Evocación de Gonzalo Arango

Casa de Poesía Silva · Bogotá · 25 de septiembre de 1986

En 1931 nació un precioso niño en el hogar formado por don Francisco Arango y doña Magdalena Arias. Lo mecieron en su cunita. Le dieron biberón. Nadie sospechaba nada.

Lo conocí en 1946. Era entonces un chico de aspecto delicado, lo más inofensivo del mundo, siempre con un libro bajo el brazo. No servía para jugar fútbol.

Le gustaba mucho quedarse haraganeando en el río, disputándoles las guayabas a los pájaros, leyendo a Platón. Le reproché porque no iba a clases. Me contestó: Vos sos pendejo. Platón es mucho mejor maestro que don Sofonías Arcila.

Me dolió por don Sofonías. Me gustaba más el nombre de Sofonías que el de Platón, que parecía un apodo; y además don Sofonías era el profesor de ciencias naturales, mi materia preferida. Hacer herbarios, embalsamar animales: no hay una cosa más linda en la vida. Empecé a cogerle fastidio al tal Platón.

Nos hicimos muy amigos, Gonzalo y yo. Ustedes saben cómo es cuando dos chicos en el colegio se hacen amigos: los profesores creen que son maricas. Si no fuera por los profesores, los muchachos podrían ser felices.

En ese tiempo la filosofía estaba de moda entre los estudiantes del Liceo Juan de Dios Uribe, en Andes, a la orilla del torrentoso río San Juan, que se ha tragado carros con toda la gente adentro; y se cansan de buscar a los ahogados, y no los encuentran sino cuando ya van llegando al río Cauca, con ese modo de nadar, tan calmado e indiferente, que tienen los ahogados.

Y además de la filosofía, también estaba de moda entre nosotros la oratoria, y los más aficionados se iban a gritar improvisados discursos al río, y yo sé que el río los grabó, pero se los llevó hasta el mar, y ahora esos discursos andarán asustando a la gente en el mar. Porque entre ellos estaban los de Luis Aníbal Tascón, un indígena que llegó a ser abogado para defender a su tribu, y entonces lo asesinaron; y estaban los de Gonzalo Arango, que quería ser orador y filósofo, y muchas otras cosas, algunas de las cuales eran incompatibles entre sí, por lo cual tuvo que escoger, y escogió, y no sabíamos que el escogido era él.

Yo cursaba el primero de bachillerato, Gonzalo el segundo, pues él en ese entonces iba adelante mío, y ahora yo voy detrás de él.

Procuraba siempre apartarse a leer, y construyó un refugio en el solar de su casa, con ayuda de Bernardo Salazar, un compañero de Betulia, interno como yo. Los sábados y los domingos iban a trabajar. Pusieron piso de tablas, y paredes de tablas, y las ventanas no las pusieron de nada, sino de ventana, con un techo, para que, si llovía, la lluvia pudiera hacer ese ruidito tan sabroso que a la lluvia le gusta hacer en los techos de las casas para que la gente que está debajo se quede quieta y empiece a bostezar y se vaya durmiendo con un libro en la mano.

Bernardo Salazar fue después maestro de escuela. Tenía que ser maestro de escuela, porque era un muchacho muy pobre. Una vez fui a su casa. Una vez nada más, porque quedaba algo lejos. Esa vez que fui a su casa, lo hice solamente para conocer y saludar de mano a su madre y a su hermana. Vivían tan solitas las dos, que únicamente las acompañaba el tiempo con sus horas, sus minutos y sus segundos, en un ranchito muy flaco y con un perrito de esa raza que llaman famélica, o latinoamericana, que si no lo cogí fue porque no se podía coger, perrito inasible, con tus ladridos de bienvenida, ladridos inaudibles, como tantos perritos de las gentes pobres, que casi no tienen perrito.

Aquel ranchito, en las afueras de Betulia, era un ranchito de paja con un patio muy barrido, donde brillaban las rosas más lindas del mundo, pero eran unas rosas chiquititas, como la pobreza que tenía sitiado aquel ranchito. Más tarde supe que eran rosas de pitiminí, muy apreciadas en los refinados jardines de los millonarios.

Para llegar allí, yo había tenido que ir de Andes a Bolombolo en bus, y mirar un rato bien largo el río Cauca, para que no se me olvidara cómo era aquel río, y después había tenido que ir por otra carretera y pasar por Concordia y llegar a Betulia el día siguiente, porque había habido un derrumbe y no había quedado paso y ya estaba muy oscuro con la lluvia que caía.

