Preámbulo
Antología de Ciro Mendía
Selección de Jaime Jaramillo Escobar
Editorial Universidad de Antioquia · 2001
Medellín 2000 10 01. Hace veintidós años se publicó en Bogotá la primera edición de este libro (mil ejemplares), realizada por O. P. Institucional para el Banco de América Latina. La selección estuvo a cargo del autor de este prólogo, y la introducción fue escrita por el doctor Otto Morales Benítez. Desde entonces se pensó en una segunda edición, que sólo ahora se hace posible, gracias a la Universidad de Antioquia. Dada su extensión, el ensayo introductorio original se sustituye por esta nota.
Ciro Mendía estaba casi olvidado en 1978. La aparición de una antología hizo que se le recordara, gracias a la publicidad que ganó por el prólogo del doctor Morales Benítez, ampliamente difundido en todo el país. Después de la muerte del poeta (oct. 1979), además de piezas de teatro sólo se ha editado La golondrina de cristal (1992, sin índice), con cuarenta y cinco sonetos.
Se dice que la poesía es para los poetas. En realidad, los poetas son muy selectivos. Cada uno está interesado únicamente en lo suyo, en su falsa gloriola, en su tonta pedantería. Por eso Ciro Mendía no figura, o figura con cuatro líneas equivocadas en las antologías colombianas, que tantos lagarticos suelen albergar, mientras se desestiman poetas como Ciro Mendía o Aurelio Martínez Mutis, a quien se destierra hasta de las bibliotecas públicas porque ya no se lee, de lo cual deducen que nunca más será leído, como si Colombia se fuera a quedar analfabeta indefinidamente. Los libros deben permanecer en las bibliotecas, porque los investigadores los necesitarán. La cultura es patrimonio de todos.
A Ciro Mendía lo han tratado de "poeta menor" otros poetas menores que él, porque cada quién mide con su propia estatura. El gran hombre ve la grandeza en todo. Los pequeños reducen el mundo a su tamaño.
Ciro Mendía dejó cientos de sonetos inéditos en desordenados papeles. Los que se incluyen en este volumen son excepcionales. Más aún: muchos de sus versos merecen la memoria colectiva, más perdurable que bronce y mármol. Basten tres ejemplos:
"Quedé tan solo que ni yo me encuentro".
"Prefiero vivir muerto a morir vivo".
"Con ella olvido todos mis amores / y en ella todos mis amores hallo".
Quienes han desestimado la cultura de Ciro Mendía, por ser autodidacto, parecen ignorar los procesos de aprendizaje. El ser humano es autodidacto. Lo difícil no es enseñar, sino aprender. El culto por los diplomas disminuye. Circulan demasiados falsos. Hágalo usted mismo. Si le da vergüenza, cómprelo.
Me encontré con Naipe Nuevo en la biblioteca de la escuela pública de Altamira (Ant.), en diciembre de 1949, el mismo año de su publicación, lo que resulta notable si se tiene en cuenta que en ese tiempo ni siquiera había caminos que merecieran ese nombre, sino trochas pantanosas, encajonadas entre barrancos. La biblioteca ocupaba un salón de destinación exclusiva. Hoy en día, con carreteras, ya no existe esa eficiencia. Teníamos entonces el sentido de la propiedad pública, que se respetaba, y que ahora se ha perdido. Un pueblo que pierde el sentido de la propiedad colectiva, la roba y destruye, no tiene cabida en la historia. Es un pueblo bárbaro. Montonera de aves de rapiña.
Naipe Nuevo brilló esa tarde, en la penumbra de la biblioteca, y no lo olvidé, porque lo que se lee a los diecisiete años impresiona vivamente. Releído otras veces, no pierde frescura. Verso libre, sonetos arbitrarios, formas audaces del modernismo, que todavía hoy desconciertan en los talleres de poesía. Libro de hojas plegadas, que se abría con la navaja de pelar frutas. Lo primero al abrir un libro es estimar su calidad, y luego sentarse con él amistosamente, en el mejor rincón, e iniciar un diálogo inteligente y respetuoso. Entonces el libro deja de ser objeto y se convierte en un amigo, y veintinueve años después, por azar, conozco a su autor, la vida nos permite una breve amistad, y el gusto de convertirme en su último editor. Fue un libro revelador en el momento oportuno, y por eso sus páginas permanecen sensibles al tacto.
Era la época del "versolibrismo" y los "librepensadores", términos que se aplicaban despectivamente, porque Colombia siempre le ha tenido mucho miedo a la libertad. Tanto es así, que Bogotá continúa siendo una celosa capital virreinal, desentendida del resto del país.
