Pessoa resumido

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2015 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. XLIX, n.º 89

Sobre Arder en el tiempo. Encuentros con Fernando Pessoa, de Carlos Vásquez Tamayo — Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2012, 111 págs.

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Pessoa se respira en el aire, como Cervantes o Shakespeare, y ni siquiera es necesario leerlo. Basta con que exista, con que su libro esté visible en la biblioteca personal, en el breve espacio donde están los que son. Geraldino Brasil dice, refiriéndose a Pessoa: «Si se mira hacia arriba, no se sabe dónde comienza; si se mira hacia abajo, no se sabe dónde termina». En cualquier texto de Cervantes o Shakespeare está completo cada uno de ellos, como el sabio en su mandamiento, y lo mismo ocurre en Pessoa. Con muy pocos artistas sucede así, pero esos son los que son. Lo demás es lo demás, que solo sirve para los demás.

Muchas lecturas se hacen por primera y única vez, pero entre todas puede haber una más importante que las otras, por algún motivo especial. En mi caso, la emoción inolvidable fue leerlo en el volumen que había sido de Geraldino Brasil, con el que su generosidad me obsequiara. Es la edición de José Aguilar, Río de Janeiro, 1974, empastada en piel. Fue, puede decirse, una lectura conjunta. Me gustan mucho las lecturas conjuntas con amigos, el diálogo enriquecedor que se produce, compartir percepciones con sensibilidades afines.

El impacto de Pessoa es permanente, como el de Walt Whitman, por ejemplo. Si se les ha leído se quedan por siempre en la memoria, en el afecto, en el sentido de la vida. Son los maestros con los que se convive a partir de su revelación. Muchos, pero a la vez pocos en el número de la humanidad. Ellos la representan y la salvan desde el punto de vista histórico. Ocurre como con los santos: al fiel le basta una reliquia, un pequeño fragmento de su túnica. No es necesario cargar con toda la obra: son suficientes las páginas que la selección personal resguarda. Todo León de Greiff puede resultar abrumador, pero hay en él una parte imprescindible que es su alma, es decir su esencia, lo que entendemos por espíritu, la parte que consideramos divina en el sentido de inspirada, incomprensible, misteriosa, concluyente.

Considero los heterónimos como seudónimos, como los veinte que lucía León de Greiff sin que ello representara distorsión de su personalidad. «Hay una tendencia en Pessoa a crear seres ficticios», dice el prólogo. Los heterónimos son una especie de juego, y su explotación un recurso publicitario lindante con el ocultismo en cuanto secreto reservado. Sirve para que muchos profesores vivan de explicar los heterónimos, y los editores hagan su negocio con los restos de un hombre que vivió en la pureza del despojo. En la Universidad de Antioquia pregunta un estudiante a su profesor para qué sirve el latín, y el profesor le contesta: El latín sirve para que podamos vivir mi mujer y yo. De los heterónimos de Pessoa viven muchos. Él lo previó así, con su leve sonrisa desencantada. Los que se lucran de la descuartización insisten en descuartizar a Pessoa. Los descuartizadores de Pessoa obtienen pingües réditos con su descuartización. El que mejor lo descuartizare, mejor descuartizador será.

Tomo a Pessoa como un todo, sin dividirlo en la superchería de los heterónimos. Escojo entre ellos sus más altos y lúcidos momentos, o también los más oscuros, y me siento a tomar un café junto a su estatua sedente, en Lisboa, sin preguntarle cuál de todos es él en ese momento, porque tengo que hacer una reseña para mi profesor de hermenéutica. Resulta muy apropiado Pessoa para la academia, tan dada a mixtificar porque también de eso vive. Y a los estudiantes nos apasiona explorar en el enredo. Es una manera de encontrarnos perdidos. Lo confirma Carlos Vásquez Tamayo, repasando a Pessoa en todo sentido, como recomienda São Geraldino.

El sistema que adopta es la selección de fragmentos, las reflexiones que avanzan con la lectura, y el compendio de todo en un trabajo académico reunido originalmente en seiscientas páginas. La reseña adopta el mismo procedimiento, para estar concordes en un método de apreciación. Esta escritura —dice— «apela al fragmento, a fin de ser fiel, hasta donde sea posible, a la dislocación de un habla que testimonia algo que nos es común: la soledad de todos en un mundo sin protección».

No cosido sino pegado, de los que se hacen así para ir arrancando las hojas a medida que se lee, el libro merecía el honor del cuadernillo, como los verdaderos libros. No solo en eso se muestra precaria la edición, sino también en el tipo de letra, pequeño para un ensayo. Sabido es que los impresos en letra diminuta tienen menos lectores. Y el ensayo muchos menos. Sería por eso.

Se divide la obra en dieciséis capítulos, con un promedio de seis páginas. Siguiendo el orden original, la selección dará un resumen del pensamiento del autor en un tema que ocupa la atención del mundo literario: la figura de Pessoa. Que reposa en el monasterio de los Jerónimos al lado del autor de Los Lusiadas, coronado de laureles, Luís de Camõens (siglo XVI).

Constituye el ensayo una interpretación de la obra de Pessoa a través de sus álter egos. Las citas de autor no requieren entrecomillado.

01 Caeiro. Asocia la escritura de los poemas de Alberto Caeiro («poeta fingido de Pessoa»), a un estado de inspiración.

La tierra no es un lugar para el hombre, porque él no ha estado a su altura y no la ha sabido habitar. Por un subterfugio extraño, la relación entre los hombres y la tierra es de enemistad.

El poder lo invade todo, es compacto, es una roca, tanto que nos tememos que hablar de ello y denunciarlo lo fortalezca.