Y al rato de haber llegado nos sirvieron la comida, a mí y al perrito. No había más comida que ésa, pero no era gente de limosna. Antes en Antioquia la gente era así. Los limosneros vinieron después. A los limosneros los produce la riqueza. Mientras más limosneros hay, más rico es el país. Y los Estados Unidos deben ser un país muy pobre, porque allá nadie tiene una moneda para dar. Si te la dan, te cobran intereses.

La mamá y la hermana de Bernardo Salazar eran tan pobres que permanecían sentadas todo el tiempo, así como uno se imagina que se deben mantener los ricos. Después es que uno llega a saber que los ricos trabajan sin respiro día y noche, para que los pobres puedan mantenerse allá sentaditos.

Aquel refugio que Gonzalo construyó en el patio de su casa pasó a llamarse la isla, y Gonzalo y yo tuvimos desde entonces la obsesión por la isla. Como nunca pudimos tener esa isla, terminamos construyéndola dentro de nosotros mismos, y esa fue la razón por la que más tarde Gonzalo se apasionó por San Andrés y Providencia, y allá encontró a Angelita, que lo estaba esperando desde 1946, o quizá desde antes, desde el comienzo del mundo.

Como nadie sabe el modo en que las cosas se entrelazan acá en la Tierra, Gonzalo le transmitiría mucho después a Simón González Restrepo aquella idea de la isla, y por eso Simón fue a parar a San Andrés, y San Andrés tuvo un buen gobernador por primera vez en toda su historia.

Como yo tenía un periódico, convencí a Gonzalo de que escribiera un artículo, y lo escribió sobre el Quijote, en el cuarto centenario de Cervantes. Ése es el primer artículo que Gonzalo escribe, sin saber que después iría a parecerse un poco a Quijote, porque así es el modo que las cosas tienen de entrelazarse en este mundo.

También organizamos un centro literario, el centro Indio Uribe, que era más o menos como los talleres de hoy.

Años después al colegio le cambiaron la teja de barro cocido por páginas de Eternit, y dejaron sembrar casas en los terrenos a su alrededor. Pero en los años cuarenta del siglo XX era un bello e imponente edificio solitario en un recodo del río, sobre una breve meseta. A su frente estaba el campo de fútbol, presidido por el busto en bronce del Indio Uribe.

Una mañana encontramos con sorpresa que durante la noche unas fuerzas que no sospechábamos, pero que debían ser las más negras y sangrientas de la historia, habían derribado el busto y le habían separado la cabeza. Era 1948. Empezaba la violencia en Colombia.

Por eso, una novela de Amílcar Osorio acerca de aquella época se titula La ejecución de la estatua, novela inédita, como la mayor parte de la obra nadaísta, que a pesar de eso tanto ha influido en la nueva literatura colombiana, desde sus solos títulos. Porque de algunas de las obras más importantes se han hecho sólo veinte, o cincuenta, o si acaso trescientos ejemplares.

En 1949, Gonzalo viaja a terminar el bachillerato en el Liceo Antioqueño. Cuando vuelvo a verlo es redactor de la revista de la Universidad y secretario de la Biblioteca, en el antiguo edificio de San Ignacio, y me deja leer los libros que se encuentran prohibidos, en una sala llamada El Infierno, de donde saco algo chamuscados a Thomas Mann, a Hermann Hesse, y a muchos otros grandes maestros que Abel Naranjo Villegas tenía condenados allí.

Muy pronto Gonzalo renunció a la Universidad, porque dijo que querían graduarlo de imbécil, y se retiró a una parcelita en el campo, de donde sacaba bultos de naranjas que vendía él mismo en la plaza de mercado en Guayaquil para poder comprarle papel y cinta a su devoradora máquina de escribir, esa máquina de Gonzalo que masticaba cintas sin parar. Escribió Después del hombre y Adiós al Paraíso, novelas que no se publicaron (tampoco Punta de cielo), pero otros aprovecharían sus títulos.

Poco a poco se fue volviendo agresivo y sombrío, de tanto considerar la realidad colombiana, y una noche que me lo encontré en la Plazuela Nutibara estaba completamente transformado. Se subió en una banca, gritó como un poseso: «¡Yo soy Dios; huid de mí!», y salió corriendo, o volando, no pude verlo bien.

En 1958 Gonzalo fue a Cali para fundar el Nadaísmo vallecaucano, que resultó ser distinto del Nadaísmo antioqueño, porque el Nadaísmo antioqueño no conoció el humor. Tras una de esas conferencias iniciales que se convertían en casos de orden público, con cargas de la caballería, nos encontramos en un café de la calle 12, y allí conocí a Jotamario Arbeláez. Era un chico de aspecto delicado, aparentemente inofensivo, con un libro en la mano. Nadie sospechaba nada.

Bogotá, Casa de Poesía Silva, septiembre 25 de 1986