BALANCE DEL NADAÍSMO
Encuentro de escritores nadaístas · Biblioteca Pública Piloto de Medellín · 21 de noviembre de 2001, 18:30
Señoras, señores:
Las vanguardias literarias, como experimentalismo, no son más que escuelas para aprender a escribir. Por eso con los talleres literarios desaparecen las simpáticas vanguardias.
El Nadaísmo fue un excelente taller para sus integrantes, y continúa siéndolo después de más de cuarenta años, porque el taller del escritor no termina. Quienes se conceden seis meses para convertirse en escritores, no tienen ni la menor idea acerca del asunto. Persistencia, paciencia, estudio y trabajo. Si no se cree en eso, no se logra nada.
La imagen pública del Nadaísmo es de desorden, descuido, falta de disciplina e irresponsabilidad. Es una imagen falsa, proyectada deliberadamente como atractivo popular. Pero pocos tan trabajadores y concentrados en su tarea como Gonzalo Arango, o Eduardo Escobar. No se crea que veintenas de libros importantes, y una actividad intensa de convocatoria, pueden ser producto de la vacancia, la pereza, la rumba y la marihuana.
Paradójicamente, el Nadaísmo resultó ser el más serio y consistente de los grupos literarios colombianos. Cuarenta años después, Los Nuevos eran historia patria, y Los Panidas también. Cuarenta años después, el Nadaísmo sigue tan campante. Lo sentimos por ustedes, que tendrán otro siglo de Nadaísmo. ¡Quién iba a pensarlo!
No exagero: le he dicho a Eduardo Escobar que dentro de veinte años, tal vez, se reconozca la importancia del poema Cucarachas en mi cabeza (en la de Eduardo; no en la mía). Si consideramos cuánto tiempo tuvieron que esperar José Asunción Silva o Luis Carlos López, el plazo que le estamos dando a Eduardo resulta breve. Así lo indica la experiencia. En la mañana de hoy me decía el doctor Otto Morales Benítez, que si alguien llega a hacer obra buena, quizás algún día se reconozca. No por acierto. De pronto se equivocan, y lo reconocen.
Entre los nadaístas, Eduardo Escobar sobresale por su dedicación y por sus logros. Es dueño de un estilo más riguroso, posee mayor erudición, un más alto sentido de la profesión de escritor, y después de Gonzalo Arango es el pensador. Jotamario «agudo y brillante» es más famoso, porque su afán publicitario lo lleva a hacerle concesiones al respetable. Eduardo no hace concesiones: es sólido y fuerte. Es un duro. A Jotamario se le quiere. A Eduardo se le respeta. El secreto de Eduardo consiste en ser hombre de estudio. Así de sencillo.
Del libro suyo que en este acto se presenta se puede decir que es una preciosa colección de ensayos, en la mejor tradición del ensayo desde Montaigne. No el aburrido y pedante ensayo académico «sin imaginación y ceñido con docilidad a las normas», sino la mirada del poeta, que nos presta sus ojos para ver. Merecía una mejor edición, más generosa, y una carátula apropiada, en la que el nombre del autor no estuviese perdido en el acertijo del diseño.
Se presentan también esta noche dos libros de Amílcar Osorio, el poeta más famoso al comienzo del Nadaísmo, uno de sus representantes y teóricos más auténticos, que llegó a ser un ídolo como Gonzalo y Pablus Gallinazo. Para Amílcar, como para Jean Cocteau, la poesía es un lujo que pocos pueden darse. Léase cualquier línea suya. Es una poesía lujosa, entendido el lujo, no como algo prescindible, sino como lo que es esencial para el espíritu: la música, por ejemplo. Como el alma es un lujo que algunos preferimos no tener, para no verla envuelta en eternas llamaradas.
Humberto Navarro está aquí presente con su obra La calle del palomar del príncipe, que alude al barrio La Candelaria en Bogotá, cuya crónica lo acredita como distrito de estudiantes, escritores y artistas. Célebre autor de El amor en grupo, tiene la habilidad, que también fue propia de Amílcar U., de componer directamente en la máquina de escribir toda una novela, produciendo velozmente hoja tras hoja, de diferentes capítulos, sin tachar una palabra. Genialidad que pocos escritores poseen, pues además no les importaba que los estuviesen mirando. Ese proceso, en máquina manual, y cuando tampoco se disponía de fotocopiadoras, era un prodigio. El descuido deliberado de los años sesenta se convierte después en técnica y profesionalismo, perdiendo el encanto y la frescura de la espontaneidad.
Jaime Espinel se inició en la poesía y derivó a la prosa. Lo tiene bien merecido, por no haber creído en la poesía. Era muy buen poeta, pero nadie se lo dijo a tiempo, y como antioqueño rápido y práctico tomó el camino más directo hacia la imprenta, que es la narrativa. Esta noche nos trae otro libro, de título rebuscado, porque el que deja la poesía se vuelve rebuscador. Sin embargo, si ustedes lo leen, ahí la encontrarán. Señalaba Geraldino Brasil que no existen los expoetas.
