RECIFE, 28 DE MARZO DE 1983

Geraldino Brasil

Aquí también está haciendo mucho calor. Pero, desde que sufrí la primera inundación del Capibaribe en 1966 (más de un metro de agua dentro de la casa), prometí no volver a protestar contra el sol. Si lo lamento ahora es por los demás, porque en el sertón “los ríos tienen sed”. Me preocupan más los animales que los hombres, porque éstos pueden huir, pueden hasta descender a la miseria de mendigar en las ciudades. Pero los animales están totalmente indefensos y mueren. Duele ver a las vacas rebuscando en el suelo árido las hojas secas que el viento arrastra, sin posibilidad de sobrevivir.

Una vez pasé por un paraje, y vi lo que nunca había visto. Nadie en la única calle. Nadie en las casas. Las puertas batiendo al viento, mostrando el interior vacío. Ni un pájaro, ni una lagartija. En los alrededores, las calaveras del ganado.

En los diarios, las peticiones de socorro. Los socorros llegando, y los encargados de la distribución robando, desviando los alimentos. Los comerciantes aumentando los precios. Crecí oyendo hablar de “la industria de las sequías”. Muchos se enriquecieron a costa de la miseria de los pueblos abandonados. Con la creación de un departamento especializado (el Sudene), en los períodos de gran sequía, como ahora, surgen frentes de trabajo. El campesino, humillado con la ayuda de pequeñas raciones y la mitad de un salario mínimo. De vez en cuando alguien se arriesga a denunciar, sin que nunca aparezcan los culpables: parientes de políticos, cuyos nombres figuran en las listas de damnificados. De ese modo se agotan los recursos, sin que reciban nada aquellos a quienes estaban destinados.

Resulta impresionante. Cuando llegan las primeras lluvias, las gentes salen de donde estén y regresan, dando gracias a Dios. El sertanejo es, ante todo, un creyente.

Aquellos que administraban las ayudas alzan los puños contra el cielo, que permite llover a las nubes. Y se apresuran a reclamar del gobierno que no cesen los recursos, “porque las lluvias son pasajeras”.

De las sequías surgen nuevos “hombres de buena voluntad”, que lucharán en Brasilia sin desmayo “a favor de nuestros sertanejos olvidados”. Son grandes terratenientes, o hijos de millonarios que viven en la capital. Alguna cosa consiguen, la muestran, la exhiben ostentosamente, y cobran caro por eso. Pero aún “queda faltando mucho por conseguir”: lo necesario para las promesas de las próximas elecciones.

En el interior y en los barrios populares, hombres, mujeres, viejos y niños con las camisetas de “sus” candidatos, y un nombre y un número que cargan como ganado marcado. En todas esas pequeñas ciudades sertanejas, de hambre, de abandono, de mortalidad infantil y de vida corta, el gobierno venció. Esos votos derrotaron a las capitales nordestinas, incluyendo Recife.

G. B.