RECIFE, 30 DE ABRIL DE 1984

Geraldino Brasil

Anexo a esta carta fragmentos de un ensayo de César Leal, titulado El pintor y el poeta: las manzanas de Cézanne:

Duchamp acostumbraba decir que el sentido poético de las palabras no pasaba desapercibido a su interés como artista. Lo mismo ocurre a los poetas en relación con los colores y el trabajo del pintor. Después de Baudelaire se acrece la antigua relación entre artes visuales y poesía. Los mejores críticos de arte son poetas, con raras excepciones. No queda duda de que los pintores cubistas encontraron su mejor crítico y aliado en Apollinaire. Fue un poeta español, uno de los mayores dramaturgos de todos los tiempos, Calderón de la Barca, quien compuso una Teoría del Arte en que, por primera vez, se daba al pintor una posición social relevante entre los demás artistas. La relación de poesía y pintura no es nueva. El poeta griego Simónides de Ceos llamaba a la pintura “poesía muda”, en cuanto la poesía era denominada como “pintura que habla”.

Cézanne, con su pintura, donde la luz está presente en todo, como en el Paraíso de Dante, o en Cántico, de Jorge Guillén, ha sido motivo constante para los poetas. Las manzanas de Cézanne, justamente, son el tema de un soneto de Geraldino Brasil, de Recife, tan poco conocido en nuestro país, y tan leído por los poetas latinoamericanos. La luz es cósmica en Geraldino Brasil, como en Cézanne. Se trata de una experiencia unida al mundo de las imágenes, una experiencia intelectual inmediatamente percibida, tanto por el poeta como por el pintor. Revela un diseño previo, preexistente en el espíritu (entendiendo el término espíritu en sentido hegeliano), y por esa razón las palabras son elementos circunstanciales, empleados por intuiciones y percepciones, a fin de revelar la imagen poética. En ella interactúan aquellos elementos que separan de la métrica y la rima su función ornamental para integrarlos en un todo orgánico a través de lenguaje, pasión y carácter, como quería Coleridge. El sol elegido por Geraldino Brasil es el de la mañana, aquel que proyecta su luz sobre los objetos, creando una sombra cósmica que no cesa de moverse hasta que se oculta en el poniente. Es en ese lapso que la pintura se realiza, ya que el pintor es el propio sol. Sin luz (o mejor, sin la luz), no hay colores. Al observar la manzana, el poeta acompaña el trabajo del sol que, como se puede comprobar en la Teoría de los colores, de Goethe, hace que un cuadro de El Greco pueda ser analizado bajo varios aspectos, hasta adquirir diferentes matices, de acuerdo con la luz que pasa por su superficie en las diferentes horas del día.

Cuando en Los Lusiadas, Paulo de Gama enseña las bellas pinturas de las naves portuguesas, su disculpa para no continuar mostrando el trabajo de los pintores es justamente la ausencia de la luz solar. En esto Luis de Camoens se anticipa en la formulación de la Teoría del arte de Calderón. Teoría que colocó a poetas y pintores en un mismo nivel y contribuyó para la unión, hasta hoy existente, entre pintores y poetas.

G. B.