02 Reis. Asocia la escritura de los poemas de Ricardo Reis a la deliberación abstracta.

Si sólo vida nos es dada, acojámosla. Y ante todo evitemos esperar otra, imaginar otra, exigir otra, lamentarnos por las condiciones de la nuestra.

No despertemos a la diosa Venganza, porque cobrará nuestra culpa.

03 Campos. Asocia la escritura de los poemas de Álvaro de Campos al impulso de escribir sin saber qué.

La poesía no ha hecho sino lamentarse, la poesía es la voz con la que el pueblo se queja, por ejemplo de las mentiras, de las promesas, de las traiciones, de la mezquindad, de la avaricia, de la estrechez de miras, del hecho misterioso de que la prodigalidad de la vida se transforme en la mezquindad de los poderes.

04 Pessoa-Caeiro. Estar solas es la forma de existir de las cosas. Únicamente el hombre, porque padece una soledad quién sabe de qué, no solamente inventa relaciones entre las cosas, sino que las pone a servirle para paliar esa sensación de ausencia, de soledad, de vacío.

Nuestra impresión de Caeiro es que todos saben lo que nos dice, y que por eso no hay necesidad de decirlo, pero si todos lo saben ¿por qué no lo ha dicho nadie? Si no vale la pena decirlo, pero es verdadero, ¿por qué todos los poetas han dicho lo contrario?

Con Alberto Caeiro no hay una experiencia del tiempo. El tiempo no está entre sus haberes, la suya es una vivencia sin tiempo de la existencia.

05 Pessoa. Pessoa no es un ganador, su poesía le canta a la derrota, es una poesía del fracaso de cada hombre. Los amigos de esta poesía son aquellos en quienes la vida no cuajó, los que no triunfan en nada, a los que no les va bien, es decir, la mayoría.

06 Reis. Nos aquejan dos miedos: el miedo a dejar de ser, y el miedo de ser. Lo que está en la raíz del poder es el miedo a la muerte. No hay poderoso que no erija su poder sobre una montaña de muertos.

07 Caeiro-Pessoa. La voluntad de mentira y la capacidad tan extraña y paradójica que tienen los poetas de venderse a los poderosos. De todo eso tienen que dar testimonio. La poesía es política. Ese debate de si lo es o no, es anacrónico, y si todavía se plantea es porque algunos poetas se ofrecen a los poderes en uso.

Hay poetas para decir lo que pasa, eso no lo pueden decir los demás, que dicen lo que creen que pasa, lo que quieren que pase, lo que esperan que se crea que está pasando; es al poeta a quien le queda la tarea de decir la verdad.

La poesía es la experiencia de lo imposible. Si no fuera por eso, para qué poetas.

08 Caeiro-Campos. Un poema no se agota en una sola lectura. Un poema se puede leer varias veces, y tener en los labios una y otra vez esos versos que conmueven sin saber por qué.

El abismo no me sorprende, el vacío no me angustia, el tiempo deja de pasar, o si pasa no me doy cuenta, floto en el abismo del aire, no sé si caigo o me elevo, y ese no saber da una misteriosa calma.

Fui feliz porque no pedí nada ni procuré hallar nada, ni creí que hubiera más explicación que la de que la palabra explicación no tenga sentido alguno.

09 Soares. Lástima que exista la crítica literaria, que priva de una visión directa de las cosas.

¿Qué es la razón? No es otra cosa que los motivos que nos damos para vivir. Es el diagnóstico nihilista por excelencia. La razón no es un don, es una máscara; no es un atributo, es un placebo; los hombres nos inventamos eso para llenar el vacío, sólo que eso se convierte en una máquina poderosa, implacable en el tiempo al que asiste Bernardo Soares.

10 Reis-Soares. Abdica, y sé rey sólo de ti.

11 Soares. El atardecer es la hora de los poetas, esa hora en que las cosas pasan de la definición a la sombra. El atardecer tiene un elemento más provocador que el alba, porque el alba nos devuelve a las cosas, mientras que el atardecer las desdibuja, las va borrando.

El contento de Alberto Caeiro es un falso contento; la capacidad de adaptación de Ricardo Reis es también fingida; esa especie de euforia de Álvaro de Campos esconde en su fondo el silencioso veneno.

Lo ideal es que nadie se deje molestar ni dar órdenes, que cada cual pueda llegar a tener una gota de conciencia de lo inútil que es todo, de lo mentiroso que es todo, de lo falso e inane que todo termina siendo, y a partir de ahí ver qué pasa.

12 Pessoa-Soares. Nada más miserable que los fines, el altruismo, la grandeza, los grandes propósitos: mensajes repetidos de un lenguaje que pretende ser ilustre. Atiende más bien a lo pobre. Veo que todo cuanto he hecho, todo cuanto he pensado, todo cuanto he sido, es una especie de engaño y de locura.

13 Pessoa. La superioridad está condenada a la infelicidad, porque la superioridad es intranquila, no se sacia con nada. Por el contrario, al tedioso le basta con encerrarse en su cuarto y ver pasar la vida por la ventana.

14 Pessoa-Soares. Yo que estoy aquí y que no me muevo, a quien no le pasa prácticamente nada, gano un sueldo que me permite vivir en esta habitación de una pensión de Lisboa, y se me abre el mundo en la libertad absoluta de sentir: puedo ser todos los reyes que un rey no puede aspirar a ser, porque ya es uno de ellos.

15 Soares. La escritura es una opción entre otras, y no es para nada un gesto de superioridad.

16 Pessoa. Pessoa es de esos raros hombres que no descansó nunca, que no durmió, y por eso es testigo. Pessoa siempre está cansado. Fue un insomne perpetuo. Por eso merece el nombre de escritor: custodio.

Concluye la reseña con esta sabia y sincera declaración del autor: el secreto del magisterio está en que no hay nada qué enseñar.

Jaime Jaramillo Escobar