El jardín del origen

Presentación del poemario de Luis Fernando Macías
Biblioteca Pública Piloto · Medellín · 16 de julio de 2009

Tan peligrosa es la palabra, que el relato mítico dice que Dios hizo el mundo con palabras, en una lengua abundante y desconocida, que los traductores tradujeron. En Génesis 6, 5/7 se arrepiente de haber creado al hombre, y resuelve ocultarse: «Viendo Yahveh que la maldad del hombre cundía en la tierra, y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahveh de haber hecho al hombre en la tierra, y se indignó en su corazón. Y dijo Yahveh: “Voy a exterminar de sobre la haz del suelo al hombre que he creado, —desde el hombre hasta los ganados, las sierpes, y hasta las aves del cielo— porque me pesa haberlos hecho”». Palabra de Dios.

Así hay escritores que deciden callarse, cuando se dan cuenta de que más vale cerrar el pico. Los que estamos en la época inicial de la palabrería escrita, creemos que cultura es exhibición, y andar trotando por conferencias, exposiciones y presentaciones de libros.

La palabra es tan peligrosa, que el editor estampa en la primera página del poemario que hoy se ofrece, la siguiente advertencia: «El contenido de la obra corresponde al derecho de expresión del autor, y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia, ni desata su responsabilidad frente a terceros. El autor asume la responsabilidad por los derechos de autor y conexos contenidos en la obra, así como por la eventual información sensible publicada en ella». El significado de la amenazante expresión «eventual información sensible», indica con claridad en qué país vivimos, que es el país que así hemos hecho, a sabiendas o de modo inconsciente.

El pensamiento y su expresión han sido estigmatizados siempre por la ignorancia y los fanatismos en el mundo. La república islámica de Irán tiene actualmente 8.000 grúas dispuestas en plazas públicas y parques, para ahorcar y exhibir como infame a todo aquel que cometa la más leve infracción a sus códigos, como por ejemplo un beso que pueda ser visto por otras personas, que inmediatamente lo denuncian. Irán prohíbe el amor, porque sus dirigentes rebosan de odio. El niño que, en la mañana, acude muy asustado a su padre porque ha tenido «sueños ilegales» es una muestra elocuente de cuál es la situación actual en ese país.

Exento de pretensiones, con medidas palabras y elegante modestia (aunque la modestia es tan poco recomendable, que al que es verdaderamente modesto lo acusan de falsa modestia), el libro que hoy nos convoca es un breve conjunto de textos filosóficos, en prosa poemática, cuya síntesis podría ser la fugacidad de lo que existe en la unidad del Todo.

El autor lleva publicados veinticinco tomos de diverso género, entre ellos un voluminoso y útil diccionario publicado por EAFIT, que mucha falta hacía para leer a León de Greiff. Además de su labor permanente en la cátedra, alienta también una editorial de extenso catálogo, con lo cual se quiere decir que no necesita presentación en este escenario. Su ofrecimiento de hoy lleva por título El jardín del origen, de donde las referencias a la cronología bíblica.

Publicar libros de poemas no constituye la mejor imagen que se pueda dar de sí mismo, pero Luis Fernando Macías completa siete con el que esta noche brindamos a la literatura antioqueña. Todo está dicho, pero si se dice de otro modo, adquiere nuevo sentido. En la última visita mi psiquiatra me dijo que tuviera cuidado con los otros locos, que no les hiciera pesadeces, porque los locos no pueden soportar el sufrimiento. Y eso fue porque él creyó que yo utilizaba la poesía como basurero sentimental, que es lo que se ve acá, en Medellín. Había dispuesto colocar carteles en los pasillos de la clínica: «La poesía lo cura». La mayor parte de los libros de poesía sirven para hacer cucuruchos, flechas, aviones y barquitos, pero yo nunca haría cucuruchos con este libro de Luis Fernando Macías —con lo cual queda dicho todo—, aunque algo deba añadirse para que me tengan en cuenta a la hora del coctel.

