Libros prescindibles
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2016 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. L, n.º 91
Sobre Bogotá con mar y otras cosas, de Manuel Kalmanovitz G. — Matera Libros/El Peregrino Ediciones, Bogotá, 2012, 193 págs., il.
Descripción: 13,5 x 19 cm. 280 g. Doble cubierta. Género: relato breve. Estilo: coloquial, fluido. Ciento once textos sobre temas diversos, acompañados por ciento catorce ilustraciones del autor. Lomo bien pegado para que el posible lector tenga que hacer el esfuerzo suplementario de bregar por abrirlo a fin de poder leer y si lo abre mucho se le desfigura. Si para leer se requiere tenerlo abierto hay que ponerle encima pesas de dos kilos.
La introducción dice que el libro es «una cosa extraña, dulce e inocente, cruel y chistosa». Que «es una criatura resistente y fortachona. No es una cosa pobrecita. Pero sí es una criatura peculiar. Y la gestación de esa criatura también lo es. Por eso decidí hacerle una introducción que, así sea un poco esquizofrénica, es introductoria».
Parece una tirada de historietas gráficas y de manera probable tal vez ese sea su origen. Los dibujos del autor forman parte del texto. Humor, ironía, burla, broma continua con intención crítica, satírica, mordaz y divertida, y cierta frivolidad de clase social. Baladí: esa es la palabra. Por tanto, prescindible.
Dibujante, músico, escritor «y otras cosas», el autor empieza dudando de la competencia personal en relación con «las malas amistades» (músicos y poetas) y concluye que, simplemente eso es así, y para demostrarlo escribe y publica el libro, en el cual parece ser un personaje polifacético y simpático, superactivo y de un humor a toda prueba. Dice haber nacido en 1973, pero el libro es desdichadamente juvenil, lo cual se comprueba en la filosofía virginal que inspira al libro.
Playeras a lo lejos. Dice que, desde el interior del país, las playas de mar se sospechan encantadoras y divinas. Pero que, una vez en ellas, la nostalgia por la ciudad nos hace regresar con prontitud.
Camión malamistoso, dice que los camiones solo sirven para hacer un ruido insoportable. No medido en decibeles, sino con exasperación, en el último grado de la cólera que se convierte en risa nerviosa.
Imágenes de Bogotá con mar se refiere a una fantasía de pesadilla: al derretirse el hielo de los polos, todo lo que quedó por debajo de los 2.600 metros fue cubierto por el agua y así Bogotá quedó con mar. Y se ahogaron todos los cachacos.
Súper enemigos. «Era una vida dura, la de los súper enemigos. Pero sus novias eran todas bonitas y súper intensas, de piernas laaargaaas y miradas penetrantes. Leían a Kierkegaard en la playa y a Corín Tellado en el baño».
Botellas rotas. Pelea entre dos manes, uno con botella de Chivas y el otro de Pony malta. Usted adivinó: gana la Pony malta.
Playeras a lo lejos 2. Paisaje: «Con la tía, en la playa, hace sol. Las malas amistades, acostadas en la playa, se broncean la panza. La tía, debajo de una sombrilla colorida, mira a lo lejos y dice creer ver un barco en el horizonte. Las malas amistades, enfurruscadas sin motivo, miran al cielo y rezan para que llueva».
Sed de champán. «El líder del velero era un tipo Galindo, dueño de una granja avícola. Debajo de los camarotes puso a 80 gallinas y llenó la despensa de huevos y esa misma noche, sin avisarle a nadie, soltó amarras y el barco, que se llamaba Sed de Champán, se alejó silenciosamente».
La superficie del agua. «Eso de acariciar el agua para encontrar el punto exacto donde el agua termina y el aire comienza sigue siendo anonadante». (De nadar).
Soñador. Está en un supermercado. Productos desconocidos. «Parecen cajas de cereal, de las grandes, de las que uno compra y se siente ahorrando un montón de plata, tumbando a los fabricantes y haciéndole una zancadilla letal al capitalismo».
Villanías verdaderas. «Como decir: Tengo tanta hambre que podría comerme un caballo. Y después le traen un caballo asado o guisado o vuelto carne molida, una montaña inmensa de carne molida, y se da cuenta uno de que sí, que estaba equivocado».
«Verlo todo feo no es más sabio, más verdadero, que verlo todo bonito. Y que es bobada escoger vivir la vida señalando defectos».
Los felices. «Simplemente están felices de existir. Cuando uno ve a uno de los felices en la calle, en el bus, en un bar, dan ganas de sonreír. Y a veces no hay necesidad ni de verlos, basta acordarse de que están por ahí, en alguna parte, para que todo sea un poco mejor».
Diario del Champán (7). «Creo que uno de los loros tiene un afecto especial por mí. A algunos de los hombres eso les molesta. Quisieran que el afecto fuera todo democrático. Pero ¿qué? La democracia no existe. En realidad todos somos diferentes. Eso lo sabe hasta el lorito que tanto me quiere (y al que le puse Ramón)».
Niños catastrofistas (2). «Los niños hablan entre sí con lenguaje de memorandos. ‹Apreciado doctor Gamba›, le dice el mayor, de doce años, al niño mocoso. ‹Nos preocupa mucho el estado actual de desaseo con el que se presenta a trabajar›. Y la niña de trenzas le dice a la niña de mirada intensa ‹con respecto a su petición del día doce, lamentamos informarle que nos es imposible cambiar el día de radicación› y se ríen como si fuera el mejor chiste de la historia».
Decadencia. «Vio que el mundo era amplio e indefinible, habitable de mil maneras diferentes. Le dio vergüenza y sintió que el mundo se reía de él cuando decía esas generalidades sobre su época y su mundo. Pero el darse cuenta no le sirvió de mucho, antes lo perjudicó y lo dejo congelado. Porque lo único que sabía hacer era criticar a su época. No sabía cómo habitar el mundo que tenía al frente; sólo encontrar excusas para no hacerlo».
Imágenes de Bogotá con mar (8). «Un tipo mayor que dijo haber vivido en la China antes de la catástrofe dijo que todo le recordaba a Shangai antes de los comunistas, lo que era claramente una exageración porque ya en el mundo no había nadie que hubiera vivido cuando los comunistas tenían el poder, mucho menos antes».
Triunfos. «Las derrotas lo obligan a uno a mirar el mundo como es (o a intentarlo, al menos). Los triunfos, en cambio, son demostración de que el mundo es como uno se lo imaginó. Y por más de que uno pueda sentirse bien de haber ganado, en el fondo no hay nada que celebrar. Lo que se probó fue que el mundo resultó como lo esperábamos».
Imbéciles y llorones. «Uno puede imaginarse a los imbéciles y a los amargados, ya después de conquistar el mundo, sentados por todas partes, en el pasto con unas montañas nevadas al fondo y en una playa bajo la sombra de una palmera, mascando zanahorias y escupiendo con desprecio la partecita negra. También vanagloriándose de haber acabado con todo lo que podían. Y mirándose con recelo porque todavía les hace falta matarse entre sí y cumplir con su destino».
Así es todo el libro. La reseña cumple con exponerlo tal cual.
Jaime Jaramillo Escobar