Prolegómenos

Selección y prólogo de Jaime Jaramillo Escobar

Por el Ensayo se hace adulta una literatura.

Javier Arango Ferrer

En su excelente estudio El Ensayo, entre la aventura y el orden (Taurus, 2000), el profesor Jaime Alberto Vélez (Medellín, 1950 – 2003), conjetura que el Ensayo en Colombia ha sido un curioso entretenimiento para tres o cuatro personas en un siglo. Exigente apreciación, si se tiene en cuenta que la obra mencionada es, entre muchas, la que mejor fija un concepto claro del género, exponiéndolo con las precisiones pertinentes.

Tercer Mundo Editores (Bogotá), que duró cincuenta años, fue fundada por Luis Carlos Ibáñez sólo para publicar Ensayos, aunque años después admitiera otros géneros.

En Antioquia, para una selección como ésta, se pueden contar en los dedos de las manos ciento cincuenta ensayistas, así se reduzcan finalmente a cuarenta, por distintos motivos.

El volumen que sigue en esta colección, El periodismo en Antioquia. Siglo XX, incluye algunas de las firmas que también hubieran podido figurar en este tomo, lo cual resulta complementario. Y justo. El periodismo ha sido, en sus diferentes modalidades, el principal medio para la divulgación del Ensayo.

Lo difícil no fue encontrar, sino omitir, a fin de ajustarse a un proyecto con limitación de páginas y tiempo de estudio. En realidad, una muestra del Ensayo en Antioquia requeriría mayor amplitud. Con Viaje a pie, de Fernando González y prólogo de Gonzalo Arango, inició Tercer Mundo una Antología del pensamiento colombiano (1967), proyectada para cien volúmenes. No pasó del primero, como suele ocurrir, pero la lista de los autores constituía entonces un catálogo de lujo.

Se dice muestra por el criterio adoptado, diferente de la antología. La antología está compuesta por lo que mejor le parece al compilador. Una muestra, en cambio, presenta la diversidad temática, los distintos estilos de época, las tendencias del pensamiento, y lo que conserva interés para el público al que se dirige la obra, en el caso presente un nivel medio de estudiantes y aficionados. Todo por fuera de las especialidades.

Debido a ello resulta procedente adelantar algunas consideraciones sobre el Ensayo como género literario. Si los tratadistas se confunden, no es de extrañar la duda que comúnmente se manifiesta.

Gonzalo Cataño concluye así su tratado sobre La artesanía intelectual: “La noción de Ensayo no es clara, y posiblemente nunca lo sea. (...) Es muy difícil, tal vez imposible, presentar una definición satisfactoria del Ensayo como categoría estética, pues cuando creemos tener en nuestras manos la totalidad de sus facetas, surgen otras que parecen contradecir el intento de ordenarlas”.

Javier Arango Ferrer, siempre afirmativo y seguro, escribe en la primera página de su libro Horas de literatura colombiana: “La palabra ha crecido con el género, y ensayos son ahora obras de largo metraje”. Para Horacio Gómez Aristizábal, “El Ensayo, por su misma naturaleza, es generalmente breve, y no tiene el aparato ni la extensión que requiere el tratado completo sobre la misma materia. (...) La costumbre ha establecido que puede ser leído de una sola vez”. El Diccionario de la Real Academia lo define así: “Escrito, generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia”.

Otros expositores dan asimismo contradictorias explicaciones, desde diferentes puntos de vista. Pero es Jaime Alberto Vélez quien desenreda la madeja con experta facilidad, mediante el estudio histórico y el deslinde de géneros y subgéneros cuya vecindad genera confusión. Confusión aumentada por el capricho de muchos autores, que con falsa modestia llaman Ensayos a sus tratados y estudios, por no parecer pedantes o presuntuosos. A una obra en dos tomos, como La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, de ninguna manera le acomoda la denominación de Ensayo, y mucho menos Bosquejo, como quiere el autor. “El Banco de la República ha llamado Ensayos económicos a sus informes y balances, tal vez para significar que las finanzas colombianas obedecen a intentos y a tentativas”. (J.A.V.). Y cita Cataño dos largos poemas didáctico-filosóficos de Alexander Pope: Ensayo sobre la crítica y Ensayo sobre el hombre.

