Jaime Jaramillo Escobar, X-504, iconoclasta por siempre
«A un poeta de 70 años
no le queda más camino
que la vanguardia»
Entrevista de Esteban Carlos Mejía
Revista Arcadia · julio de 2008
El menos nadaísta de los nadaístas no se deja vencer por la rutina ni por la tradición. Cree que los jóvenes de hoy son retrógrados y dogmáticos. «Lo que importa es el poema, no el poeta». Siente que, a lo mejor, ya va siendo hora de revisar un libro de cuentos que escribió hace cincuenta años. «No guardo afán. Confío en la prueba del tiempo, superior a la del fuego».
En la media tarde de este jueves de julio el cielo resplandece azul y la brisa del valle de Aburrá mueve con suavidad las hojas de los casco'e'vacas del barrio Lorena, al occidente de Medellín. Jaime Jaramillo Escobar abre la puerta y me invita a subir al tercer piso donde vive y trabaja entre letras y músicas. Las escalas son oscuras, muy empinadas y largas. «Es como entrar a una pirámide», dice y me cede el paso.
El apartamento es pulcro y ordenado, ni una mota de polvo en la biblioteca, ni papeles en el piso, ni rastros de la proverbial desidia de los poetas. En vez del Sagrado Corazón de Jesús, en la pared principal del pequeño comedor en donde nos instalamos a tomar tinto, hay una fotografía en blanco y negro de Eduardo Mendoza Varela, antiguo subdirector de El Tiempo y director de Lecturas Dominicales, uno de los suplementos literarios más populares de finales del siglo pasado. «Fue como un padre para mí. Gonzalo fue mi compañero; Eduardo Mendoza, mi maestro».
Cuando niño vivió en Altamira, una vereda empotrada en las montañas cafeteras del suroeste de Antioquia. Estudió bachillerato en un pueblo más grande, Andes, gracias a una beca del Ministerio de Educación, porque su papá era maestro de escuela. Allí tuvo un periódico mural, también impreso en mimeógrafo. Para celebrar algún aniversario de Don Quijote, le pidió ayuda a un compañero que iba un año adelante, con fama de escritor, y que se llamaba Gonzalo Arango. El escrito apareció firmado por Gonzaloarango, todo junto, algo inédito y sensacional en aquellas breñas. Fue el primer texto que publicó el fundador del Nadaísmo y, así como muchos de sus escritos, el recuerdo de este elogio al hidalgo manchego se ha perdido en las brumas del tiempo, pues nadie conservó el ejemplar del pequeño pasquín.
«Se llamaba Voces Andinas, ¿qué más quiere?», dice y se ríe con un cosquilleo que a duras penas disimula al adolescente travieso que aún palpita en sus 76 años. Es enjuto y algo encorvado. Si mi hija lo viera, diría que camina como un gnomo o que parece un hobbit de J. R. R. Tolkien. Pero la vitalidad de sus trancos y la efervescencia de su mirada son muy reales. Viste con una hawaiana bordada de azul, al estilo de los hippies de los 70, y a veces entrecierra los ojos, como en busca de más luz o más oscuridad, quién sabe.
De tabulador a publicista
Al terminar el bachillerato, llegó a Medellín, desplazado por la violencia liberal conservadora de los años 50, la primera de todas, la misma de siempre. Se puso a trabajar en Empresas Públicas de Medellín, un conglomerado de servicios públicos. Allí hizo un curso en IBM, en tabulación, «cuando los computadores eran grandes como elefantes y lentos como ballenas».
Era un oficio feliz, el de los tabuladores. Inclinados sobre tableros repletos de alambres y clavijas, conectaban y desconectaban cables hasta dar forma a los programas de la época y resolver enrevesados problemas de facturación o de registro. No había muchos tabuladores en Colombia por lo que pronto consiguió trabajo en Cali, con la oficina de recaudo de Impuestos. Y estaba allí cuando Gonzaloarango se presentó a reclutar jóvenes para su movimiento, lanzado en Medellín al promediar agosto de 1958 con la difusión del Manifiesto Nadaísta, en el que, entre otras cosas, se planteaba la necesidad de cambiar la poesía colombiana.
