RECIFE, 25 DE MAYO DE 1980

Geraldino Brasil

Dirijo un despacho judicial. Es una especie de tribunal, en la esfera administrativa. No es un cargo político. No podría ejercerlo. Es un cargo técnico del Ministerio de previsión y asistencia social. A ese órgano recurre un público necesitadísimo, desasistido de abogados o de sindicatos. Viudas, huérfanos, ancianos, hombres y mujeres desempleados, hombres y mujeres enfermos, inconformes con la indiferencia que responde a sus reclamos. Vivo con los autos de esos procesos, en el intento de procurar para todos ellos el amparo de las leyes. No desconozco la satisfacción de alcanzar el triunfo de las apelaciones por medio de la interpretación humanitaria de las normas. Esa actividad me ocupa todo el día, mañana y tarde. Para todo lo demás sólo dispongo de tiempo entre las 20 y las 24 horas. Y debo levantarme temprano, aun antes de despertar. Uno de estos días pensé: Si Newton no hubiese descubierto la ley de la gravedad, yo la descubriría. Experimento una enorme fuerza de atracción hacia el centro de la tierra, donde deberá haber una cama. De modo que no solamente por temperamento vivo distante de salones y círculos literarios. En cuanto a grupos artísticos, siempre fui ajeno a ellos. Observé deslealtades, escuché referencias a libros no leídos, falsas frases de afecto. No soy de esos. Para mí la vida es entrega, sin reservas mentales.

En el campo fui a mi escuela, como dice el poema. La misma escuela tuya. En torno mío sólo veía generosidad, sin ambición de recompensa. Generosidad pura. Los árboles ofreciendo oxígeno, sombra, frutos, pájaros y madera para la cuna o el reposo. El ganado, los peces, el sol y la lluvia. El hombre del campo. Era grato encontrarse con alguno en los caminos solitarios. Se experimentaba confianza. Una vez mi padre, antes de salir del ingenio hacia una ciudad próxima, solicita a mi madre una caja de fósforos. “¿Para qué, si tú no fumas?”, dice ella. Él responde: “Un día encontré en el camino a un extraño que fumaba, y me pidió un fósforo para encender su cigarro. Yo no llevaba fósforos”.

Después vine a la ciudad, donde todo es do ut des (doy para que des). La mesa era larga. El viandante, si anochecía y no podía continuar, allá en casa se hospedaba. Naturalmente. Llevaba niños, arreaba ganado, anochecía, entonces no podía continuar. No pedía rogando. Pronto estaba a la mesa. Y luego, a conversar en el porche. Hablar de pago sería una ofensa. En la ciudad, no. Si algún negocio lleva tiempo en casa ajena, se puede escuchar, como alguna vez oí, mal disimulando el trasegar de cubiertos y platos en el comedor: –“Oiga, amigo: usted debe venir un día de estos a almorzar con nosotros. Vamos a escoger un día para que almorcemos juntos”.

Nunca me adapté. Ese es el problema. Una vez vi, en el mercado de un pueblito de mi provincia, a un hombre, vendedor de fríjoles, que de repente enloqueció y empezó a gritar el precio del kilo a diez veces menos de su valor. Pero nadie le compró. Otro hombre fue a avisar a la familia. En la ciudad grande no ocurre así.

Una vez, tenía yo 18 años, recibí de mi padre un restaurante, mientras él encontraba comprador. Ocurrió que un deudor suyo le canceló una deuda con ese restaurante. Pronto se dieron cuenta de cómo era yo, y empezaron a llegar. Uno decía: “el rosbif vino pequeño hoy”. Yo decía: “Baiano (el chef), trae otro beef aquí”. Otro: “La feijoada (fríjol), vino escasa”. Y yo: “Baiano, más feijoada aquí”. En tres días la clientela se duplicó. Más carne aquí, más fríjol, más arroz, más macarrones. En diez días el restaurante quebró, y mi padre me destituyó del cargo.

Soy, pues, un inadaptado a la ciudad grande, a sus disputas, a sus salones y cofradías.

Estudié derecho, y como abogado fui un fracaso, desde el punto de vista económico. Yo aconsejaba que no litigasen. Pongo ejemplos: Evité dos querellas, con consejos. En ambos casos hubo adulterio. Pero noté a los denunciantes calmados, sin mayor escándalo. Uno de ellos, después de mucho hablarle, me dijo: “¿Y cómo quedaría yo delante de mis vecinos?”. Entonces le dije: “Oiga: yo puedo conseguir su traslado a Rio de Janeiro. Observo que usted la sigue amando; que usted tiene un gran corazón. Necesita darle otra oportunidad. ¿Quién sabe? Hasta puede convertirse en una mujer más recta que muchas que andan por ahí con fama de honestas”. Su respuesta fue: “Y usted consigue mi traslado para Rio?”. Se lo conseguí.

Preservé las uniones, pero no sería posible continuar así. Y no sabría ser de otro modo. Entonces concluí que sólo podría ejercer mi profesión bajo salario, y participé en un concurso para procurador. Como procurador dirijo aquel despacho, con la dedicación que ya mencioné.

Qué excelente poeta y qué enorme figura humana, Ciro Mendía. Lo estoy leyendo con encanto y curiosidad crecientes.

En otra carta hablaré sobre Recife. Por ahora te digo que, en parte, queda bajo el nivel del mar. Aquí no habrá peligro de caer en la galaxia, como dices, sino de inundación, por rotura de diques. Ya sufrí cuatro inundaciones, una de ellas con más de un metro de agua dentro de la casa. Fue en 1966. Perdimos todo. En ese tiempo no sabía yo que desde Bogotá, en las alturas, se veía Recife. Me hubiera ido para allá.

G. B.