterior, porque eso le deja pérdida. Los clásicos antiguos y modernos son expulsados de las bibliotecas. Hoy sólo hay lectores para la novedad publicitada que suministra los asuntos del día. Por ese sistema la mediocridad se ha apoderado de la cultura en el mundo pseudointelectual de los medios electrónicos. Se confirma en las bibliotecas públicas: un ejemplar de cualquier obra importante que no haya sido leído en cuatro años va desahuciado como material de reciclaje porque su conservación implica costos, sin que la calidad signifique algo en la desacreditada profesión de bibliotecólogo, y aunque se trate de ediciones de lujo, o ediciones príncipe de buen precio en el comercio especializado.
Por supuesto que el editor necesita aprovechar todos los filones comerciales de nivel popular, fáciles de convencer. Y así resulta la llamada literatura ociosa, para pasar el tiempo aquellas personas que no tienen nada mejor que hacer. Existen diferentes clases de ficción en la narrativa, entre ellas dos bien definidas: historias truculentas para el que se deje enredar en ellas, que no agregan nada a la vida del lector; y la vieja novela lírica de amor, rosa o light, como pasatiempo para señoras desocupadas. Novelones melodramáticos con algo de Corín Tellado, que la propaganda vende para un público reconocido, que el lenguaje empresarial denomina consumidor. Que en eso haya venido a parar la industria del libro confirma la decadencia de la cultura en esta parte del mundo.
La obra a que se refiere esta reseña obtuvo el Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2009, concedido por un jurado internacional reunido en México con tal motivo. Debía, obviamente, evaluar el texto desde el punto de vista de sus posibilidades comerciales sobre cualquier otra consideración. Y así resultó lo que se llama en el argot promocional del mercado un best seller.
Capítulos breves y la disposición tipográfica facilitan la lectura, pero el abuso experimental lleva con frecuencia a lo cursi, con alaridos que buscan efecto en recursos gráficos de principiante, a imitación de vanguardias adolescentes, que repetidos en la actualidad de la novela resultan ridículos y denuncian falta de estilo.
El estilo no es sólo cualidad de la escritura, sino también de la composición en la forma de desarrollar la historia y los elementos que entran en sus diversas partes. Así como el feísmo pasó a ser una plaga del arte contemporáneo, por incapacidad de crear belleza e igualar a los insuperables, y respaldado en el débil argumento de que lo feo constituye una categoría de lo bello, la literatura entra en descomposición con el surrealismo, que si enriqueció las artes, por malos entendidos y afanes de protagonismo, destroza la poesía y envilece la prosa.
Venecia o Florencia son ciudades que sirven de maravilla como telón de fondo para embellecer historias, cuyo atractivo no se agota. Tanto más si la novela se escribe con la intención de que sea llevada al cine por lo que ello conlleva de prestigio y resultados económicos. Bien hecha para lo que se pretende, mediante receta conocida, la obra es prácticamente un guion para cine o telenovela porque así está calculada, como se observa en la serie de episodios fellinescos que convierten la ficción en fantasía y anulan la credibilidad que el lector dejó de exigir a la narrativa, derivado este procedimiento de las historietas gráficas que popularizó el siglo XX.
Los efectos cinematográficos o teatrales para impactar al lector cosa es de escritores burdos, lo mismo que el empleo de términos inesperados como los siguientes: pág. 327: «Matar de una puta vez a aquella que la perseguía». Pág. 338: «La muy cabrona ni siquiera se dejó matar». Pág. 365: «Estás cagadita de miedo». Pág. 366: «Lo que pasa es que disfruto mucho jodiéndote». Etc. Tal es el lenguaje desmedrado que parece haber hecho famosa la novela, a más de juegos infantiles como formar dibujos con palabras, neologismos absurdos y torpes como «destiempado», «pegachento» (por pegajoso o pegadizo), o cacofonías sin gracia como «fondo más hondo», «tras los trajes», incorrecciones como «péndola» por péñola, «cera» por lacre, «tipografía» por caligrafía, divisiones deliberadamente inconexas, etc. Defectos todos que sumados con otros dan una novela pesada en pose intelectual, que al avanzar no mejora, y no invita a la relectura. Ocurre con frecuencia que quienes se dedican a otros idiomas descuidan el sentido del español, su sonoridad, su belleza y mezclan las gramáticas.
Cuando un cuento (o un relato anecdótico) se alarga más de lo necesario se vuelve tedioso. Es lo que ocurre al acumular páginas con el añadido de monólogos cuasifilosóficos a base de interrogantes, extensas disquisiciones injustificadas, pirotecnia efectista, abuso de la onomatopeya, exceso de citas traídas de los cabellos, introducción de asuntos forzados y artificios diversos de expansión, todo lo cual conduce a una especie agridulce de ensalada o salpicón.
Caleña extraviada en Florencia, la protagonista (álter ego de la autora) constituye un caso clínico más que un personaje literario, típico de la novela psicológica. Todo está muy bien calculado en busca de repercusión internacional para el libro, que fluctúa entre Italia y Colombia.
Los intempestivos regresos a Cali tienen el propósito de realzar el contraste como técnica dominante de la novela, a la par con la hipérbole y los apasionados sentimientos, según el concepto decorativo de la literatura accesoria.
La bocina del editor, con la finalidad de sacudir al público, la califica como «historia conmovedora, profunda y desgarradora». En efecto, se encuentra más cerca del romanticismo del siglo XVIII que de las formas literarias que se perfilan para el siglo XXI, su estructura cinematográfica lo corrobora, pues el sentimiento popular de la América mestiza conserva el predominio romántico.
Parte principal de importancia en la novela es la inconcebible mujer de un lujoso ático, que además de mantener curiosos diálogos con el espejo, monta cada día un estrado para sus extravagantes invitados. Su anormalidad neurótica la conduce a una doble vida de mujer angustiada, que en las noches hace extrañas visitas, y en el día recibe visitas extrañas. En este segundo acto la situación alcanza lo estrafalario y resulta aún más inverosímil, aunque existan antecedentes literarios comparables. Seleccionar para cada día un amante pasivo y contemplativo, para que le haga escuchar largos parlamentos confidenciales, forma parte de un tinglado que crea escenas de dudosa suntuosidad, con episodios bien calculados para que encajen en la truculenta historia según el designio de la autora, a quien todo le coincide mágicamente para sus propósitos.
Lo que presentan con bombos y platillos es, en realidad, un difícil y penoso esfuerzo ante la gran literatura, aunque no carece de lances peligrosos, como eso de bajar las escaleras de dos en dos hacia el previsible fracaso literario.
El resumen propagandístico que presenta el editor es el siguiente: «Tras sufrir un grave accidente, Ella no vuelve a escribir. Derrotada y perdida, emprende un viaje a Firenze en busca de una fascinante historia que le contó su padre y que quiere convertir en novela. En su afán por sentirse viva crea un enigmático y silencioso personaje, La Donna di Lacrima, que recibe en un soberbio ático de la via Ghibellina a hombres que le cuentan su vida y adoran su cuerpo y su silencio. Nadie reconocerá en ésta a la solitaria y triste escritora que restaura libros y visita cada tarde a las siete la antigua librería del Mercato Nuovo donde otro ser, un librero tan solitario y misterioso como ella, la espera».
Jaime Jaramillo Escobar