Un día cualquiera dejó la tabulación. Viajó a Barranquilla y empezó a trabajar en Nova, una agencia de publicidad de Plinio Apuleyo Mendoza, con quien «aprendí a laborar en forma, duro y parejo». Su ciclo publicitario fue completo. Empleado administrativo. Copywriter. Creativo. Ejecutivo de cuenta. En 1968, junto con Gabriel Urrea Gómez, abrió en Bogotá su propia agencia, Organización Publicitaria Institucional, O. P. Institucional, enfocada a campañas de imagen corporativa. Cerraron en 1981, tras 13 años de faenar con algunas de las empresas y entidades más influyentes de la época, Compañía de Empaques, Colnylon, Confecámaras. «Sin darnos cuenta, nos volvimos una agencia mediana con gastos de grande y utilidades de pequeña. Una compañía norteamericana nos ofreció compra pero yo no quise. Preferimos cerrar antes que tener que vendernos a los gringos».
De publicista a poeta, de poeta a tallerista
Nunca hizo publicidad masiva. Su negocio giraba alrededor de las comunicaciones corporativas, lo cual le sirvió para aprender el esquivo arte de redactar. «La publicidad fue mi mejor escuela. De redacción en general, que incluye la poesía». Lo miro con cierta incredulidad. «¿No quiere retractarse?», le pregunto. «No tengo por qué retractarme», me contesta con firmeza, le da carpetazo al tema y me sirve otro tinto.
Entonces nos ponemos a hablar de lo que ha sido su vida laboral durante los últimos veinte años, los talleres literarios.
—¿Cuál ha sido la experiencia más inspiradora en estos talleres?
—Desde que regresé a Medellín he aprendido muchas cosas malas, pero todas necesarias. Los poetas no se encuentran entre los más ricos, ni entre los que tienen más títulos académicos. Se encuentran donde usted menos se imagina: un gamín del parque de Bolívar, un niño de la montaña para llegar a cuya casa hay que subir doscientos escalones protegidos sobre el abismo por pasamanos metálicos, un campesino que tiene que hacer un gran esfuerzo para llegar a la Biblioteca Piloto, o un drogadicto sin mayores estudios. Por eso el título de poeta no se obtiene en las universidades. La poesía es imprevisible.
—¿Pero para qué sirven los talleres?
—Integrantes del taller que se realiza desde hace veinticuatro años en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, con el patrocinio del Banco de la República, han publicado desde septiembre del 2007, o tienen en proceso de edición en julio del 2008, los siguientes libros, cada uno de ellos obra maestra en su género, no tentativas de principiante: Simonía de amor (poesía) por Verano Brisas, La casa de Resfa (poesía) por Carlos Mario Garcés Toro, Trece cuentos no peregrinos por Javier Gil Gallego, La vida en grande (cuento) por Arnulfo Arias García, y La verdad sin calzones (crónica) por Juan Guillermo Valderrama Santamaría. Obras maestras, le repito. Para eso sirven los talleres de poesía. Los editores no suelen creer en el primer libro de un autor porque no tienen capacidad crítica para reconocer la calidad si no está avalada por antecedentes publicitarios. Fue en Buenos Aires, no en Bogotá, donde García Márquez encontró editor para Cien años de soledad.
—Tomás Carrasquilla decía que ni la gramática ni la sintaxis enseñaban a pensar. ¿Los talleres literarios enseñan a escribir?
—Sí enseñan, si el interesado quiere realmente aprender, si entiende cómo es el asunto, posee las bases necesarias y trabaja. Si no se cuenta con las condiciones no se puede aprender una cosa para la que no se está dotado.
