Lo que cuesta olvidar

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1999 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 36, n.º 52

Sobre Cien años de la vida de Medellín (1890–1990), de Fabio Botero Gómez — Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1999, 624 págs.

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Para ser lógicos y concisos, empecemos por la conclusión que se desprende del libro: hoy más que nunca Medellín necesita mirar a su pasado, donde están los grandes ejemplos, para corregir el rumbo incierto que lleva. De nada sirve el esfuerzo de unos pocos impulsores que trabajan en terreno minado y deleznable. Concretamente: en las actuales condiciones de deterioro social todo esfuerzo constructivo se muestra inoperante. Más de la mitad de la población, en la que predominan las consignas destructivas, ya no responde a sus legendarios antepasados. El resto busca alejarse, antes de que sea tarde.

El arribismo resulta beneficioso en cuanto impulsa a la superación, pero hasta eso desapareció. La clase media, creada como amortiguador, se reduce proporcionalmente, y el dialecto parlache se convierte en virus del lenguaje para regocijo de profesores y medios de comunicación, que lo proponen como nueva identidad de Medellín a fin de suplantar el español en cuanto lengua burguesa de las tradicionales elites de la ciudad. Algo parecido ocurrió en la gran Buenos Aires, a comienzos del siglo, con el aval oficial. Esas iniciativas, como el esperanto, no prosperan.

Si las autoridades piensan en el futuro debieran iniciar una campaña seria, para inducir en los jóvenes el concepto de la importancia de Antioquia no desde el punto de vista fácil del folclor, que es lo que patrocinan las secretarías de educación, sino de los auténticos valores, que representan lo que el pueblo antioqueño ha significado en la historia de Colombia. (Se dice pueblo en sentido histórico, no en sentido marxista, pues la palabra suele desfigurar su significado).

Si los jóvenes de hoy se sintieran importantes, procurarían responder a ese sentimiento con actos esforzados. La liberación femenina, al destruir los hogares destruye el orgullo de los hijos y empareja la sociedad por lo bajo.

La primera edición (1994) fue ordenada por el concejo municipal, al estilo desmañado de la generalidad de las publicaciones oficiales: un volumen feo, sin gusto, sin arte. Ni las fotografías lucen en papel satinado. Y, sobre todo, indigno del autor. La edición no convalida un trabajo profesional valioso, que merece atención y respeto.

Por eso se debe celebrar la segunda edición, realizada en los talleres de la Universidad de Antioquia con excelente calidad, sin más erratas que las tolerables en 624 páginas. Especialmente en la métrica regular, los correctores de hoy no saben de qué se trata, y dañan el texto modificando las rimas y la cantidad silábica. Algunos ejemplos: En la página 450, lanzarme debe rimar con cobrarme pero «lanzarnos» daría un verso suelto en un soneto de corte clásico. En la 305 «voy subiendo hacia la cumbre de mis penas», destruye el endecasílabo que, como todo el mundo sabe, debe decir «a la cumbre de mis penas». León Zafir, el «caratejo» Vélez Escobar (primo de quien esto escribe), y todos los poetas de la época dominaban su arte a la perfección y no tolerarían un solo verso cojo. En la 309 hay un verso cojo que dice: «que mañana es el día de pagar el alquiler». Debe decir: «de pagar alquiler». Mejor oído que los correctores tienen los músicos populares, que tocan bien sin saber.

Para ser corrector de pruebas no basta con la gramática elemental: es necesario poseer una cultura, para que Rodríguez Moya (págs. 447), por ejemplo, no se convierta en «Maya», que es otra familia. O para que dorso (pág. 304) no se convierta en «terso», que no es lo mismo, sobre todo si se refiere a un ataúd. O para evitar palabras tan inéditas como esos «pendichos malimplotados» (sic, en página 51) en el original. O para que «completas» (sic). O para darse cuenta de que una fotografía está mal puesta con respecto al pie de grabado: «¿De izquierda a derecha, o de derecha a izquierda?». No es cosa de poca monta, pues los personajes salen de espaldas, o pierden la cabeza incompletas» (sic).

El libro en sí escapa a la crítica, porque el autor declara en la introducción que se trata de un recuento «profundamente personal, intensamente personal», con juicios que quizá el lector no comparta. Desde ese punto de vista, se distancia del concepto convencional de obra histórica. Sin embargo, la historia de una ciudad es más interesante y provechosa contada así con aparente descuido, que el texto rigurosamente académico.

