RECIFE, 18 DE AGOSTO DE 1982

Geraldino Brasil

Tengo un libro de Joaquim Cardozo, uno de los mayores poetas brasileros. Es un ejemplar especial, porque me fue obsequiado por un querido amigo y poeta que conocí cuando llegué a Recife, en 1949: Esdras Farias. Él se anticipó en su visita a los ángeles. Si yo tuviese que señalar un único nombre de amigo en Recife, diría Esdras. Yo tenía unos 17 años, en Maceió, y mi profesor de geografía, Camerino, que me había visto “con ese negocio de hacer versos”, me preguntó si yo podría ayudarle a hacer una averiguación. Había salido publicado un soneto suyo en una antología, y le gustaría conseguir un ejemplar, pero desconocía el editor y el año de publicación. Encontré un libro, que tal vez podría ser ése, y lo llevé a casa. Los poetas que conocía: Olavo Bilac, Castro Alves, Augusto dos Anjos, ya estaban en el cielo. Después de la lectura quedé con el libro abierto, triste porque volvería a mi querido profesor, un hombre gordo y bonachón, sin la respuesta que buscaba. Miré de nuevo el libro, en la página abierta, y vi un nombre desconocido: Esdras Farias, “de la Academia pernambucana de letras”. Había otros nombres con informaciones así, pero no sé por qué me fijé en éste y se me ocurrió escribirle. Así lo hice, y pronto recibí la respuesta, que transmití al profesor Camerino. Pasaron varios años y, cuando me trasladé a Recife, fui a buscar al poeta en la dirección que me había dado su carta. Con la incertidumbre de la visita a un desconocido, llegué a Olinda. Quedé desconcertado. Su casa era la única con techo de paja, y un letrero cerca del farol, que definía a su ocupante: “Mocambo (choza) iluminado”. Era la casa de Esdras, que pasó a ser también la mía, aún después de casado. Algunas veces, a las diez de la noche (tarde en aquel tiempo), yo sentía deseo de ir allá, con Creusa, aunque sería necesario tomar dos buses. Físicamente, era un sosias de Poe. Poco antes de su muerte me confió un centenar de sonetos, para que yo seleccionara unos cincuenta. Era una alegría para ambos mi llegada. Vivía solo con sus libros, tocaba el violín, preparaba sus comidas. Creo haber sido su último amigo. Muy pobre, nadie lo visitaba. Una vez, cuando él ya no podía beber, por prescripción médica, envió un chico a comprar cerveza para mí. Me negué a esa atención, que me avergonzaba. Entonces me invitó a salir. Caminamos por calles desiertas (domingo, antiguamente) y, después de unas cuantas cuadras, empezó a tocar con insistencia en una puerta cerrada. Al fin apareció un viejo soñoliento, molesto con la insistencia. Iba a reclamar, cuando vio a Esdras. Él le dijo que yo era su hermano, quería compartir una cerveza conmigo, pero necesitaba la medicina para contrarrestar los malos efectos de la bebida sin rehusar los buenos. El hombre, entonces, salió gustoso con nosotros, más adelante abrió su farmacia, y facilitó unos comprimidos a Esdras, terminando con amable despedida.

Siempre que lo recuerdo, lamento profundamente no haberlo acompañado en sus últimas horas. Él hubiera sido capaz de conseguir de la muerte que lo dejase para mañana, con tal de no verme triste.

Esdras fue el que me relacionó con la poesía. Te he hablado de él a causa del libro de Joaquim Cardozo que me obsequió un amigo. Ese primer libro de Cardozo apareció con prólogo de Drummond de Andrade, que dice: “Cincuenta años: buena edad para un poeta. Ha perdido la ingenuidad juvenil, pero ha ganado la madurez que lo hace serio, lúcido y responsable”.

Es tu edad. Estás en la plenitud. Mucho espero de tu poesía.

El televisor está conectado. ¿Sabes dónde estoy? En Medellín. La selección brasilera de baloncesto está jugando allá. No soy aficionado al basketball, pero por ser en Medellín, me entusiasma ver el partido. Más de diez mil colombianos gritando: ¡Brasil! ¡Brasil! La selección está en casa.

Jugó muy bien, pero acaba de perder. Mas el apoyo moral de todos fue conmovedor, cautivante: ¡Brasil! ¡Brasil!


Joaquim Cardozo regresó a Recife, muy viejo, para morir. Lo visité días antes. Rodeado de amigos, parecía estar ya en el cielo por su levedad, su transparencia, la luminosidad de su alma.


Beatriz estaba en la clínica. Tenía diez años. Una mañana salí por los pasillos, observando a los pacientes. En una de las habitaciones estaba una niña, que había sido operada. Me pareció ver señales de pobreza, en comparación con otras salas. Poco después regresé con una de las lindas muñecas de Beatriz. En la tarde, cuando volví, encontré que la muñeca había sido devuelta. Pensaron que yo era del pabellón de los locos, un irresponsable que da lo que no le pertenece. Fui por esa vez un loco, que no sabe lo que hace: darle una muñeca a una niña enferma.


Feliz el marido que fue asesinado. Él pagó lo que tenía que pagar. Pobre, la mujer que lo mató. Ella asumió una gran deuda. Desde ahora, dolorida, no volverá nunca a ser feliz. Porque el odio no es como el amor, que puede permanecer cuando desaparece su objeto. El odio, desaparecido el objeto, sólo tendrá su sentencia, su prisión, y después la propia, íntima condena. Desaparecida aquella triste y momentánea satisfacción, vendrá la pena del proceso, la sentencia, el arrepentimiento, la noción de que no fue sólo falta de comprensión y generosidad humana, sino ante todo falta de inteligencia, tanta cosa buena echada a perder. Tengamos compasión de ella.

G. B.