—¿No le parece que la industria editorial confía cada vez más en el marketing y cada vez menos en la literatura?
—La buena literatura es perdurable, como lo muestra la Historia. Quedará lo que merezca permanecer. Las formas de transmisión varían, pero si puedo ver por medios electrónicos con todo detalle las obras del arte universal, es de suponer que el Quijote resistirá las transformaciones que la tecnología imponga en el futuro.
«Sin inspiración no hay poesía»
Le pregunto por los nadaístas. Era un grupo heterogéneo. «Ya casi todos nos morimos», se burla con una risotada y menciona sus nombres en desorden, a medida que le vienen a la mente, vivos y muertos. Gonzaloarango. Amílcar Osorio, que durante un tiempo firmó como Amílcar U. Alberto Escobar Ángel. Diego León Giraldo, que cambió la literatura por el cine. Jota Mario Arbeláez. Elmo Valencia. Eduardo Escobar. Jaime Espinel, «Barquillo». Darío Lemos. Alfredo Sánchez, editor del diario El Crisol, de Cali, y de su suplemento literario Esquirla, en el que publicaban con periodicidad. José Rafael Arango. Humberto Navarro, «Cachifo». Guillermo Trujillo. Mario Rivero, que desertó al poco tiempo. Fanny Buitrago. No sólo había escritores. Recuerda al pintor Álvaro Barrios, a Álvaro Medina, Armando Romero y Malgrem Restrepo, uno de sus ilustradores, que vive en USA desde hace casi 50 años.
—El Nadaísmo era un movimiento popular. A los recitales iban muchedumbres que atiborraban los salones. En Barranquilla, por ejemplo, fue tanta gente a una conferencia de Gonzaloarango que tuvieron que llamar al Ejército, imagínese, al Ejército, para controlar a la multitud que ocupaba el Paseo Bolívar. El Nadaísmo fue lo que fue gracias a los periódicos. Acogían nuestros textos con los brazos abiertos. Nos publicaban, destacados, en Lecturas Dominicales, de El Tiempo, y en Magazín Dominical, de El Espectador, dirigido por Gonzalo González, Gog.
—Y los poetas oficiales y semioficiales, los Carranza, ¿qué decían?
—Ellos no se enteraban de nada. No sabían qué pasaba en este país. Ni saben.
No evoca ese tiempo con nostalgia. Toda la vida ha sido un hombre trabajador y concienzudo, más ocupado en su obra que en camarillas o cocteles. Escribe a mano, en peloto y por la noche. «Es más fresca, silenciosa y tranquila. La soledad y el silencio son necesarios para la concentración. Pero no igualmente indispensables para todos los artistas». Aprovecho para preguntarle por la esencia de la poesía.
—¿La imaginación? ¿La fantasía? ¿La memoria? ¿La magia? ¿La alucinación?
—Ésas no pueden ser esencias. La esencia de la poesía es la poesía misma. La dificultad consiste en definir la poesía, porque no es unitaria. Poesía y poema no son lo mismo.
—Entonces ¿qué prefiere: la obra o la vida de un poeta?
—En noviembre del 2007 se publicó una antología de la poesía antioqueña titulada Medellín en la poesía, que preparé para el ITM (una universidad tecnológica de Medellín). El prólogo explica que es una antología de poemas, no de poetas. Lo que importa es el poema, no el poeta. Esa antología no contiene información sobre los autores. Creo que eso responde a su pregunta.
—¿Escribir poesía es un oficio maldito?
—Ni es oficio, ni es maldito. En la poesía se encuentra una forma de expresión que puede ser feliz. Como en la música y las demás artes.
—En vez de escribir, ¿le habría gustado «una tiendita de tabaco», como a Ezra Pound, o contrabandear armas en Abisinia, como Arthur Rimbaud?
