Los que se cuelan en una ciudad sin puertas

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Historia de una ciudad: Pereira, de Fernando Uribe Uribe — Alcaldía de Pereira, Instituto de Cultura de Pereira, Academia Pereirana de Historia, Colección clásicos pereiranos, núm. 4, Pereira, 2002, 2.ª ed., 148 págs., il.

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Hay varias clases de monografías históricas municipales. En primer lugar están las tradicionales, que se escriben por amor al terruño. Suelen ser las mejores, que se leen con provecho y agrado, pese a la falta de rigor metódico, a cambio de lo cual incluyen toda clase de leyendas y datos curiosos, como los terneros de dos cabezas y otros sucesos estrambóticos. En segundo término, y de más reciente data, aparecen los estudios históricos profesionales, más confiables en su impotable lenguaje académico. A partir de la elección popular de alcaldes se han empezado a reescribir las monografías por encargo, con el fin de incluir las ejecutorias de la nueva administración, resaltar protagonistas del momento, borrar a los adversarios políticos, y adaptar la historia a los intereses de las autoridades. También se publican otras más complejas, de alcances impredecibles, como las que intentan crear conflictos de límites, que usurpan personajes de otros municipios, plantean disputas o propician reclamos gremiales o institucionales. Una historia de Cartago se escribió para destacar los apellidos principales y su genealogía, con propósitos nobiliarios. Y su autor era de izquierda. En fin, hay de todo.

La historia de Pereira a la cual se refiere este comentario pertenece a la primera clase: es un trabajo de amor. Una historia viva. Por consiguiente, emociona. Se lee con ardor. Lo que no lograrán nunca los académicos de sangre fría, que se limitan a escribir: «Bajaron (o subieron) por el río tantas toneladas de tal cosa, avaluadas en tanto». Viajaron solas, no se sabe en qué, nadie las conducía, el milagro económico se transportaba mágicamente. Si el planchón se hundió, si alguien murió, si los caimanes, si los ladrones atacaron, ésa es otra historia de minucia. La mercancía valía tanto, y punto.

No es el libro de un historiador profesional, sino de un apasionado. Por eso se le reedita a los cuarenta años, como reconocimiento póstumo y agradecido de la ciudad. Y se ilustra el pórtico con una fotografía de clisé ampliada, que ningún editor responsable aceptaría.

La accidentada ruta de la fundación y desarrollo está bien trazada, así como la vida de la ciudad hasta la fecha del centenario, para lo cual, a más de los conocimientos personales, el autor contaba con historia fidedigna.

Los antioqueños que salieron a colonizar hacia el sur buscaban mejores tierras porque eran agricultores, y al encontrarlas se encariñaban con ellas, a diferencia de los españoles, que siempre siguieron adelante, tras la ilusión del oro. Don Juan María Marulanda (el apellido es mera coincidencia), se cuenta en página 56, derribó montes y emprendizó potreros para más de cincuenta mil novillos. Como todo lo hizo a partir de cero, con su propio honrado esfuerzo, fue un hombre notable entre los muchos que asimismo abrieron selva virgen para fundar pueblos y producir alimentos. Hoy no sería más que un hijueputa terrateniente, en esta época en que sólo se admira a ladrones y bandidos, que mientras más tierra usurpen, menos terratenientes son.

La guerrilla actual no representa «la lucha del pueblo colombiano». Esa lucha es la que se percibe en las monografías de los dispersos pueblos, que suman la gran historia patria. Lucha de doscientos años de trabajo e ingentes esfuerzos, individuales y colectivos, que constituyen la verdadera epopeya nacional.

En páginas 137-138 hay una rara historia de colonización:

En una tarde cualquiera, las calles soledosas del pueblo se veían invadidas por gentes extrañas, que en grupo compacto, como de procesión, irrumpía encabezado por un fraile de barba larga, sombrero Suaza, cayado de peregrino, cordón ceñido al cinto y abarcas de rudo cuero. Detrás venía una extraña tropa de hombres de melena descuidada, semblante cansado y traje de pobreza; mujeres con grandes morrales a la espalda, niños de ojos asombrados y pies descalzos que llevaban un perro macilento cogido a un lazo viejo, caballejos flacos en cuyos lomos, a horcajadas, venía una pareja de niños o una mujer en estado de gravidez; mozos robustos de peinilla al cinto, mulera terciada y pañuelo de colores al cuello. La caravana atravesaba lentamente la población e iban a armar sus toldas en las afueras, por lo general en La Palmera, a la vera del camino que lleva a Cartago. Era el enganche que hacían los padres Capuchinos, en todas las poblaciones de Antioquia, para ir a poblar el Putumayo, fundar a Puerto Asís, abrir la selva del Amazonas, entrando por Pasto, y colonizar el sur del país mediante auxilios del gobierno nacional. Aquí recogían donaciones y enrolaban más familias para suplir algunas que se iban quedando rezagadas por el cansancio, enfermedad o desaliento de la empresa. Era por todos mirada con simpatía aquella obra patriótica de civilización y cada familia ayudaba con ropas, utensilios o perros indeseables, que eran muy apetecidos para enseñarles a matar culebras (eso decían ellos) y así, cuando se marchaban, habían aumentado sus bártulos y llevaban una jauría de gozques aullantes, unos a otros unidos por el clásico tramojo. Con el ánimo lleno de ilusiones, miles de seres humanos fueron conducidos hacia la selva lejana… ¿Qué se hicieron? Nunca se supo. Ni se pregonaron sus triunfos, ni se contó su tragedia.

