Libros inútiles

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2016 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. L, n.º 90

Sobre Huellas en el agua, de Antonio Correa Losada — Taller de Edición Rocca, Bogotá, 2011, 230 págs.

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Descripción: 13,7 x 21,5 cm. 320 g. Buen papel. Buen diseño. Lomo pegado (no cosido). Impresor: Imprenta Mariscal Cía. Ltda., Quito, Ecuador. Patrocinador: Levapán, Ecuador.

Antología de los siguientes libros, publicados en 21 años: El vuelo del cormorán (1989), Húmedo umbral (1992), Desolación de la lluvia (1996), Secreta mudanza (2004), Crónica de Magdalena River (2008), Otros poemas (2010). Además, dice poseer «seis o siete mil poemas arrumados en cajas».

Contenido: 125 textos, denominados «poemas». Prólogo de Gonzalo Márquez Cristo y epílogo de César Eduardo Carrión. Ambos, en 14 páginas, se encargan del encomio de la obra y su autor.

«Poema» que abre el libro (14 palabras):

sueño

Soñé que regresaba
con un libro escrito
en las escamas de un pez.

Buenos temas algunos, ahogados en un concepto errado de la poesía, derivado del experimentalismo. Por pretender hacer algo novedoso se inventan palabras como «Nocturlabio» y se publican textos superficiales, intrascendentes:

Un espejo se arrastra
destruyéndose
y caen de mis manos
dolorosos hilos de ceniza.

No pueden llamarse poema catorce palabras para describir la rotura del espejo. Esos «poemas» de unas pocas palabras se han vuelto comunes, y por eso resulta fácil acumular miles de ellos. Un haikú nunca se ha considerado como poema, aunque un libro de haikús pueda ser tenido como libro de poesía (no de poesías). Repítase la denominación elemental de poema: «Obra en verso, o perteneciente por su género, aunque esté escrita en prosa, a la esfera de la poesía. Principalmente se da este nombre a las que son de alguna extensión: poema épico, dramático, etc.». Lo demás son poesías: «Madre, ayúdame a hacer una poesía».

O este otro, también de catorce palabras:

¿Qué levanta el párpado
y nos señala
con la sortija brillante de la ruina?

En todo el libro ni un poema logrado. Barba-Jacob también fue trashumante y aventurero, pero dejó joyas que siguen brillando en este siglo como en el pasado.

Un solo poema breve hay que casi llega a su culminación, pero se malogra en la prisa, en un cierto descuido que no permite completar las ideas:

Mis abuelos se alimentaron de cortezas y pastos

Soy un hombre que come lo que se oxida
mientras la abuela oriental
de pie ante el muro de la tarde repite
la mayor parte de mi vida
he padecido hambre

Y sus palabras
piedras revueltas con lentejas
caen a mis manos

Y los ojos se hunden en un lago de azogue
donde pasan los días como nubes henchidas.

Solo el autor sabe lo que quiere decir, pero no logra comunicarlo porque se guarda lo esencial. Tomemos el siguiente texto (veinte palabras):

Llego del río
y veo descender
por la estrecha claraboya de mi casa
la nave de mimbre de los incas

Ahí está el tema. Falta el poeta con la capacidad para desarrollarlo.

En poesía abunda esta clase de libros aparentes, siempre y cuando no se pase a su lectura. Leídos, tal vez se guarden por algún motivo, mas no por su calidad literaria.

La América española y portuguesa, con su particular geografía, inspira a muchos viajeros y aventureros con sensibilidad y facilidad espontánea de redacción, pero sin el dominio que el arte requiere. El resultado suele quedar muy por debajo de las aspiraciones del autor.

«Anacreonte —escribe Mary Renault— tanto en la vida cotidiana como en sus versos, jamás usó una sola palabra que no fuera necesaria». Todo lo contrario a la mayor parte de la poesía colombiana contemporánea: palabrería inútil.

Final. Anotación para el corrector de estilo: el poeta no utiliza puntuación alguna en ningún caso. El estilo no se puede corregir, porque deja de ser el estilo.

Jaime Jaramillo Escobar