Hemos cambiado la gracia
por la mismísima desgracia
Entrevista de Rubén Wisotzki a Jaime Jaramillo Escobar
Con motivo de la antología Poemas principales publicada en España por Pre-Textos
El poeta colombiano, nacido en Antioquia en 1932, es uno de los escritores más respetados en su país y en el continente. Pero gracias a la antología Poemas principales, publicada por Pre-Textos, España ya reconoce también la trascendencia de su palabra, que se entrega totalmente en cada verso, cual fiel amante, a las almas más angustiadas de este planeta. Desde Medellín, encerrado en su casa, alejado del ruido de la calle, reafirma que no puede escribir poemas en un coctel: «O brindo o escribo». Los lectores, en cambio, leen y brindan por él.
Usted, estimado lector, sí, usted mismo, póngase en el lugar del suicida. Es terrible, lo sabemos, pero vamos, hágalo aunque sea por unos instantes. Siente que la vida se acaba, o que ya se acabó, siente que está de más, que usted ya no forma parte del paisaje, que ya no hay paisaje. Siente, debe sentir tantas cosas, que ya no siente nada.
¿Qué hace entonces? ¿Qué se hace ante el fin? Puede dejarse que todo se lo lleve (o lo traiga) el diablo. Deshacerse de uno y de todos. O puede leerse el poema «El deseo» del antioqueño Jaime Jaramillo Escobar, una de las voces de mayor prestancia en el rico panorama literario colombiano: «Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle, / y que nos sentemos en un café a hablar largamente / de las cosas pequeñas de la vida, / a recordar de cuando tú fuiste soldado, / o de cuando yo era joven y salíamos a recorrer juntos / la ciudad, y en las afueras, sobre la yerba, nos echábamos / a mirar cómo el atardecer nos iba rodeando».
Eso fue lo que le sucedió a un lector anónimo, un alma en pena que el propio Jaime Jaramillo Escobar protege ante los demás, especialmente si se trata de un periodista. «No es por nada, pero no me parece apropiado que su historia esté en boca de todos. Quisiera que su intimidad fuera respetada, te lo cuento a ti porque siempre que hablamos estamos preguntándonos para qué sirve la poesía».
—Y está claro que sirve para salvar vidas…
—¡Ay, no te imaginas cuánto quisiera creerte! Pero espere, don Jaime, que aún no debería haber empezado la entrevista. Falta que le diga a los lectores quién es usted, que se menciona su nombre con respeto y admiración en toda Colombia, que junto a León de Greiff y José Asunción Silva, entre otros pocos, es uno de los pilares de la poesía colombiana, que salió en España, en la prestigiosa editorial Pre-Textos, una antología de su obra titulada Poemas principales, que los jóvenes de su país le siguen a todas partes…
—Déjalo hasta ahí que nadie puede creer tantas cosas buenas de uno. Ni yo me las creo (risas).
—Está bien. ¿Cuando hablamos de Poemas principales debemos dar por sobreentendido que hay poemas secundarios?
—No, lo que sucede es que no se trataba de una edición de mi obra completa sino de una selección de mis poemas. Me gusta el título de Poemas principales porque es sonoro. Además es significativo y deja entrever que hay otros poemas además de esos.
—¿Se quedaron muchos afuera?
—La verdad que sí. Pero Poemas principales tiene más de 300 páginas y un libro de poesía no debe ser excesivamente grueso. Los lectores de poesía, excepto que se trate de una obra completa, suelen rechazar el exceso de poesía.
—¿Exceso? ¿Rechazo?
—Sí, querido amigo, exceso y rechazo.
—Pero hace cinco años, cuando lo entrevistamos aquí en Caracas, usted celebraba que cada vez se leyera más y más poesía…
—Lo recuerdo, lo recuerdo. Pero los tiempos cambian y las personas también. Como el mundo estaba ayer ya no está hoy ni lo estará mañana. Yo siempre decía que aquí, en Colombia, había ciudades en las que las personas se acostaban buenas y sanas y al otro día amanecían poetas.
—¿Y ya no es así? ¿La gente se está alejando de la poesía?
—Definitivamente, sí. Visto desde acá se percibe que son muy pocos los que saben leer poesía, son muy pocos los que saben de la misión de la poesía, son muy pocos los que llegan a la poesía. La poesía está en todo, pero también puede no estar en nada. Es algo que depende de uno, de nosotros. Yo siento que en el presente hemos cambiado la gracia por la mismísima desgracia.
—Ha hablado de la misión de la poesía. ¿Cuál es la misión de la poesía?
—La vida.
—¿La vida? ¿Así, sin más?
—¿Acaso conoces una misión más importante, más hermosa, más trascendental?
—No, claro que no. ¿Pero qué aduce para decir que nos estemos separando de la poesía?
—No es ningún buen síntoma. Pregúntale a los libreros. Son muy pocos los que preguntan por títulos de poesía, son libros que nunca ocupan muchas estanterías de las librerías, no se sabe qué hacer con ellos. No nos olvidemos que la poesía es lo que más nos acerca a la verdad. Y para muchos no es algo bueno estar escuchando verdades a cada momento. Es una realidad terrible. No sé cómo está la cosa allá en Caracas, pero aquí la desazón lo invade todo en estos días.