Para los pintores un boceto es un estudio, y de ese modo, en literatura, Estudio se asimila con Ensayo. Muchos escritores aspiran a la confusión, como quien pesca en río revuelto, pero la edad del Ensayo garantiza la experiencia, que rechaza la imprecisión.

“El Tratado persigue como objetivo central agotar un tema, o por lo menos, presentar sobre él una imagen lo más completa posible. El Ensayo, en cambio, presenta otra visión. (...) Un buen ensayo alcanza, por lo general, la extensión de una carta, o la duración de una conversación agradable, justo antes de que caiga en lo tedioso”. (Jaime Alberto Vélez).

Según Horacio Gómez Aristizábal, “El concepto de Ensayo no hace alusión a su extensión, sino al análisis más o menos completo que se haga del asunto tratado”. Gonzalo Cataño lo presenta de este modo: “Podemos concebir el Ensayo literario como una composición en prosa de esmerado estilo y extensión moderada, que desarrolla un tema con entera libertad a partir de la visión personal del escritor, evitando los tecnicismos profesionales y los peligros de una inmersión en la narrativa”.

No obstante, uno de los ejemplos que ofrece el Estudio de Jaime Alberto Vélez está escrito en forma de cuento, sin dejar por eso de ser un auténtico Ensayo, que apela a la forma narrativa para añadir interés a un tema científico con propósito de divulgación.

La expresión Ensayo literario lleva a distinguir el Ensayo académico, que puede ser científico, sociológico, económico, filosófico, documental, etc., y acepta por tanto formalidades profesionales. El primero se define por Cataño “como forma dominante de nuestro tiempo, el molde más afín a las publicaciones masivas dirigidas a un público lector en rápido crecimiento y cada vez más ávido de materiales cortos y de aliento festivo”.

El Estudio es más que el Ensayo, pero menos que el Tratado, pues éste es definitivo. “En un Tratado, el escritor dice todo lo que sabe; en un ensayo, todo dice lo que el escritor sabe” (J.A.V.).

Otros géneros que limitan con el Ensayo por algún aspecto, son en realidad distintos y no deben confundirse. Tal el Artículo, que se confunde porque muchos ensayos se presentan como artículos, en columnas de prensa. Pero el Artículo es menos que el Ensayo. Al respecto escribe Javier Arango Ferrer: “Sin el ensayo moderno corto no existiría el periodismo en su urgente misión de plantear sintéticamente los problemas del mundo contemporáneo”.

Otro género que suele confundirse con el Ensayo es la crónica, por decirse cronista el columnista del periódico. Crónicas se llaman los textos periodísticos de Luis Tejada. Y con la crónica se confunde la monografía, que es muy diferente. Escribe Juan Gustavo Cobo Borda: “La crónica, que es hasta cierto punto periodismo, pero que es, ante todo, buena prosa, oscila entre el Ensayo breve y la digresión aguda, y tiene a Luis Tejada como su más destacado exponente”. Pero otra cosa son las Crónicas de Indias.

Tampoco el Ensayo debe confundirse con la Tesis, ni con el Estudio o la Ponencia, como sucede. Ni con la Semblanza o el Compendio, o los alegatos de la Polémica. Ni el Ensayo es el Comentario, ni la Reseña, ni el Discurso, ni la Conferencia, ni la Descripción, ni el Prólogo. Hay notorias diferencias entre estos géneros y otros próximos, y es necesario dar su propio valor a cada uno.

Entre dispares opiniones, Jaime Alberto Vélez traza una certera ruta al Ensayo, destinada a prevalecer porque conserva fidelidad al origen, no incurre en contradicción, no propicia mezclas deformantes, su razonamiento ilustrado se afirma en la historicidad y proporciona una demostración lógica. “Si todo puede ser Ensayo –dice– nada es un Ensayo”.

