RECIFE, 16 DE OCTUBRE DE 1983

Geraldino Brasil

Parece contradictorio, pero muchos, muchísimos poetas modernos, no saben llegar con su poema al destinatario que pretenden. Piensan en él simplemente como “lector de poesía”, dejando estática, en el tiempo, tal figura. Se quedaron con una idea arcaica de “lector de poesía”: hombres y mujeres con horas y días de ocio, parte de ellos reservados de antemano para deleitarse con un mundo de belleza “que sólo el poeta sabe ver”. Un lector ante quien el libro de poemas, descuidado en algún anaquel, no requería urgencia. Por el contrario, la demora en leerlo acrecentaría la expectativa del momento en que, por no tener nada qué hacer, al abrirlo en cualquier página se hallaría la presentida llave de oro de la belleza literaria.

La crisis de la poesía requiere del poeta escritura moderna para el hombre de vida rápida y compleja de su tiempo, sea o no lector de poesía.

La vida perdió su antigua simplicidad. Aun si pudiésemos hacer abstracción del peligro de la tercera guerra mundial, de las guerras locales por los intereses en conflicto de las grandes potencias, de los gobiernos dictatoriales, del hambre de muchos pueblos, aun si fuese posible hacer abstracción de todo ello, la vida en sí perdió la vieja sencillez y se tornó rápida y compleja en las ciudades, y el hombre sólo alcanza a alternar el trabajo con un mínimo de descanso. Descanso que para millones de trabajadores se sustituye por breves horas de cansado sueño. Llegar a ese hombre cansado es función del poema contemporáneo. No es “lector de poesía”, pero la poesía y él se necesitan. El poema actual tiene que hablarle en la urgencia de escuchar sin tiempo. No lo preparará para un clímax de “llave de oro”, pero cada verso le hablará como si fuese único, como si el lector no alcanzase a llegar al siguiente. En el poema moderno cada verso tiene la responsabilidad de todo el texto. Como cada frase del yerbatero que pregona en la calle las raíces que curan todos los males.

La gracia de este verso, la ironía del otro, el surrealismo del siguiente, la contundencia del próximo, el lirismo de su vecino, reuniendo opuestos con el objetivo único de llegar al lector, cualquiera que sea su gusto. Conquistado por la sutileza del verso admitirá la ironía, se liberará en el surrealismo, accederá a la cruda realidad de la vida, que la literatura hace comprensible y aceptable en la mutación de contrarias circunstancias.

G. B.