Leí Huelga de ángeles cuando el suplemento de "El Colombiano" lo publicó por primera vez en los años cuarenta, y he conservado ese recorte del periódico. Juguetón, intencionado, ingenioso, sarcástico, pero sobre todo muy bien escrito, es un ejemplo de decimero. Ciro Mendía no se aparta de las fuentes populares. Por eso resulta extraño que se le desconozca, y que no exista en Medellín (síntesis de Antioquia), nada que le recuerde. La mala envidia de los otros poetas hizo todo lo posible por aislarlo. Sin embargo, su obra da relieve a la cultura antioqueña, y su nombre perdurará por encima de la mezquindad local. El día que el alcalde de Medellín, doctor Jorge Valencia Jaramillo, y el ministro doctor Otto Morales Benítez presidieron una reunión de reconocimiento al poeta, un año antes de su muerte, los escritores de la ciudad ni se dieron por enterados. Entre los presentes estaba, no obstante, el doctor Yamil Tannus Fernández, que no es antioqueño ni es poeta, pero hizo el viaje desde Bogotá para estrechar la mano que escribiera aquellos versos. Hay un soneto de Neruda a Ciro. Y también un poema que titulé Ciro de Medellín:
CIRO DE MEDELLÍN
Cuando le conocí,
el maestro Ciro Mendía estaba completamente ciego,
y se veía obligado a depender de personas que le robaban a cambio de la más mínima caridad.
El maestro Ciro Mendía, que había escrito tan jocundos versos,
estaba en ese año de 1978 sin un plato en qué comer,
pero tampoco tenía qué comer ni comía.
Tomaba aguardiente con cáscaras blancas de limón,
y se arrastraba hasta el andén para rogar a algún transeúnte apresurado
que le tomara al dictado los versos que había compuesto durante su día de insomnio,
pero nadie tenía tiempo para ocuparse de semejante cosa,
y el poeta repetía sus versos hasta que se le olvidaban.
Le habían hecho completamente a un lado por sus ideas "de izquierda",
que nunca supo lo que hacía su derecha,
porque la mano izquierda es analfabeta.
En ese Medellín pedestre que frente al mundo tiene una sola pregunta: "¿Cuánto vale?" (como los gringos),
y una sola respuesta: "¿Cuánto me rebaja?",
Ciro Mendía tenía el orgullo y la dignidad y la nobleza de la vieja raza,
y en la práctica había dejado de ser antioqueño, pues nunca me preguntó "¿Cuánto le debo por su abrazo?", "¿Cuánto me paga por el mío?"
–"Aquí tiene un abrazo gratis, le deseo suerte, caballero, y le encimo esta mano huesuda que ya no me sirve para nada".
Cuando le dieron el "Hacha de Antioquia",
–esa hachita dorada, un bibelot–
él la recibió y permaneció en silencio.
Cuando todos los visitantes se fueron me dijo:
–"¡Tantos rayos que caen, y no caerme uno
a mí!"
Ya estaba muy triste y muy flaco el maestro Ciro Mendía cuando le conocí.
El gobierno local le había retirado la modesta pensión que le permitía sobrevivir, porque también estaba muy viejo,
y sólo la Fábrica de Licores le mandaba botellas de aguardiente, que es lo único que ha dado Antioquia,
todo el orgullo de los antioqueños –ese falso orgullo– reducido a sus borracheras de aguardiente.
No se resignaba el altivo maestro Ciro Mendía, no se resignaba sin embargo,
y en la nobleza de su rostro, en sus finas manos, en el ademán caballeroso, en sus elegantes palabras,
el poeta trataba de alzarse de sus cenizas, y en un esfuerzo sobrehumano trataba a cada rato de volar.
Pero ya sus huesos estaban muy tristes y todos quebrados desde la muerte de Vladimiro,
y no era cuestión de buena voluntad, ni de fuerza de ánimo,
sino un simple problema de gravedad.
Con Vladimiro su hijo y con el Espíritu Santo, "esa paloma estúpida",
que sin embargo representa la inteligencia como propiedad de la materia,
se encuentra en el reino de las chicharras y el cagajón,
que los mulos ponen gratis pero los antioqueños lo recogen para venderlo por libras de 400 gramos.
El maestro Ciro Mendía, honor de su raza y de su pueblo,
me habla desde sus versos con entereza, con amor, con ternura y con ese humor a la antioqueña que tanto hace reír al diablo.
No me habla desde su estatua, porque en Medellín no hay ninguna estatua de Ciro Mendía, ni maldita la falta que hace.
Si hubiera sido un poeta antiguo hubiese tenido su estatua de mármol,
del epicúreo mármol de Paros.
Pero a pesar de ser antioqueño no tenía depósito de ahorros, ni propiedad raíz, ni era socio de nada, ni estaba autorizado a portar tarjetas de crédito,
es decir, no era nadie,
pues en esta tierra donde cada poeta se considera el mejor del mundo,
él apenas se atrevía a ser el mejor de su calle.
Quedó con la fama de no ser un poeta serio, porque no creía en nada,
pero de todos modos nos dejó esa risa maliciosa, socarrona, comprensiva,
que desborda inteligencia, bondad, aceptación y perdón.
No digo que no ha muerto, ni que está en el Cielo, ni digo que resucitará, ni mucho menos que reencarnará.
Digo que el Universo se construye a sí mismo, porque el Universo es Dios.