—No. Escribir resulta de mayor interés. Las armas se han desarrollado hasta convertirse en un verdadero demonio. Y el poeta que tiene tienda es Darío Jaramillo Agudelo.
—¿Su poesía tiene algún propósito?
—Sí. El propósito del Nadaísmo, que está cumpliendo cincuenta años: cambiar la poesía colombiana, que resiste tercamente con sus lectores: romanticones, sentimentales, aferrados a las rimas y tradiciones. La mentalidad de los pueblos evoluciona muy lentamente, y una guerra de cincuenta años desculturiza cualquier sociedad.
—¿Qué quiso decir cuando dijo que a un poeta de más de setenta años no le queda más camino que echar por el atajo de las vanguardias?
—Quise resaltar lo conservadores y dogmáticos que son los jóvenes en general, apegados ciegamente a lo que les enseñaron en sus primeros estudios. Sólo quienes tienen experiencia pueden impulsar cambios. Los jóvenes que se dicen rebeldes y revolucionarios son lo más retrógrado que conozco. Todos terminan empujando un cochecito con bebé, brillando un auto, cotizando para el seguro de vejez y solicitando visa para los Estados Unidos.
¡Ay, la tierra caliente!
En 1963, cuando el Nadaísmo apenas tenía cinco años, Ediciones Triángulo, de Hernando Salazar, publicó 13 poetas nadaístas, libro en el que aparecieron sus primeros poemas, bajo el seudónimo de X-504. «Imprimieron 3.000 ejemplares, una cantidad impresionante para un libro de poemas en Colombia. Después sacaron 3.000 más, y se vendieron todos. A mucho honor».
—¿De dónde salió el seudónimo? ¿Y por qué lo dejó?
—Dejé el seudónimo desde la publicación de ese primer libro, pero el editor insistió en conservarlo. Lo dejé cuando me sentí seguro de poder responder con mi nombre. Después resultaron cosas curiosas: el público no lo ha olvidado, y si consulta en Internet le aparecen cientos de entradas de diverso origen con la referencia X504. El seudónimo salió del número por el que empieza mi cédula, 504… ¿Cómo sería el suyo? ¿X70 qué?
En 1967 se convocó el Premio Cassius Clay de poesía nadaísta. Participó con Los poemas de la ofensa, y ganó. La primera edición, a finales del año siguiente, corrió por cuenta de Tercer Mundo y fue devorada por miles de lectores que asociaron, no sin razón, el gozoso sarcasmo de su humor con los puños felinos de Muhammad Alí, el nuevo y arrebatado alias del casi invencible boxeador de Louisville.
La madurez creativa, sin embargo, le llegaría casi quince años después. En 1982, Colcultura, entidad antecesora del Ministerio de Cultura, publicó Extracto de poesía. Un año más tarde sus Poemas de tierra caliente ganaron el Premio de Poesía de la Universidad de Antioquia, uno de los más prestigiosos y consistentes de este país. Y en 1984, se editó Sombrero de ahogado, una colección llena de imaginación, carácter y lozanía. Al finalizar la década, en 1989, apareció Alheña y azúmbar, en donde el sarcasmo ilumina con ternura cada versículo:
Cuando mi negra se desnuda queda completamente desnuda,
no como las blancas que aunque se desnuden siempre tienen algo que las cubre,
aunque sea un concepto.
—¿Cómo llegó usted a escribir así, en versículos?
—No son propiamente versículos. Versículos son los de la Biblia. Casi toda es poesía en prosa fragmentada, como la de Vargas Vila, a fin de indicar ritmos, pero puede transcribirse como prosa normal y no cambia nada, igual que la de Julio Flórez. Haga usted el ensayo si quiere.
—¿Barba Jacob sí es tan gran poeta como dicen?