En poesía, una cosa es la valoración académica, de pedante suficiencia, fundamentada en vanas teorías y rellena de citas ilustres, con preferencia en alemán o cingalés. Otra, lo que el poema signifique en la historia de un pueblo. La academia ha sido despectiva con García Lorca, ese gitano de zapateo y pandereta, mas no con Pessoa o Huidobro, que se prestan para explicarlos en costosos cursos, conferencias, simposios y tratados, mientras que a García Lorca se le entiende y ama sin necesidad de exégetas. A la academia no le sirve. O sólo le sirve cuando se envenena en New York, gran productora de venenos.

La poesía como arte ha sido siempre escasa, pero desde que pasó a ser parte de la farándula, tanto los aspirantes al título de poeta como el público en general perdieron su verdadero sentido, y se toma como poesía lo que ofrece la publicidad, porque no hay farandulero sin propaganda.

El buen poema siempre es inspirado. Si no es inspirado, es prosa. La prosa inspirada también es poesía. Porque no se puede ser buen prosista sin ser buen poeta. El que quiera escribir buena poesía, debe primero aprender a escribir buena prosa, porque la prosa enseña rigor a quienes creen que la poesía es palabrería. La inspiración es el estado emocional que permite ver la unidad de tema y forma. El tema con su forma, o sea la creación. Si se está inspirado, se escribe. Si no se está inspirado, se redacta. La poesía actual, desde el abandono del verso, es redactada. El postmodernismo ha enfriado la poesía, reduciendo su poder de emoción. Para ser poeta se necesita tiempo. Todo el tiempo. Si no tiene tiempo, no insista, porque pierde el tiempo. Ser poeta no es desgracia. Es fortuna. Porque eso proporciona un tesoro que no se adquiere con dinero.

La época de las imágenes que pasan velozmente, en contraste con la página del libro, que permite considerarla en toda su sabiduría, ha matado la inspiración poética, hija de la profunda atención, la detenida reflexión, la lenta consideración de los detalles de la belleza, que no se revelan a quienes van demasiado aprisa por la vida, huyendo de sí mismos. Reflexiones suscitadas por la lectura de un libro como éste. Los buenos libros llevan a reflexionar. Leer un verso es repetirlo toda la vida. Si el verso es bueno. Si el lector es bueno. Enseñar poesía es exactamente lo mismo que vender lotería: Cómpremela, que de pronto se la gana. Y mejor que no se la gane. Si se la gana, se encarta.

Un escritor es el resultado de sus lecturas y experiencias. Se consolida públicamente, en la medida en que obtenga respaldo para su obra en una posición social. De lo contrario, insistirá en vano.

En nuestro medio se practica una deformación conceptual cuando se distingue entre poeta, narrador y prosista, y a cada uno se le asigna una categoría diferente, identificando al poeta con el desorden, la superficialidad y la falta de carácter. En Luis Fernando Macías, que ejerce las tres habilidades con maestría, me pregunto si cada una de ellas traiciona a las demás. Y le llamo escritor, porque en esa denominación se conjugan los distintos géneros literarios, siendo así que la poesía, el cuento y el ensayo son géneros sin definición ni precisión.

Puesto que el impresor ha estampado en página liminar la advertencia de que «está prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la Editorial», por ese motivo legal no ha sido posible incluir en esta presentación muestra o cita alguna de la obra, lo cual hubiera requerido un trámite burocrático para obtener el permiso. Como tampoco podrá ser citada en adelante para nada por ningún escritor. Ocultar el producto para generar un desesperado interés por saber lo que contiene, es también una exitosa estrategia comercial. Además, el autor nos obsequiará con la lectura de algunas páginas, y el comentario correspondiente a su concepción y procedimiento.