Sin desconocer el derecho de cada uno a su parecer, la identidad de las cosas no puede quedar al capricho individual.

“Tenido como género de madurez, el Ensayo consiste en el arte de exponer las ideas. Si no convence por el tema, seduce por su forma (ocurre con Descartes). Nada más contrario a la naturaleza del Ensayo que los manifiestos, las declaraciones de principios, los textos doctrinarios, los análisis basados en un método, las normas, los catecismos y reglamentos”. (Palabras de Jaime Alberto Vélez).

No alcanza el Prólogo para una discusión completa del tema, porque se convertiría en Estudio, lo que resultaría excesivo.

El Prólogo acude a las citas porque son los testigos del expediente. “La palabra Ensayo –escribe Eduardo Escobar– cuando designa el conspicuo género literario cuya invención se atribuye a don Miguel de Montaigne, ha degenerado en este tiempo de confusiones y dudas sin alivio, en un batiburrillo de acepciones contradictorias”.

Se dice Ensayística con imprecisión, acumulando en la palabra textos inclasificables, que no encajan en ninguno de los géneros definidos, porque sus autores lo han querido así. Tales textos se clasifican, tanto en las bibliotecas como en las categorías críticas, en la sección de Miscelánea, lo que, de hecho, coloca su valor por debajo de todos los géneros, en la etapa del balbuceo, de la invención no lograda, del experimento fallido, de la rebeldía sin objeto. La rebeldía juvenil contra los géneros nada de valor ha logrado producir nunca en parte alguna. Es la mezcla inconexa de la miscelánea, que abarata la quincallería.

El Ensayo académico (científico, sociológico, etc.), como todo, se desactualiza, quedando para los investigadores en bibliotecas especializadas. Es una de las principales razones por las cuales se fue reduciendo el número de obras a considerar para este volumen. Otra es la delimitación del Ensayo, separándolo del Estudio, el Tratado y demás formas afines. Otra, que la selección se circunscribe al actual territorio de Antioquia, puesto que en Caldas, Quindío y Risaralda querrán hacer, para honra local, sus propias colecciones.

Se incluyen, a partir de don Baldomero Sanín Cano (1861), ocho autores nacidos en el siglo XIX, cuya obra, en realidad, pertenece al XX. El último de ellos, Luis Tejada, nace en 1898. Y se llega hasta el Nadaísmo, pues un sólo volumen no da para más.

El XX fue pródigo en estudios de toda clase, no sólo referentes a Antioquia, sino también a los asuntos nacionales. Predominantes fueron: Historia, Economía, Ingeniería, Geología, Comercio e Industria, Agricultura, Ciencias sociales, Literatura y Filosofía, temas todos de la mayor importancia. Entre las colonizaciones antioqueñas, la de Bogotá puede no ser la menor.

Algo que sorprende es comprobar los cientos de obras, muy importantes, realizadas con excepcionales talento y modestia, grandes en realidad, publicadas en ediciones de ínfima categoría, pobres y feas, de mínima circulación. Sincera admiración merecen los muchos que hacen trabajos ingentes para la actualidad, sin esperar nada del futuro. Y que no sólo lo hacen, sino que muchas veces por ello se les persigue.

Muchos añejos prestigios se deshacen al releerlos, porque su obra ha perdido vigencia. Partieron de premisas falsas, creencias de fe, observaciones no comprobadas, juicios a priori, lo cual invalida sus razonamientos, aunque se expresen en gruesos volúmenes. Y también se da el caso de obras admirables, olvidadas por prejuicios injustificados acerca del autor, en política, religión, procedencia o estilo de época, circunstancias independientes de su valor intrínseco. En cambio, por inercia y falta de sentido crítico, perduran reputaciones inmerecidas de obras que murieron sin que nadie se diera cuenta.