Es también lo que sucede con Medellín es así, de Ricardo Aricapa, historia viva que el lector tropieza. Ése es el tipo de libro que puede producir mucho dinero, con publicidad y buena distribución, oportunidad desperdiciada por el editor.

El estilo conversacional es el que predomina en la mayor parte del siglo, y por eso abundan los libros hablados. No se les exige rigor académico, sino claridad, información, amenidad e interés. Puesto que se olvidó el español, no hay para qué mortificarse en el arte de la palabra. El público ha perdido el gusto por la belleza literaria, que ya no se sabe apreciar. El escritor de hoy es, ante todo, periodista: una redacción sencilla, más o menos pulcra, para un lector apurado, poco exigente. Con eso basta. En la página 5 se lee: «Siempre es en el ámbito del pueblo llano, simple, en el que mueren todos los estilos, todas las escuelas, todas las formas».

Las diversas partes de la obra ofrecen más que grata lectura, lo que ya se anuncia en muchas de sus divisiones capitulares. La coherencia de las partes y de cada parte; el apunte interesante, la aguda observación, la anécdota pertinente; la voz narrativa, las citas bien escogidas y lo que significa que el escritor tiene de antemano declarada la intención del libro, la medida proporcional, el ámbito histórico, las vivas suposiciones, la reflexión seria y demorada, el buen gusto, la sindéresis, el cálculo al alcance, nada se deja flotar al azar. No es un libro improvisado: es la experiencia de una vida, con seria orientación, sólido basamento, comparada inteligencia, dedicación afectiva por la ciudad. En resumen: un libro de importancia sustantiva para la historia de Medellín.

No debe mirarse por los detalles, sino por el conjunto, como las grandes superficies. Cabe resaltar también un reconocimiento justo, pues el libro colombiano carece a menudo hasta del índice de contenido, la fecha, el pie de imprenta, y muchas otras partes esenciales.

«Medellín, enlutecida por la muerte de muchas personas notables, sobrecogida por las calamidades que sobre ella pasan, las peores aún que la amenazan…». Parece que estuviésemos leyendo el diario de hoy, pero es una descripción de 1899. A lo largo del libro, la continuidad de la tragedia no impide el avance, ni disminuye el ánimo de sus habitantes, indicación de verdadera «marca» social de la ciudad, que construye incesantemente, alterna la tristeza y la alegría con terquedad optimismo. Ese carácter de su habitante desconcierta al sociólogo y al historiador, e induce la contradicción en sus juicios. Hasta este fin de siglo en que la ciudad, ligada a la suerte de la república, se muestra desconcertada. Sin embargo, al final del libro, como siempre, el autor apuesta por sí misma, generaciones de las que antes se ha dudado, por las próximas, a las siguientes. De todos modos Medellín crecerá, en la curiosa suposición de que crecer indefinidamente constituye una ventaja. El autor, ingeniero civil, sentencia con autoridad que «metrópoli es desorganización en expansión». La idea de grandeza no se revisa por temor al descrédito. Pero cuando se restablezca el sistema federal, lo que será inevitable, habrá que ver si a un Estado le conviene contar con una sola ciudad grande y moderna, rodeada de pueblos atrasados y pobres. Lo expone con toda claridad Bernardo Arias Trujillo en 1933:

«La federación, entre nosotros, la han decretado primero que los legisladores y constitucionalistas, la psicología, la etnología, el clima, la tradición, las vías de comunicación, los ríos, los valles, las montañas, las costumbres, el acento idiomático, etc. Es muy difícil hallar un país más federalista, más rabiosamente federalista que Colombia: ¿habrá, por ejemplo, individuos más distintos que un nortesantandereano, un costeño, un nariñense y un antioqueño? Todas estas diferencias están indicando que ha llegado la hora de federalizar al país, según sus tradiciones y costumbres, como la única manera de salvar la unidad nacional».

Leer el libro hasta la aparición del nadaísmo (pág. 529) constituye una experiencia de gran aliento. De ahí en adelante, todo cambia: 528 páginas contienen setenta (70) años y sólo cincuenta (50) páginas se dedican a los últimos tres decenios, lo que algo debe significar en términos reales, puesto que son años vividos por el autor en su madurez. «La ciudad abrumada», es el calificativo con que concluye la que visiblemente es la primera parte del libro, la era ejemplar, cifra del orgullo antioqueño. Será discutible pero coincide: se puede hablar de Medellín antes y después de 1960, sea por el nadaísmo, o por la Revolución cubana, pero ello confirma que el nadaísmo no nace de la nada, ni de teorías extrañas. Algo había en ese momento con suficiente fermentación para que saltara la tapa.

