Novillo suelto por el mundo
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2003 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 40, n.º 62
Sobre Novillo suelto y otros cuentos, de Juan Carlos Restrepo Rivas — Cámara de Comercio de Medellín, 1998, 172 págs.
El verdadero novillo suelto, más peligroso que un poeta escapado del manicomio, es el autor del libro. De un lugar a otro del planeta, parece, como se dice, un volador sin palo. ¿Qué busca en Fez, en los vícolos de Roma, en las orillas del Arno? El color. Su pasión es la imagen y el color. Viaja para aprisionar en sus retinas todo el color del mundo. Por eso se da el lujo de pasar una noche de luna llena en los canales de La Serenísima, con un gondolero que canta en voz baja para el solitario visitante, no las canciones que el gusto de los turistas le obliga a repetir, sino las que reserva para su intimidad en las noches de luna del golfo y que ahora le regala, con súbita inspiración, a este desconocido que decide repasar lentamente, una y otra vez, las iluminadas aguas en las que Venecia parece navegar al airoso impulso del remero.
Su experiencia de otros pueblos y otras culturas no le aparta de lo propio, sino que le sirve para apreciarlo mejor. Y por eso los temas del libro, ganador en el concurso nacional de cuento de la Cámara de Comercio de Medellín (1998), no se originan en otras latitudes, como suelen hacer, por aparentar, los que nunca han salido de una ciudad. Los principales motivos de la poesía antioqueña siguen siendo —asómbrese usted— la Grecia antigua y el Imperio romano. El valle de Aburrá aparece superpoblado con todos los dioses mayores y menores de aquellas culturas, y por la carrera Junín no pasan sino Venus y Apolos y Minervas que probablemente van a tomar el té en el Astor.
Nunca he tenido el vicio de ofrecer prólogos, que es un método ingenioso para meterse en los libros de los demás. Por voluntad del autor redacté un pórtico para su primer libro, y él tenía el derecho de incorporarlo a su obra. El prólogo fue omitido, porque no estaban de acuerdo con lo que allí se dice las jóvenes funcionarias ejecutivas de la Cámara de Comercio de Medellín, que ejercen la censura editorial a su saber y entender.
La censura, tanto de izquierda como de derecha, ha vuelto a Colombia en nombre de la libertad, la palabra más bella, que se usa para las cosas más feas. A Colombia la espera un mal siglo, otro mal siglo, disputada por fieras que reprimirán toda libertad. No es mi oráculo. Se trata de una vieja profecía, varias veces anunciada. Ya en mayo de 1921 don Marco Fidel Suárez se refería a «la vorágine que amenaza sumergir a Colombia en la barbarie». Sumergidos estamos. Pregúnteselo a las damas vulgares y groseras del Senado y la Cámara.
De todos modos, el deber del escritor, aunque de poco sirva, es denunciar y protestar, una y otra vez. Palabras eternas de Camus, o de Goytisolo, de la reflexión universal sobre el hombre. Si la historia se repite, se repite lo malo, pero también lo bueno. Establecer la civilización sobre la barbarie es el esfuerzo de la especie para sobrevivir, por oposición al instinto primario destructivo que recibe el nombre de demonio, en la profundidad infernal del subconsciente. Como ocurre con las cucarachas, la única guerra contra la barbarie es una que no termine nunca.
Releído el prólogo, no parece escandaloso. Escandalosas son nuestras masacres diarias. El mundo está escandalizado. En Norteamérica y en Europa la pregunta es por qué el pueblo colombiano no hace nada para defenderse; por qué se deja exterminar pasivamente. La respuesta no corresponde a una reseña literaria.
El siguiente es el preámbulo censurado. Juzgue usted:
El cuento es la puerta de entrada a la literatura. Entre las muchas equivocaciones de la Colombia actual está el haber desterrado a los cuentistas de los medios impresos, con lo cual se aleja la literatura del público, ese público que se reclama inútilmente, por medio de la propaganda, para que compre libros que no le han enseñado a leer. Es un contrasentido del propósito comercial, olvidando que la cultura se alimenta a sí misma en un proceso muy complejo, cuyos resultados económicos dependen de que se formen hábitos de consumo.
El cuento colombiano desapareció como atractivo en revistas, suplementos y magazines, a causa del empobrecimiento de la cultura, con su efecto de arrastre negativo. El lector de novelas se forma en el cuento. Sin ese lector, puede la publicidad vender novelas que nunca son leídas. Si al escritor actual sólo le importan las ventas, eso carece de incidencia en la cultura. El ocaso de los maestros dio paso a los farsantes, y un pueblo conducido por farsantes y logreros tiene un destino errático.
La idea de contracultura, aplicada a naciones sin tradición cultural, impide la formación de las culturas propias. Tal idea ha sido pensada y puesta en práctica como Restrepo Rivas, mecanismo para imponer la llamada civilización norteamericana, que incluye su antídoto.