—Hay que ver cuánto nos acerca a la verdad su poesía…
—No espere que le dé la razón. Uno nunca es el más adecuado para hablar de lo que escribe. Pero sí puedo asegurar que busco escribir de la manera más comprensible para la gente. Busco una poesía que diga algo concreto. La poesía puede sobrevivir en la medida en que diga algo importante, algo necesario. «En mi país, cuando algún pobre sale del hospital —si es que consigue ingresar a uno y si es que sale— debe pedir limosnas por las calles para regresar a su casa en su pueblo, aunque lo más probable es que no tenga ninguna casa, y el pobre está tan agotado y tan esquelético que más parece pidiendo para su propio entierro».
—Ah, eso es «Entrada por salida», un poema que quiero mucho.
—La poesía es crítica, nace de la crítica, surge de la indignación. En mi país estamos cansados de tanta indignación. Pero la indignación debe salirle al paso a los sinvergüenzas. Es ahí cuando tiene un sentido real lo que uno escribe. Lástima que estemos viviendo una época de censura en lo referente a la cultura. Me refiero a la censura que es impuesta por otros y a la censura que nos imponemos a nosotros mismos: la autocensura, la más lamentable.
—¿Ha vivido usted alguna experiencia en ese sentido?
—Todos los colombianos vivimos a diario esa experiencia en todas sus actividades.
—¿Cómo se supera esa situación? Una situación que por cierto es similar a la que se vive en toda América Latina.
—Con paciencia, con mucha paciencia. Yo calculo que en mil años saldremos de eso. En la presentación de mi más reciente libro, Altavoz, dije ante los presentes que el escritor hoy en día no tiene posibilidades de cambiar nada. Lo único que puede hacer el escritor hoy en día es dejar constancia histórica de lo que sucede a su alrededor como si fuera un testigo.
—Otro poeta, también colombiano, también Jaramillo, nos referimos a Darío Jaramillo Agudelo, hace referencia en la presentación de un libro suyo a un cuento de Borges…
—Sí, sí, es una leyenda nórdica en la que en un pueblo sitiado todos sus habitantes se preocupan por salvar al poeta para que luego cuente lo que sucedió allí. Yo no sé si uno está para eso, pero es bonito imaginárselo.
—Cuando ve el desastre que sucede alrededor de uno, ¿no se pregunta para qué seguir escribiendo poesía?
—Ah, claro que me lo pregunto. Pero resulta que la poesía es un vicio y es posible que usted sepa que los vicios son muy difíciles de dejar. En el fondo uno escribe poesía para pasar el tiempo. Imagino que por ese mismo motivo se lee poesía. De lo contrario nos enloqueceríamos del todo. Creo que podemos conformarnos con ser medio locos.
—Por algo usted escribió: «Suelen decirme —a manera de crítica— que vivo en la Luna. / ¿Les he dicho yo —a manera de crítica— que viven en Tierra? / Cada uno tiene que vivir en algún astro, a no ser que él mismo sea un asteroide. / Si ustedes viven en la Tierra y yo vivo en la Luna, quiere decir que somos vecinos…»
—Ah sí, yo sigo viviendo en la Luna. Nadie me baja de ella. Ojalá quedara aún más lejos de la Tierra. Pero qué le vamos a hacer, somos vecinos…
Son más de tres metros de versos
Cuando se pone de pie delante del público, todos los corazones se ponen de pie. No es una orden preestablecida, no está acordado en el programa de mano, no forma parte de algo convenido, es una necesidad. Son más de tres metros de versos. Pareciera que va a entonar un himno, pareciera que los presentes van a escuchar un himno, mientras el grueso rollo repleto de versos que él extiende en su recitar va lentamente inundando el escenario. Son más de tres metros de versos.
¿Por cuál empieza? Depende del momento, depende del día, depende de la vida, depende del amor, depende del agua, depende del licor, depende del cielo. Puede ser, por qué no, por «Demostración»: «Mi felicidad no es efímera porque no depende de circunstancias contingentes. / He sido y seré siempre feliz. / Siempre no quiere decir mientras viva, sino eternamente. / Significa que seré feliz más allá de los tiempos. / Felicidad que no dure siquiera una eternidad no es felicidad…» Son más de tres metros de versos.
Pero también puede ser, varias veces ha sido así, cuando ha visto que todo se aleja y muy poco es lo que se le acerca, cuando la vida no cuenta con él, y la verdad que poco importa, por «Multi-poema», con esos primeros versos que voltean la noche y dejan la luna y las estrellas a nuestros pies: «De cualquier modo que actúes / siempre estarás suscitando fuerzas contrarias. / Por eso los sabios prefieren los brazos cruzados / y que Dios haga de las suyas…» Son más de tres metros de versos.
O quizá, si recibe el aviso de alguna divinidad, si el horizonte está claro, si el gato hizo esto o hizo esto otro, si el hoy ya es mañana y nunca pasado, por «Alheña y Azumbar» que una de sus líneas dice: «…El níspero y el mamey son frutas de negros. Y el zapote también. Pero lo que pasa es que a los blancos siempre les ha gustado comerse la comida de los negros. Y la música de los negros. Y los bailes de los negros. Y las negras de los negros». Son más de tres metros de versos.
Nunca supo cuántos metros de poesía son los que lleva a un recital. Como es de imaginarse eso no tiene ninguna importancia. Pero después de una presentación que realizó en Bogotá, hace ya varios años, similar a la realizada durante la Semana Internacional de la Poesía de Caracas, y ante su natural asombro, algunos de los presentes extendimos el blanco rollo que contenía sus poemas y lo medimos: «Son más de tres metros de versos», le dijimos. «¿Tan poquito?», nos respondió asustado.