Por qué caen los aviones en el Tablazo

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Supatá, mi hermoso municipio, de Emiro Arcángel Salgado Rincón — Ediciones Jurídicas Gustavo Ibáñez, Bogotá, 2002, 207 págs., il.

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El autor de la monografía de Supatá es odontólogo retirado. Por tanto, su obra tiene una sonrisa maliciosa. Es común que los odontólogos se ocupen también de otras cosas, como la música, la literatura, la historia, o labores cívicas y sociales.

Los historiadores consideran las monografías de pueblos como género menor, cercano a la crónica. Por eso tienen que ser escritas por voluntarios, con más fe y amor que pericia profesional. Y se les deben reconocer los aciertos antes que señalar defectos en un trabajo desinteresado, difícil, oneroso y con todos los peligros que tiene trabajar en Colombia, aunque sea gratuitamente.

En Antioquia se inició hace pocos años un experimento para escribir o revisar las monografías de los municipios, con la misma falla de siempre: la falta de presupuesto para la cultura, y de experiencia. No tuvo continuidad y todo quedó en nada, como es costumbre.

En el caso presente el civismo del autor suple las carencias, y el propósito se logra aunque no hubiese contado con una revisión que evitara los numerosos y elementales errores de redacción y digitación. Un sólo ejemplo, muy ilustrativo: la expresión «o sea» aparece a lo largo del volumen como ósea, lo que suele ocurrir cuando se confía demasiado en las computadoras. De todos modos, la investigación se puede considerar exhaustiva, aun teniendo en cuenta que no siempre recibió la colaboración solicitada. Y las fallas son excusables, en atención a la buena voluntad y el evidente trabajo y dedicación que el empeño requería. Es más: merecía una mejor edición. La que se hizo carece de diseño, con un tipo de letra inadecuado y pésima impresión. Los grabados no pueden ser peores. En página 152, «la hermosa cordillera del Tablazo» es un borrón. Los originales de las fotografías sin duda dejan mucho qué desear para un impresor, pero el resultado es francamente lamentable.

Aún así, las doscientas páginas se leen y releen con agrado, si el lector se sitúa en la cruz de la iglesia y desde allí observa todo con benévola comprensión. Y si conoce los pueblos, porque no es un libro para gentes de ciudad.

Una población pacífica, con hermosos parajes, a noventa minutos de Bogotá, podría ser un destino turístico popular, pero tal vez mejor que no lo sea, porque el turismo local es devastador. Tranquilos burgos europeos se benefician del turismo, porque está organizado y el visitante culto es respetuoso. Nada más zafio que las fiestas de nuestros pueblos.

El libro fue escrito con motivo de cumplirse ciento veinte años de la fundación del caserío inicial. El autor lo llama resumen histórico, y lo presenta como una «pequeña contribución tendiente a reconocer la identidad supateña, su historia, sus costumbres, sus anécdotas, sus gentes».

Menciona cientos de paisanos, cada uno con su historia y descripción personal. Es un aporte valioso, que incluye las genealogías supateñas. Reconoce lo que las familias han hecho por el municipio, con la particularidad de que sólo señala lo positivo: donar terrenos, dinero, trabajo, ofrecer solidaridad y ayuda. Lo malo que algunos pudieron haber hecho por egoísmo, codicia, indiferencia, ignorancia, eso lo excluye sabiamente, como corresponde a un hombre que conoce la vida y a sus semejantes.

En cuanto a la forma, es un libro hablado porque transcribe literalmente testimonios de vecinos, y el mismo autor emplea un lenguaje conversacional, algo ingenuo, sin mayores preocupaciones lógicas ni gramaticales. El resultado es un riguroso desorden, pero, curiosamente, al final, todo resulta fácil de organizar por parte del lector.

Método y estructura de la obra: se convoca a una serie de reuniones en el salón del Concejo para que los vecinos compulsen recuerdos e informaciones, de lo cual debe resultar la confirmación de hechos conocidos, o aclaración de relatos no coincidentes. El resultado de esa comprobación, más otros testimonios recogidos personalmente, sustentados en datos de la historia, constituye la primera parte, no exenta de leyendas y consejas populares.

El siguiente capítulo se refiere a la fundación de la parroquia y el municipio, con diferentes versiones, en cuarenta y una páginas ilustradas, más diez páginas al final en un anexo que forma parte del capítulo «Turismo», cuyo contenido excede su título.

La tercera parte se refiere a los primeros caminos, o caminos reales, en ocho páginas de texto más ilustraciones, y una continuación al final, de dos páginas, en el capítulo «Turismo». Las ilustraciones, dicho sea de paso, van dispersas sin relación con los temas. Los siguientes capítulos son: «Fiestas anuales», trece páginas. «Educación», cinco páginas. «Anecdotario», diez páginas. «Comercio y pesas y medidas», tres páginas. «Los apodos», dos páginas. «Curiosidades», siete páginas. «Parque principal», tres páginas. «Localización y límites», tres páginas. «La propiedad privada», dieciséis páginas. «Generalidades», una página. «Paseo ecológico», cinco páginas más dos en el capítulo «Turismo». «Comidas típicas», cinco páginas. Por último, el capítulo denominado «Turismo», que comprende una relación de nombres de personas destacadas del municipio y otros apartes sobre temas ya desglosados. La comparación del número de páginas dedicadas a los capítulos resulta muy ilustrativa acerca de la óptica empleada y las particularidades de la localidad.