—Sí lo es. En el 2005 la Biblioteca Pública Piloto de Medellín publicó el volumen Barba Jacob para hechizados, con una selección de cincuenta poemas y un ensayo preliminar que responde a lo que usted pregunta. Y en ese mismo año William Ospina, en su libro Érase una vez Colombia, por Villegas Editores, expone una consideración igualmente afirmativa. Vea le cito (va por el libro y lee): «Barba Jacob es el más alto poeta de Colombia, no en el sentido de que haya escrito la obra más impecable, sino en el sentido de que en su obra agitada, espasmódica e irregular, se encuentran dispersos los más poderosos versos de nuestra poesía y algunos de los más poderosos de la lengua castellana, pero también en el sentido de que nadie como él interrogó los enigmas de Colombia e interpretó nuestras agonías mentales y emocionales. Valéry decía que muchos arquitectos no sabían que estaban construyendo palacios sólo para que ciertos pórticos exquisitos sobrevivieran entre las ruinas». Para mí Barba es un gran poeta.
—Hace años usted anunció dos libros, Poesía Pública y Poesía revelada. ¿Qué pasó con ellos?
—El título cambia porque apareció un libro en Cuba con el título de Poesía Pública, y porque los dos se fusionan en uno. El nuevo título se verá cuando se publique. En eso no hay que adelantarse. Nunca publico un libro antes de muchos años de haberlo escrito. Es la prueba del tiempo, superior a la del fuego. Tengo un libro de cuentos escrito hace cincuenta años y creo que todavía puede esperar. Como puede ver, cuento el tiempo por períodos de veinte y cincuenta años. No guardo afán.
—Las malas lenguas dicen que usted dijo que los libros embrutecen…
—No he dicho eso. Lo dijo Cobo Borda. Es un escritor con mucha experiencia.
Talleres para salvar la poesía
Las distintas ediciones de sus obras se han ido acumulando sobre la mesita, al lado de los pocillos de tinto. Como en las bodas de Caná, primero llegaron las más apresuradas y sencillas. Al final, salieron las más finas y cuidadosas, mexicanas y españolas, así como una joya colombiana del arte tipográfico, Tres poemas ilustrados, de Tragaluz Editores (diciembre de 2006), ganadora del Premio Lápiz de Acero, con ilustraciones de José Antonio Suárez. No sin cierto recato me muestra Permiso voy a cantar, una edición de distribución gratuita que se repartió en las estaciones del metro de Medellín, y el trasgresor Método fácil y rápido de ser un poeta, en dos versiones, una de la Universidad EAFIT, de Medellín, y otra de Casa de la Poesía J. A. Pérez Bonalde, en Caracas.
Le señalo la pila de libros y le pregunto con ingenuidad: «¿Qué siente?» «Nada», responde al instante, en la mejor tradición nadaísta. «Es sólo el trabajo hecho».
Se avecina la noche. Tenemos tiempo, no obstante, para hablar un momento de Spoon River, la conmovedora antología de epitafios de Edgar Lee Masters, que, según me hace ver, resuena en La casa de Resfa, obra de Carlos Mario Garcés, uno de sus talleristas. Se levanta de la mesa y va a buscar el libro de Edgar Lee pero no lo encuentra en ninguna de las atiborradas y ordenadas estanterías. «Algún amigo debió cogerlo y no lo volvió a poner en su sitio. Así sí es muy difícil», me explica y se ríe otra vez con su risa de postadolescente eterno. Regresa, en cambio, con A la espera de Nayan, de Surlay Farlay, y con Simonía de amor, de Verano Brisas. «Esos nombres parecen sacados de un aquelarre ex nadaísta», le digo, por joder la vida. «Puede ser», acepta con desgana, «pero son poetas que saben dónde están parados. Tienen ética, estilo, personalidad. Y con sus versos intentan salvar a la poesía de un naufragio irremediable, el de la desidia. Por eso me gustan los talleres. Porque dan poetas así».
—Una última pregunta…
—A la orden…
—¿Por qué le choca tanto la farándula literaria?
—Porque eso no es serio.
Esteban Carlos Mejía