Lo desmesurado e insólito se alterna con sucesos menores, del diario vivir, para que sea una historia de hombres, no de héroes entorchados. En el pavoroso terremoto de 1906 el gobierno nacional no aparece, lo que no es extraño y a nadie sorprende. Los sobrevivientes se arreglan como pueden, y pacientemente empiezan la reconstrucción. El gobierno nacional estaba muy pobre (como siempre), y muy ocupado, porque hubo la guerra de 1876, y la guerra de 1885, y la de 1899, y no quedaban recursos.

La autoridad sólo se hacía sentir en cosas como los temibles guardas de renta (pág. 95), «que se singularizaban por su atuendo especial, característico. Eran medio policías, medio caballeros, medio civiles y medio atrabiliarios. Usaban revólver, linterna, peinilla de muchos ramales, palo con arriador, ruana al cuello, sombrero arremangado y mirada de centuriones de Semana Santa. Tenían plena autoridad, allanaban sin mandamiento judicial cualquier tienda o rancho en las veredas y, sin Dios ni ley, se llevaban a la vieja, el tabaco, el muchacho y cuanto encontraban, sin preguntar; tan sólo porque la guía no estaba de acuerdo con las existencias».

Tales guardias de renta existieron en todo el país. Hará cosa de unos cincuenta años que el gobernador de Antioquia envió sus guardias de renta a la población de Urrao. Allá los recibieron, los picaron en pedacitos, los echaron en costales y se los devolvieron al gobernador.

Para 1870 (pág. 59), ya la tierra se medía por centímetros, aunque una vara tierrera (85 cm) seguía siendo más barata que una vara de tela (80 cm), o la yarda. Desde entonces los conflictos por la tierra han venido en aumento. El argumento, religioso, siempre ha sido el mismo: «Vusté, que es del Cielo, váyase p'allá y déjenos la tierrita a nosotros».

La obra, por tratarse de segunda edición, no debería contener errores tipográficos. En cuanto a los otros, la Academia de Historia incluye algunas necesarias glosas en el Prólogo. El libro empieza con «Presentación», «A manera de prólogo», «Introducción», otro «Prólogo», otra «Presentación». Luego se inicia con la fundación de Cartago. Pero los defectos se compensan con la amenidad, el interés que suscita, la parte anecdótica, la buena voluntad y el afecto inclinable por la ciudad. Afecto que se enraíza precisamente en las cosas amables. Nadie dirá que ama a una ciudad porque la fundó algún empenachado conquistador, sino porque allí tuvo lugar su infancia.

La referencia a la infancia nos lleva a la época de estudios básicos. «Los maestros (pág. 75), no se permitían confianza alguna con los discípulos, ni solían tener una frase cariñosa, ni una sonrisa amable; les daba la impresión de que la seriedad era la parte fundamental en la disciplina. […] El maestro empezaba por rezar el Padre nuestro y mostrarnos una correa ennegrecida y tiesa». En página 129 un muchacho refiere haber sido criado «con rejo y aguapanela». Era la época en que los niños venían a domicilio, «los pandeyucas eran monumentales, grandes como neumático de camión», y el espejuelo de tamarindo era vendido en la calle por las placeras. El académico se horroriza (o divierte) con esa forma campechana y familiar de contar la historia, pero esa es la historia que enseña, y el lector desprevenido la disfruta mucho. La otra, en volúmenes de pasta solemne, ésa es para consulta.

Los juegos y entretenimientos juveniles eran zanahorios y a la vez atrevidos y filosóficos, entre ellos la cometa (pág. 87), «que como los políticos tiene la vida en la cola y depende de un hilo que al romperse le causa la caída en picada».

Los mayores, pasados el trompo (filosofía budista) y las canicas (filosofía indígena), entraban de lleno al comercio, con las limitaciones culturales de su época. La cerveza se importaba como remedio, o servía de aperitivo. El brandy era también medicinal, y el whisky sólo un aviso extranjero. El azúcar era de lujo: para enfermos, limonadas y jarabes de botica. Quedaba el aguardientico de Midiós, celebrado con versos:

Bebió aguardiente Jehová
y Nabucodonosor,
y Cristo Nuestro Señor
en las bodas de Caná.
Tragó mucho guandamé
el intrépido Noé,
el gran soñador José
y Confucio y Faraón,
y Tiberio y Cicerón…
Lo digo porque lo sé.

Jaime Jaramillo Escobar