En las actas, escrituras y decretos relacionados con la fundación, sitos al final del libro, está patente la desconfianza del pueblo colombiano sobre los gobiernos, todos los gobiernos. En efecto, en la Escritura de la parroquia se deja esta constancia: «…quedando obligados por sí y a nombre de sus herederos ni ahora ni en ningún tiempo a reclamar como de su propiedad los terrenos, la iglesia, casa cural, enseres y alhajas que ceden por medio de la presente escritura, a no ser que el gobierno civil quisiese apoderarse de estas cosas. Así lo dijeron, otorgaron y firmaron». En el título de fundación existe una cláusula terminante que dice: «Si en algún tiempo quisiera cualquiera de los gobiernos usurparse o quitar aquello, entonces volverá al poder de sus legítimos dueños».

Por la hebra se deshace el ovillo, y a partir de la monografía de un vecindario como éste se podría hilar una larga y diversa historia, que los límites de la reseña no permiten. Como algunos dibujantes son capaces de formar una figura a partir del punto que se les indique, así la historia puede reconstruir un mundo desde cualquier indicio. Este apasionante juego podría convertir la reseña en un libro: la historia desde abajo, no desde la gloria de los inmarcesibles, sino del sufrimiento del pueblo. Pero en forma de novela. Una historia tan triste, nadie la leería.

En razón de la exigente brevedad, y para completar una visión aproximada de la monografía, se incluye a continuación, conservando su forma original, una selección de párrafos. Resultará divertido.

Página 47: «Según la recomendación del Papa Julio II los aborígenes americanos eran descendientes de Adán y Eva y había que bautizarlos».

Página 42: «Dice José Rodríguez que Bochica era un discípulo de Cristo y se basa en la sencilla razón de que el animal que trajo a este señor Bochica, era un camello y que Alejandro Humbolt, sabio alemán llevó esos esqueletos a examén comprobando que era un animal asiático y que parece que los fenicios vinieron y trajeron aquí al sabio».

Página 43: «…lo más curioso para los españoles, es que encima (de la tumba) le ponían una cruz lo cual le llamó muchísimo la atención este hecho a Jiménez de Quesada, porque esa era una señal que los chibchas tenían contra la culebra, entonces había como una especie de relación entre la religión cristiana y la de los indios».

Página 40: «Apareció Bochica y le desnudó y en castigo puso a Chibchacum a cargar el mundo en sus hombros, o sea, cuando Chibchacum se puso a cargar el mundo en sus hombros, ya sabían que este era redondo, mientras que los españoles no…»

Página 42: «Se tenía la creencia (entre los indios) de que el diablo se aparecía en forma de zorro, o sea que el diablo también existía para ellos…»

Página 43: «Los indios se fueron como desordenando, olvidando e incumpliendo los mandamientos de Bochica y eso le dio cierta furia o rabia a Chibchacun y fue cuando les mandó el diluvio y los inundó. Entonces los indios por allá trepados en las montañas, en los árboles lloraban y se lamentaban; suplicaban a Bochica que regresara, y es cuando aparece Bochica montando en Cuchavira o Cochavida que era el arco iris. Somete a los indios al arrepentimiento, estos se arrodillan y se arrepienten, entonces Bochica mira al cielo, implora una oración y como los indios estaban arrepentidos, con su báculo, o bastón o guayacán de oro, tocó el cerro, se abrió la montaña y salieron las aguas formando el salto del Tequendama…»

Página 40: «…además los Muiscas usaban una camiseta que llamaban tachines y una manta llamada chingamaná con un hueco al centro, que es lo que hoy llamamos ruana, eso era de algodón, se ponían una gorra y andaban descalzos…»

Página 41: «…la (laguna) de Fúquene era la del dios diablo, la del dios zorro o ibuayoque ya que el zorro marca con su orina el territorio que le pertenece al igual que el perro. El principal territorio de los Chibchas fue el altiplano de Cundinamarca y Boyacá, los Chibchas lo marcaron por todas partes con jeroglíficos, o sea que hicieron lo mismo que el zorro…»

Página 45: «También en la historia de los Chibchas se conoce a Chiguaigueza (nuestra montaña puerta del sol) donde los indios tenían un poste en sentido vertical y sabían la hora este poste era el Chiguaigueza que quedaba en el cerro sagrado del Guaica ubicado en limites con Tabio».

Página 52: «Al llegar los Españoles, el cacique de Chía y sus guerreros escondieron sus tesoros de Chía, diosa de la luna, como también sus reliquias en el cerro Junia (después Tablazo), ya que ese cerro para ellos era encantado, embrujado, que ahí había un chamán o jeque cuidando el tesoro y que cada vez que un avión se aproxima, llega este señor y lo atrae y lo estrella contra el cerro…» (Sigue la lista de todos los aviones que allí se han estrellado).

La reseña lamenta tener que terminar, porque hay de todo, «y todo comprobado», como dice el libro. Va la ñapa: «Por esa fecha es cuando llega aquí don Francisco Dionisio Comberts a causa de que los revoltosos de la revolución francesa, se tomaron la Bastilla y pasaron a Luis XVI y a María Antonieta a la guillotina y los decapitaron, o sea les quitaron la cabeza».

Jaime Jaramillo Escobar