Poetas del Citará

Presentación del libro · Club Medellín · 10 de febrero de 2000, 19:30

Señoras, señores:

En las páginas introductorias del libro Poetas del Citará, y en las palabras que lo han presentado con generoso espíritu, e indudable devoción por su tierra, se expresa con exactitud cuanto para la ocasión cabe decir de una obra colectiva que reúne varias generaciones. Añadir algo resulta innecesario, pero así lo dispusieron los organizadores, con tan buena intención como poco juicio.

La memoria de los pueblos queda principalmente en la creación de sus artistas. Menospreciar y desperdiciar ese legado es un error histórico. Por eso merece ser reconocida la importancia de una publicación como la que Adolfo León Palacio y Orlando Betancur Restrepo entregan hoy al distrito de Betania y al departamento de Antioquia.

Aunque en los pueblos se mire de soslayo y con cierta sonrisa a sus poetas, lo cierto es que de ahí han surgido la mayor parte de los escritores antioqueños, y los nacidos en Medellín provienen de familias llegadas de los pueblos. La literatura urbana en Colombia es de origen campesino. En los primeros poemas del Nadaísmo aparece reiterado el asombro por los semáforos. Valga ese ejemplo.

Que una representación tan distinguida honre esta noche el acto de entrega del libro de los poetas de su comunidad, constituye un acontecimiento poco frecuente. No siempre sucede así. Para no hablar de Epifanio Mejía, con quien no se tuvo el más mínimo miramiento, debe recordarse a quienes estuvieron presos o fueron muertos por afirmar y defender la libertad de pensamiento y de expresión, amenazada hoy más que nunca, aunque resulte paradójico después de doscientos años de instrucción pública, por toda clase de fuerzas oscurantistas y retrógradas, que no son cosa del pasado, como pudiera pensarse. Si cada veinte segundos se comete un asesinato, y cada cuatro horas ocurre un suicidio, según las últimas estadísticas divulgadas, no puede decirse que Colombia sea al final del siglo XX una nación civilizada, ni mucho menos que posea una cultura, porque cultura es ante todo convivencia.

El estado de desorden colectivo afecta toda la creatividad de la nación, desde el humilde sembrado hasta la obra de arte. El desánimo paraliza a los espíritus emprendedores, ante la inutilidad del esfuerzo, pues todo el país está a merced de la delincuencia protegida por los derechos humanos, que sin embargo no son aplicables en favor de la mayoría que, contra toda evidencia, insiste en vivir y trabajar honestamente, con ese empeño que antes se llamaba «hacer patria», y que ahora ya no tiene sentido. Colombia es un país que se destruye y se desmorona, engañado por mentiras piadosas, y ese caos, como no puede ser menos, se expresa también en las páginas confundidas y desesperadas de los poetas que integran la presente antología, unos con voz segura e indignada, otros, más jóvenes, desconcertados y perdidos.

Desde cuando la educación se orientó exclusivamente hacia la técnica, dejando de lado las humanidades, el país quedó eximido de pensar, para dedicarse a producir el dinero que terminará en poder de los ladrones. Dándose cuenta del error, en los últimos años se convocan concursos de filosofía, porque Colombia necesita aprender a pensar. Como si los filósofos se certificaran por diploma, como si un pensador se hiciera con veinte millones de pesos. Mejor haríamos en estudiar a los pocos pensadores que tenemos olvidados, pues los del futuro están lejanos. Todo se nos ocurre tarde, cuando ya no se puede remediar. Como los ejecutivos tienen que producir mucho, y rápido, no disponen de tiempo ni para reflexionar, ni en su mundo se admite la reflexión, porque se pierde tiempo. Y los errores se acumulan para las siguientes generaciones. Los ejecutivos están acabando con el planeta, en el que ya los sabios no desempeñan ningún papel.

A falta de sabios queda la especie de los poetas, también en extinción. Les sigue la especie de los sacerdotes, en extinción igualmente, pues las tres, en síntesis, son, o eran, la misma cosa. Sabios, poetas y sacerdotes representaban un mundo natural, de doloroso asombro. Desde que una bala perdida mató a Dios, el mundo quedó sin misterio, y sin misterio no hay emoción, es decir, no hay poesía.

A pesar de una larga vinculación de mi familia con Betania, poco conozco de la «Perla del Citará», pues la mayor parte de mi tiempo ha transcurrido fuera de Antioquia. Sé que hay en la región muchas personas y cosas que merecen admiración, respeto y reconocimiento, de las cuales tengo referencias, mas no la cercanía. De lo poco que me ha sido dado conocer, séame permitida una mención especial a don Jesús María Restrepo Vélez, hombre multifacético, de muchas y diversas aptitudes, escondidas entre altísimas montañas, digno representante de su comarca y ejemplo de laboriosidad, que, en otro país le hubiera dado fama y fortuna. En una ocasión, hace años, me aparecí en su finca del Pedregal, un desconocido sin invitación, en día de trabajo. No obstante eso, me recibió muy cordialmente, me mostró sus obras, me presentó a uno de sus caballos para que saliéramos a dar un paseo. Cosas del pasado, que ya no se pueden hacer, desde que los colombianos nos volvimos todos, por fuerza de los acontecimientos, desconfiados y enemigos. Después lo volví a ver, de paso por Bogotá, pero hoy tengo el honor de saludarlo como poeta y artista, en este libro en el que su nombre queda como cantor de letanía.