Pensadores y escritores no han faltado en Antioquia, sobre todos los temas de interés, pero sus ideas se pierden por falta de atención. Se nos enseña con error a olvidar el pasado. No ocurre así en los pueblos cultos. Antioquia ha dado magníficos maestros, pero no se ha querido aprender. Bien se dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver. El agotamiento de las fuentes de agua, la erosión, la desaparición de especies vegetales y animales, en síntesis, todas las calamidades actuales, fueron advertidas a tiempo por nuestros sabios, que no encontraron audiencia. De poco sirve la reflexión de los guías en un país que decidió no pensar; que se dedica al exterminio de los contrarios, en lo que sea; cuyos objetivos no coinciden con ningún plan nacional ni regional. Son patriotas quienes ven los problemas, los estudian y proponen soluciones que deberían ser al menos consideradas con seriedad. Pero a la administración pública la paraliza su misma complejidad. Su enorme gordura le impide moverse. Se le ha llamado paquidérmica. También se les dice dinosaurios a los burócratas. Poco a poco se irá encontrando su verdadera identidad.

La tendencia a la suspicacia ha hecho del antioqueño un pueblo amante de la claridad. Todo bien explicado, “para que no nos digamos mentiras”. Se cree que eso favorece el pensamiento, pero también sirve para identificar al contrario, a fin de silenciarlo por siempre. “En Colombia –escribe Jaime Alberto Vélez– donde en ocasiones no resulta posible ni siquiera la más elemental expresión de las ideas, difícilmente podría crecer con autonomía y feracidad el Ensayo, género que exige un ambiente y una temperatura benévolos, y hasta un aclimatador de novedades”.

El interés por el mundo confiere sentido a la existencia, porque nos hace partícipes. Es una de las funciones de los medios de comunicación. Y es también uno de los propósitos de los gobiernos y de las religiones, los partidos políticos, las organizaciones. Aislarse es perderse en sí mismo: lo más cerca de la Nada.

El contenido de este libro no son simples, efímeros y desatendidos artículos, sino Ensayos útiles, de autores que nos llevan a compartir su pasión por la vida y por el proceso evolutivo de lo que llamamos “espíritu humano”, expresión eufemística en busca de dignidad, confianza, autoestima, seguridad, trascendencia en la Tierra.

Hay mucho de provecho para seguir leyendo en la literatura antioqueña, que no es sólo narrativa y poesía. Se requiere saber encontrar, con un poco de olfato. Entre los libros más interesantes y mejor escritos del siglo XX en Colombia están todos los de Arturo Escobar Uribe. Quienes alcanzan a llegar a la clase media no ocultan su indiferencia por la suerte del país. Lo popular les huele mal. Olvidan que sus antepasados calzaban alpargatas los domingos.

La cátedra de Enrique Pérez Arbeláez no se escuchó en su tiempo, ni se escucha ahora, aunque muchas de sus enseñanzas conservan plena actualidad. Es una obra científica y tecnológica sobre plantas, animales, geografía, geología, historia, física, y otros temas relacionados con el campo. Sólo su tratado sobre plantas medicinales alcanzó notoriedad, por los beneficios prácticos que de él se derivaban. Lo piratearon cínicamente, con la consabida advertencia: “Se prohíbe la reproducción total o parcial...”, etc.

Su interés por los temas de Colombia hace que la obra de Luis Guillermo Echeverri Abad mantenga su vigencia, en especial como ejemplo. Muchas de sus páginas podrían repetirse en los diarios de hoy. Pero no se leerían, porque no son de farándula ni de entretenimiento ramplón. Ni de humor rústico, ni de chismografía. Y porque hoy no se aprecia la bella escritura. El país merecerá lo que le acontezca, a medida que todo se convierta en zona rosa, gracias a la televisión.

Los autores en la literatura antioqueña son, en su mayor parte, sacerdotes, médicos, abogados y profesores. Y casi todos parecen curas, incluyendo a Gonzalo Arango y a Fernando González. Esto le confiere un alto nivel intelectual, moral y cívico, y un valor literario excepcional, admirable. Podría pensarse que un pueblo con semejante literatura no puede perder su rumbo, que tiene en el pasado sustentación y norte. Y eso es lo que cabría esperar, si algún suceso impensado no se atraviesa en su destino. Este libro es por eso un acto de fe en Antioquia, por parte del Concejo Municipal de Medellín y de la Biblioteca Pública Piloto, para la educación popular.

