Enredo sin sentido
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2014 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 48, n.º 86
Sobre Que no me miren, de Ricardo Silva Romero (textos), Daniel Gómez Henao y Clara Gómez Vieira (ilustradores) — Tragaluz Editores, Medellín, 2011, 54 págs., il.
Descripción: plaquette de 13,3 x 9,5 cm, 120 g. Edición de lujo. Pasta dura. Ilustraciones a color. Propósito: enseñar a leer y escribir a niños de cinco años. «Mi primer día de colegio», dice el chico. No escuela. Por tanto, no popular.
Hasta mediados del siglo xx no se admitía en el inicio de la enseñanza primaria a menores de siete años, con el argumento de respetar a los niños, que son tan efímeros, según Pierre-Sebastien Heudaux. Para la fecha de esta nota la precocidad es obligatoria en el negocio de los pre-escolares.
Se trata de uno de esos libritos bonitos que suelen utilizarse para regalo, escrito en párrafos alfabéticos de la A a la Z, siendo el aspecto su principal atractivo, no el contenido. El título carece de relación con el texto, presentado como relato, no sin forzar el significado del género.
En ese primer día, la primera lección consiste en infundirle al futuro ciudadano la idea de culpabilidad: «Por mi culpa». Podría agregarse, como en el rezo: «Por mi gravísima culpa».
La segunda enseñanza es la mentira: «Le juro que no digo mentiras».
La tercera es la compasión, al estilo de su profesora: «Siéntate en la mesita de la esquina con esos tres niños contrahechos con ojos de huérfanos que no han dejado de llorar desde hace media hora».
La cuarta es la idea de un Dios con todas sus derivaciones religiosas de temor y obediencia, que tardará muchos años en superar, si es que lo consigue.
La quinta es la ironía hiriente, poco didáctica: «Tú, allá en la esquina de los más llorones, para comenzar a aprender el alfabeto, pero seguro que llegas tarde porque te lo sabes de memoria».
La sexta, peor que las anteriores: «¿No le dijo su hermano que al colegio no se viene sin un apellido?». Faltó la palabra ilustre. Un ilustre apellido. (No en el sentido antiguo, sino en el actual).
La séptima, jurar en vano: «Un niño del edificio me dijo que cuando uno quiere decir algo en serio se dice Juro».
La octava, escribir con K quiosco y quepis.
La novena, de autoestima: «Yo siempre voy a ser la persona más tímida del mundo».
La décima, el contrasentido intencionado: «El día en que mi hermano mudo me dijo». «X es el lugar donde comienza todo».
Letra a letra va enseñando el abecedario, con exclusión de las dobles (ll y rr) y de la Ñ ñ, tan característica del idioma, así como de los sonidos variables de c, g, y.
En cuanto a la didáctica, recuerda unos carteles que el Ministerio de Educación hizo colocar profusamente en todos los pueblos y aldeas durante una campaña de alfabetización en el siglo pasado: «Aprenda usted a leer». Idea repetida en mensajes recientes de última tecnología para niños entre tres y seis años: «Aprende a leer con Pipo».
Sin duda que don Evangelista Quintana sabía mucho mejor cómo enseñar a escribir y leer a los niños: letra grande, amplio espaciado, edición en rústica, textos apropiados para la edad, ilustraciones sencillas pero elocuentes.
La obrita es un enredo sin sentido: monólogo del niño en lenguaje y escritura impropios de su edad. Regaña la profesora. Interviene el autor por derecho propio. Un retroceso en la enseñanza de las primeras letras. Nada de interés para niños:
A a de Ay.
B b de Buenos días.
E e de Érase.
G g de Gregorio, Graciela.
H h es de Hermano mayor, Horacio, que nunca me ha cuidado pero un día de viejitos va a cuidarme: mi hermano, Horacio, que se volvió mudo el primer día de clase solo para llevarle la contraria a esta profesora con cara de Helga.
L l es de Lunes: por fin entiendo por qué los viejos del edificio se quejan en el ascensor, allá arriba con sus gafas y sus corbatas, de todos los lunes; creo que acabo de ser grande. (Párrafo de sentido oculto. ¿Se expresa así un niño de cinco años?)
S s es de Salida: la profesora abre la puerta con sus alas de cuervo y se va del salón, se va, y se pierde entre las ramas del árbol gigante con forma de Y junto a las escaleritas de bajada.
Z z es de mi apellido, Zea, profesora con cara de Zulma, por si nos vemos mañana; mientras tanto, mientras yo vuelvo los ojos a mi casa y usted se regaña en su espejo. (¿Se expresa así un niño de cinco años? ¿Emplea esa puntuación?).
Este comentarista ha enseñado a leer muy fácilmente a niños y adultos con la única técnica del afecto. No con textos bobos, desestimulantes. Con el Quijote. Con la Divina Comedia. A los niños les encanta ver a toda esa gente en el infierno.
«Todos nuestros jóvenes estudiantes —se lee en el Satiricón— se vuelven tontísimos en la escuela, porque de todo lo que ven y oyen en ella nada les ofrece una imagen real de la vida».
Los curiosos, relacionados con el tema, encontrarían de algún interés la transcripción completa del librito, que holgadamente cabe en la reseña, pero ello queda prohibido en la página legal. No para proteger de la piratería algo que nada vale desde el punto de vista didáctico y literario, sino para resguardar de la demostración crítica al autor.
Como conclusión, cabe recordar a Gilberto Freyre en Interpretación del Brasil: «Algunos de los que estudian las culturas modernas tienen cierta tendencia a exagerar la importancia de la capacidad para leer y escribir. La lectura y la escritura son medios de comunicación muy útiles para las civilizaciones industriales y para las formas puramente políticas de organización democrática. Y como tales, están al parecer siendo sustituidas por el teléfono, la radio, la televisión. Países como China, India, México y Brasil no tendrán, probablemente, la misma necesidad de saber leer y escribir como medio de modernizarse como la del lingüista Miguel Antonio Caro, el letrista del himno nacional Rafael Núñez, el poeta Marroquín o el comerciante Rafael Reyes que tuvieron las vastas masas durante el siglo xix y la Rusia Soviética a comienzos del xx».
Jaime Jaramillo Escobar