El cuento es la gran escuela de escritores, y también su culminación. Borges o García Márquez lo demuestran. Paradójicamente, por ese mismo motivo se cierran puertas a los nuevos narradores colombianos, que cada día tienen menos posibilidades de publicación. Que no nos salga la competencia. Que si no es de nuestro grupo no tiene derecho a existir. Que venga a lamer nuestros zapatos y después veremos. Es la mezquindad de quienes manejan poder de veto sin sentido de la nacionalidad.
Los concursos de cuento tienen por objeto fomentar un género que siempre ha sido muy importante, venido a menos en Colombia por la crisis de la cultura, que ha desplazado a los escritores de los medios impresos.
Con el cuento empieza y culmina la literatura, porque es el mejor vehículo para la imaginación. Todo se crea y ordena a partir del cuento. Y el cuento todo lo expresa, desde la creación del mundo hasta el destino final de los seres humanos. Pero el cuento está amenazado en Colombia, porque hay muchas cosas qué contar, y no quieren que se cuenten. El cuento es inmortal, como se sabe, y lo que contemos no se olvidará. Por tanto, no les conviene, y se desacredita el género para disminuir su alcance. Los intereses de poder mueven todo, hasta el hilo más delgado y secreto.
En Colombia no faltan buenos cuentistas, como lo demuestran los concursos, y es indudable que al público le sigue gustando el cuento por atracción ancestral, y por su brevedad, poder de síntesis, eficacia narrativa, fuerza derivada de su concreción, función didáctica y alusiva, y cercanía con el poema. El cuento expresa mejor a los pueblos que la poesía, porque, al perder su identidad, la poesía acabó convertida en guiñapo literario.
Juan Carlos Restrepo Rivas, autor de estos cuentos, llega a la literatura a través del arte. En el dibujo, el grabado, la pintura, el diseño gráfico, el collage y otras habilidades artísticas, el mundo se le presenta como el gran fresco abigarrado de la novela, y decide que también puede pintar con palabras lo que escapa a la variedad de sus instrumentos de artista. Selecciona el cuento, porque el cuento participa de la novela, la pintura, la poesía, y puede ser llevado a los medios audiovisuales. El cuento es síntesis, para un público que prefiere los resúmenes, el comprimido, la simplicidad de lo concreto.
El olor y la gata es un tema dramático de vecindario, en clave policíaca, muy bien urdido, con pistas falsas que conducen a inesperadas sorpresas. Se sostiene que cultores geniales agotaron el género policíaco, pero no es verdad, como lo demuestra su éxito en las pantallas. El crimen es consustancial a la humanidad. Nunca desaparecerá. Existen relatos de crímenes cometidos en el cielo. Ahí tiene usted.
La historia del cielo empieza precisamente así. Y sorprende que a Dios, en lugar de condenar sus queridos ángeles rebeldes, no se le hubiera ocurrido organizar una mesa de concertación en alguna zona de despeje, para pactar con ellos la paz eterna y evitar así de una vez por todas los abrumadores males que sus demonios causan en el mundo desde entonces. Ya que no se le ocurrió eso, hubiera podido al menos mandar sus diablos a otro planeta en otra galaxia, pero su mal genio los dejó para atormentarnos aquí en la Tierra, lo que sinceramente no nos parece —Usted perdone, Señor— una buena idea.
Fieras de tinta es el relato apasionado por las historietas gráficas. En el inframundo del lumpen, la clientela de las revistas de alquiler comparte sus días con los héroes de ficción en la común aventura de lo maravilloso. El escritor lo aprovecha, narrado con naturalidad, sólo al final tenemos el suave horror de haber entrado sin darnos cuenta en una casa en la que nada ocurre, salvo que…
Por último, para no alargar este preámbulo impertinente, en Novillo suelto asistimos a un espectáculo común en muchos pueblos: la entrada semanal de los novillos bravos, destinados al matadero. La aparición de los novillos causa siempre conmoción, carreras, sustos. El cuento narra cómo es el pueblo antes de que pasen los novillos; la expectativa, el temor, el recuerdo de lo que ocurrió en otras ocasiones. Pero esta vez es distinto.
Juan Carlos Restrepo Rivas (1962) nació en Andes, tierra áspera del suroeste, donde muchos nacen pero pocos se crían, según dicen allá, no sin orgullo. Graduado en la Pontificia Bolivariana de Medellín, la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de Navarra (España). Profesor en las universidades de Antioquia, Pontificia Bolivariana y Eafit. Ha obtenido distinciones importantes en artes gráficas e ilustración. Posee el carácter educado y llano del hombre culto. Pero téngale miedo. No se olvide que es de Andes.
Jaime Jaramillo Escobar