El Ensayo es género del pensador, más que del filósofo. “Hasta Sanín Cano –escribe Jaime Alberto Vélez– la literatura colombiana había carecido propiamente de una autonomía real, por estar al servicio de una causa, cualquiera que ella fuese”. “El Ensayo consiste –sigue diciendo– en una visión personal obtenida, tanto a partir de diversas opiniones consultadas, como de una observación directa de los hechos. (...) Del ensayista se podría afirmar que consiste simplemente en un hombre que sostiene con gracia un punto de vista original”.

Ver los lugares de origen de los autores seleccionados proporciona un dato de interés con respecto a los pueblos de Antioquia:

Abejorral (2): Abel Naranjo Villegas. Jaime Jaramillo Uribe.

Amagá (1): Belisario Betancur.

Andes (4): Arturo Escobar Uribe. Pedro Restrepo Peláez. Gonzalo Arango. Roberto Cadavid Misas (Argos).

Anorí (1): Darío Ruiz Gómez.

Barbosa (1): Luis Tejada.

Copacabana (1): Cayetano Betancur.

Donmatías (1): Luis López de Mesa.

El Carmen de Viboral (1): Carlos Jiménez Gómez.

Envigado (3): Fernando González. Jorge Yarce. Eduardo Escobar.

Guadalupe (1): Alfonso Jaramillo Velásquez.

Jericó (3): Luis Guillermo Echeverri Abad. Héctor Abad Gómez. Manuel Mejía Vallejo.

Marinilla (1): Alfonso García Isaza.

Medellín: (7): Alejandro López. José Manuel Mora Vásquez. René Uribe Ferrer. José Guerra. Uriel Ospina. Jaime Sierra García. Jorge Orlando Melo.

Pueblorrico (1): Carlos Eduardo Mesa.

Rionegro (5): Baldomero Sanín Cano. Laureano García Ortiz. Félix Ángel Vallejo. Joaquín Vallejo Arbeláez. Samuel Syro Giraldo.

Santa Bárbara (1): Abel García Valencia.

Santa Fe de Antioquia (2): Fernando Gómez Martínez. Javier Arango Ferrer.

Sonsón (1): Antonio Álvarez Restrepo.

Urrao (1): Froilán Montoya Mazo.

La división por siglos es tan arbitraria como cualquiera otra, pues cada día empieza un nuevo siglo. Algunos autores nunca permiten que aparezca en sus libros su lugar de origen, ni su fecha de nacimiento, porque pretenden ser universales e intemporales, o tal vez divinos. Si acaso, dicen: “En un lugar de Antioquia, en una fecha de la cual no quiero acordarme...”. A ellos les advierte Gonzalo Restrepo Jaramillo: “El tiempo es incompatible con la eternidad”.

También hay libros que carecen del pie de imprenta, sin lugar ni fecha, ni índice de contenido, ni datos del autor. Son libros fantasmas. En otros, como los de Estanislao Zuleta y Jorge Artel, la advertencia es tajante: “Prohibida su reproducción total o parcial, por cualquier sistema de impresión y con cualquier finalidad, comercial o académica, incluidas las lecturas universitarias”. No deja de ser curioso que en una colección titulada Universidad se prohíban las lecturas universitarias. Nadie más apegado al centavito que los generosos revolucionarios. No sin razón, anota Jaime Alberto Vélez: “En la tradición colombiana suele reducirse al lector a la condición de copartidario, alumno o feligrés, cuando no a la de enemigo, bárbaro e infiel”.

Horas de literatura colombiana, de Arango Ferrer, considera los géneros en orden de importancia. Empieza con el Ensayo y concluye con la Poesía. No leyó a José María Vargas Vila: “No existe mejor vehículo para la propaganda de un ideal que la Poesía. Como inspiradora de heroísmo nada hay igual a la Poesía, desde los tiempos de Homero. Los poetas crearon a los dioses, y han inspirado todas las artes”.