Sorprende el interés continuado por el Nadaísmo, y no sólo en Colombia. Quienes piden balances van a tener que esperar. Las obras de Gonzalo Arango circulan actualmente más que en vida del autor. Los editores buscan lo que no se encuentra, pues una parte fue destruida. Se dirigen entonces a los archivos de los nadaístas muertos. Y los vivos trabajando sobre pedido. Con decirles que una importante editorial se apresta a publicar las escandalosas memorias de Jotamario, y el solo anuncio causa conmoción. No parece que Jotamario tenga edad para escribir memorias, pero será el primer tomo, que se supone el más interesante.
A Jotamario
Barbilindo poeta, se describió a sí mismo con sorna, con amor, encabritado en esa «pirueta bufa» con que el crítico lo define.
La autocrítica y el autoelogio van parejos en su vida desvergonzada.
Es más: en un escrito afirmó ser la verga más vergaja de Colombia, para estupor de tantos lectores castísimos de Bogotá, y no hay duda de que él lo decía con sus segundas intenciones, como todo lo que hace y lo que ha hecho desde un principio, cuando aseguraba públicamente, con el cinismo de su escuela, que una obra no es de quien la escribe, sino del que primero la publica.
En su juventud se daba fama de cuchillero en su barrio, pero todos sus amigos lo queríamos cuando lo íbamos a visitar bajo algodones y gasas, suspirando en la tarde soñolienta por una venganza incompleta, levantándose antes de tiempo y quitándose los vendajes con desprecio, pero volviendo a ponérselos cuando los visitantes se alejaban.
Entre los nadaístas, Jotamario es el cuento de nunca acabar.
Gonzalo Arango lo quería más que a sí mismo, pues varias veces arriesgó su vida por la de él, y pasó muchas noches escribiéndole sus mejores cartas con ese amor que Gonzalo tuvo por sus amigos, por lo cual ellos le amaron así mismo más que a sus mujeres y a su patria, porque la patria son nuestros amigos. No unas piedras.
También Jotamario ha sabido ser un señor de sólido corazón para con sus amigos, jodido como él mismo, pero dispuesto a hacer valer su derecho de amar. Y de odiar, si el amor no le bastaba.
Con un sombrero de Judío Errante y unas botas largas de mujer atravesó los peores inviernos de la capital, y con los mismos el verano, pero siempre él mismo en verano y en invierno.
Violento hasta el delito y tierno hasta las lágrimas, sobrio o borracho está siempre ebrio de todo, y gira a la velocidad de los planetas que parecen dormidos como un trompo, hasta que de pronto cabecean.
Ingenioso y brillante, inteligente y ruidoso, siempre en contravía, también la Tierra ha chocado con él, como cuando le arrebató a María de las Estrellas. Pero Jotamario: «Esta puta Tierra me las pagará; yo soy Jotamario».
Aunque despedazado, siguió siendo Jotamario, y se le veía muy compuesto por las calles de Bogotá, pero tenía los huesos pegados con esparadrapo.
Me quito el sombrero y le digo: «Señor Jotamario, yo lo quiero mucho y todos sus amigos lo quieren, especialmente la poesía lo quiere, y está dispuesta a irse con usted para aquella isla donde tanto soñó con ella en aquellos malos tiempos, pero con buenos paisajes, donde se forja la decisión de un hombre criado en un barrio pobre, desde niño acostumbrado a defenderse con la navaja y a escabullirse de la policía, que sin embargo varias veces le rajó la cabeza y por eso tuvimos que ir al hospital, pero siempre tan contento de parecerse a Apollinaire, con su fama de bandido bien cimentada en los periódicos, aprovechando la convalecencia para revisar sus poemas con la calma de los enfermos, y esperando que le dieran de alta para volver a los mismos lugares».
Toda la vida lo he conocido como un cabeciduro, lo cual no le quita lo inteligente sino que le agrega lo tenaz, siempre sin importarle el mañana o el qué dirán, siempre haciendo todo lo que le ha dado la gana, y negándose a hacer lo que por nada del mundo haría.
Enemigo del campo, su meta es la sociedad post-industrial, el whisky con hielo, la vida leve, pero si le pones un obstáculo se te vuelve una fiera.
Por eso sus poemas son dulcísimos cuando está enamorado, y cuando la vida lo acosa sus poemas son pendencieros y bastardos.
En el pleno ejercicio de su arte lo saludo y en el pleno ejercicio de la vida, sabio en poesía y sabio en las cosas del mundo.
Podemos confiar en él porque tiene un palo atravesado en el corazón.
Su poesía nos es necesaria para el esclarecimiento y el goce.
En él tenemos a quién aplaudir y con quién llorar y reír.
Inscrito está como Nijinsky entre los payasos de Dios.