BOGOTÁ, JUNIO 8 DE 1980
Jaime Jaramillo Escobar
Áspero, intratable, es también el carácter de las gentes acá, pero falta la belleza, que es lo que hace magnífico y formidable ese cactus de Bandeira ejerciendo su venganza como una divinidad con la cual nos sentimos solidarios. Áspero, intratable y mezquino es ya otra cosa, un defecto apabullante ante el que nos sentimos impotentes. No hay nada qué hacer, me digo leyendo escritos como el que, a manera de ejemplo, te hago llegar en una revista local. Por él te darás cuenta de cómo está fanatizada políticamente y a qué extremo la juventud universitaria, y podrás deducir con facilidad el sangriento futuro de Colombia.
De Colombia, me dice mi querida amiga Elisa Mújica, no le dejes ver a Geraldino el lado malo. Muéstrale en cambio, pacífica y colonial, la blanca torre de la iglesia de La Candelaria, iluminada por la luz de Venus que luce esta noche en el cielo como una doble joya mística. Pero en Tunja un niño de siete años llamó a la puerta de una casa para pedir abrigo en esta fría noche, y el dueño de casa, que vio alterada su tranquilidad, para que el niño no sintiera frío lo bañó en gasolina y le prendió fuego. Y por eso es que la dulce torre de la iglesia colonial no me dice nada.
J. J. E.