«Hemos descendido a profundidades abismales», se concluye en la página 534. «En Medellín, hasta a los espantos les da miedo salir», se cita al poeta Helí Ramírez. Que Medellín no aparezca en la poesía, entre los años 60-90, «es una prueba de los procesos de desintegración social», se lee en la página 534. «El hundimiento social de media ciudad es un testimonio claro del desastre absoluto», sentencia la página 535. Para rematar, el nuevo rostro de Medellín se describe como «severo y triste a la vez». «A Medellín llega un alud migratorio cuyas raíces son cada vez más lejanas e impredecibles». Y el panorama se ensombrece aún más con la incógnita de la inestabilidad, lo imprevisible, lo amenazante e incontrolable.

La página 566 califica el decenio 80-90 como «período terrible» para Medellín, por muchos motivos, entre ellos el gobierno de Virgilio Barco, enemigo declarado de Antioquia. Hasta la policía ejecutaba acciones terroristas, para adjudicárselas a grupos de la ciudad, como lo saben muy bien las autoridades civiles.

El ensayista Saturnino Restrepo, citado en la página 172, considera que «se necesita mucho candor para creer que algún día habrá una patria para los hombres nacidos en Colombia». No es idea nueva. La vocación bélica de los colombianos impedirá la consolidación de ese ideal. La página 141 empieza diciendo: «En el ámbito del pensamiento social colombiano en el siglo XIX se perfilan claramente dos líneas antagónicas en pugna, con frecuencia llevadas hasta la violencia: no en vano éste es un país crónicamente sumergido en guerras civiles, con sólo breves entreactos pacíficos».

Varios hitos señalan a 1960 como el año aproximado de ruptura de Medellín con su flamante pasado. Uno de ellos, no el menor, la adopción de un plan piloto de desarrollo, complementado luego con grandes errores de planeación urbanística, para poder sentarnos en el parque a decir cuáles fueron esos errores, porque si no fuera así, la vida no tendría sabor, y creeríamos estar viviendo en Escandinavia.

El hecho de que para 1961 un censo indique más de dos mil (2.000) tugurios en las laderas, es un síntoma verdaderamente alarmante, porque el antioqueño nunca ha tenido resignación tugurial. Si como desplazado por la violencia política se ve reducido a un tugurio, o debajo de un puente, pronto pone mesa y mantel, y transforma su vivienda con una penca de sábila y una maceta de flores, una era de cebollas y el alambre para secar la ropa. Porque el antioqueño es siempre limpio. Cuanto más pobre más limpio, para no perder su dignidad y preservar la salud que le ayudará a salir de las precarias condiciones en las que nunca cae por sí mismo, sino por el despojo y la injusticia social.

Un pueblo que sólo pide educación, trabajo y salud, es más que bueno. Desatender su clamor no sólo es injusto, sino criminal y un mal negocio. El mismo pueblo se ayuda, si le ayudan. Todo se podría hacer con buena voluntad. Esa voluntad ha faltado durante demasiado tiempo. A lo largo del siglo muchas voces lo han advertido. Quizá ya es demasiado tarde. Reléanse las páginas proféticas que Arias Trujillo escribió con fuego en su tremendo libro En carne viva.

Medellín tuvo rumbo cierto mientras fue habitada casi exclusivamente por antioqueños. El último capítulo del libro precisa, como principal causa de los cambios traumáticos, las diferentes e inesperadas migraciones recibidas por causa de la guerra. En corto tiempo ha tenido que hacer frente a gravísimos fenómenos, difíciles de asimilar para cualquier ciudad.

Tal vez usted ha oído hablar del sol de los venados, un solecito pinturero que existió en otro tiempo en el valle, y que los poetas cursis llamaban con nostalgia «el crepúsculo». A esa luz vespertina y romántica se asoman los recuerdos, que para el autor son el sentimiento que lo impulsara a escribir el libro. Y concluye en la lenta despedida de la tarde, cuando se encienden los móviles neones, no sin antes dejar esta admonición en la página 121: «Los escritores y artistas antioqueños siempre han visto sólo el lado malo de las cosas. Nunca los mueve lo positivo». (Herencia periodística, comenta la reseña).

Jaime Jaramillo Escobar