Las prohibiciones son contrarias al interés de la poesía. Una vez publicado, el poema pasa a ser del público, porque la poesía (el canto), es la verdadera voz del pueblo, entendido en sentido histórico, no político. Que se cante, que se baile, que se transforme, esa metamorfosis del poema es su verdadero destino, tanto más cuanto que en la vida moderna abundan los sucedáneos de la poesía. No es la Academia con su solemnidad la suprema guardiana de los valores literarios, porque se basa en teorías contradictorias y en contrarios intereses preestablecidos. Es su destinatario: la Historia de los pueblos. El poeta pasa. El poema también pasa, por toda clase de métodos y memorias. Nada puede detener al poema. El poema, cuando se le ha insuflado alma, es inmortal. Para la Academia, el poema del siglo pasado es viejo. Y es nuevo para el adolescente que lo encuentra por primera vez. Creo en ese adolescente, no en la Academia.

Iniciamos este descortés parloteo con la vieja idea del sabio chino que, si de él dependiera la salvación de la humanidad, no haría nada en absoluto. Se habla de salvación de la humanidad, porque previamente fue condenada por Dios, aunque poco después hizo un pacto «con su amigo Noé» (así dice la leyenda, presente en más de cuatrocientas mitologías desde Gilgamesh), cuyo nombre babilónico era Utanapishtin, «el varón más justo y cabal de su tiempo», aunque muy aficionado al vino, lo cual significa dos cosas: que el uso de licor proviene de tiempos prehistóricos, puesto que el alcohol se forma de modo natural; y que ese Noé borracho, tan amigo de Dios, vendría a ser el padre de la humanidad. Sin embargo, la Fábrica de Licores tiene el descaro de decir que el aguardientico es nocivo para la salud. Vivir también es nocivo para la salud, y la estadística dice que mueren más no fumadores que fumadores. El peligro está donde está el cuerpo. En consecuencia, la humanidad requiere multitud de protectores, libertadores, guías, aseguradores y salvadores, a cuenta de todos los cuales se cobra por anticipado, pues su intervención suele resultar desastrosa y tardía. «Hasta cuándo nuestros defensores nos harán cada vez más miserables», es una pregunta recurrente en la literatura, que permanece sin respuesta.

La humanidad ha sido esclava de su imaginación: dioses, tabúes y toda clase de creencias sin fundamento, que hacen ver lo inexistente y confiar en lo que no tiene comprobación, han atenazado su libertad natural convertidas en leyes absurdas, con prohibiciones y obligaciones que agobian su vida, y bajo las cuales ha padecido lo indecible desde la prehistoria hasta la actualidad.

En conflictivos tiempos, como los vividos en el último siglo (con guerras mundiales), la fe en el hombre se eclipsa, y el sabio decide retirarse al silencio. Sin embargo, a ésta se opone otra opinión, de ética elemental y más realista: un ser humano que llega a comprender alguna cosa de utilidad, tiene la obligación de comunicarlo, a fin de servir a la especie, porque de lo contrario actuaría contra la Naturaleza. A este postulado sirven el escritor y el artista. El egoísta que alcanza los dones de la inteligencia y desaparece con ellos, ha robado algo a la humanidad y desmiente su inútil sabiduría.

Está más que comprobado que el mundo no puede vivir en paz, porque el género humano es guerrero e hipócrita por naturaleza. Los que predican la paz lo hacen para que los otros se descuiden, y poder caerles encima en el momento menos pensado. Es la filosofía de los ejércitos. Eso todos lo sabemos, pero nos damos maña para disimularlo.

Todos sabemos que sabemos lo que todos sabemos, pero que, a pesar de eso, nos gusta reunirnos para hablar de eso que todos sabemos que sabemos (y si no lo sabemos, es porque no sabemos que sabemos lo que sabemos, porque si supiéramos lo que sabemos, no sabríamos que sabemos lo que sabemos hasta que supiésemos que también sabemos lo que no sabemos del mismo modo como lo que sabemos que sabemos, y lo que no sabemos es porque no lo sabemos, así como lo que sabemos es porque lo sabemos, y si no lo sabemos es porque no lo sabemos, y nos quedamos con lo que sabemos que sabemos).

Biblioteca Pública Piloto · Medellín · 16 de julio de 2009