RECIFE, 23 DE DICIEMBRE DE 1980
Geraldino Brasil
Tu venida a Recife no sería para recibir mi aprobación a las traducciones. Ya la tienes, y me agradan mucho. Claro que entiendo que tenías que hacer como haces, y justamente eso es lo que califica tu trabajo y dice bien de tu dedicación, con amor, a mi poema y a la poesía. Así enriqueces mi poema para sus nuevos destinatarios. No pienses ni por un instante que me intranquilizo, porque al contrario, cada vez que recibo nuevos poemas traducidos, más me animo, alegro y, también, sonrío.
Las personas y las cosas, sus bellezas y tristezas, no las contemplo de lejos, pensando sólo en transformarlas para después observar desde fuera el poema como si fuese un objeto de arte. No; yo intento ir a los espacios interiores de las alegrías y tristezas, intento ser ellas mismas, intento que las personas, conmigo, sonrían, lloren y vuelvan a soñar dentro del poema. Lo que intento alcanzar, cuando escribo poemas, es que el lector se olvide del arte y se sienta conmigo en el poema, y sin acordarse del poeta me sienta como su amigo y compañero. En ese sentido es que digo que no soy artista. No leo el código, por la mañana, como parece que lo hacía Flaubert. Por eso creo que si pudiese estar con todas las personas: con agua y pan para los niños de Uganda, y con mi amor para la mujer olvidada, creo que no compondría poemas. Cuando me comparo con un pintor de paisajes, no es al artista que contempla y transforma, sino al que después de su creación da la espalda al paisaje y regresa a su estudio con el caballete bajo el brazo por praderas y caminos cuyas formas, luces y colores, constituyeron para él las emociones de ese día.
G. B.