Aquella tenebrosa noche de 1858

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 66

Sobre Ciudad de Moreno: origen y destrucción, de Nayder Yesit Magdaniel Ojeda — Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura y las Artes de la Guajira, Riohacha, 2002, 148 págs., il.

Ver PDF original escaneado →

En la historia de la convulsionada vida de la Guajira, narrada por arijunas, queda todavía mucho por contar. Noveles investigadores locales, con variable fortuna, escudriñan en la reticente tradición oral y en inciertos vestigios, procurando agarrar los escurridizos datos que va dejando la memoria colectiva, a fin de dilucidar aspectos de un pasado que escapa al registro escrito porque nadie vivió para contarlo.

El libro en referencia trata de alcanzar los últimos rastros que se fugan de una población que, habiendo gozado de importancia en su época, desapareció completamente una noche de 1858, incendiada por los Guayú. Se desconoce la fecha exacta de éste, como de otros acontecimientos en la Guajira, por falta de documentación. Aún el cálculo de los años resulta incierto. Un caserío de cimarrones llamado Jacob, atacado por los Hoscos (defensores del partido conservador en la guerra de los Mil Días), «quedó convertido en un pueblo fantasma y sus viviendas de barro y madera desaparecieron por la acción del tiempo». Tiempo, no se necesita mucho. Un rancho que viste ayer cuando pasabas, puede ser devorado por la arena durante la noche, y al día siguiente, si regresas, ya no estará en su lugar la estrellita orientadora que era el rancho. Además, un rancho puede ser solamente una enramada de yotojoro, es decir, un paravientos, como una mano abierta contra la brisa del mar. Al anochecer se colocan las tres paredes laterales, que descansaban por ahí durante el día, y se cuelgan los chinchorros. Lo que no significa que se duerma, porque el frío, porque las ponzoñas nocturnas, porque los ruidos de la noche, porque los visitantes inesperados, no siempre amigos. Por todo ello se prefiere dormir al calor del día, acompañado por el perro. Unos duermen; otros vigilan. Como en el Paraíso.

Estábamos hablando de los poblados desiertos. Si usted ha pasado por alguno, lo ha recorrido al atardecer con curiosidad y aprensión, y ha entrado sigilosamente en sus casas, cuyas puertas batidas por el viento asustan a los fantasmas, en el fondo de esa desolación habrá escuchado los ecos de la historia: la guazábara de hordas indígenas en siglos pasados; o los gritos de los civilizados asaltantes contemporáneos en nombre de ideologías asesinas, que provistos de armamento militar se encargan de asolar el campo para adueñarse de la tierra. Hoy como ayer, el mapa de Colombia sigue alfilerado de localidades abandonadas por causa de la violencia. El esfuerzo de construir un pueblo se simboliza en una casa dentro de la cual ha crecido un árbol que saca sus ramas por la ventana para asolearse.

En la Guajira los asentamientos han sido destruidos una y otra vez durante siglos, por toda clase de motivos, empezando por los frecuentes ataques de corsarios sobre Riohacha —la perla de las perlas— hasta el día de hoy en que usted lee esta página y recuerda que durante quinientos años no hemos tenido sosiego. Y de ahí sacará sus conclusiones. Villas y aldeas se vuelven a construir sobre sus ruinas, o un poco más allá, en un paraje menos vulnerable. Destruidas de nuevo, renacen otra vez, y en esas condiciones no es mucho lo que se puede adelantar. En las orillas de los ríos los pueblos devastados, y el espíritu nacional abatido. Sin embargo, tenemos crítica literaria y hermenéutica, y muchos seminarios y simposios. Y hasta rondas de poesía, para disimular. Qué le parece.

No se aparta del tema la reseña. Estos son los hechos. Desde tiempos precolombinos la Guajira estaba habitada por diversas etnias en oposición, o de precaria convivencia. Llegan después por mar los invasores, premunidos con títulos de descubridores y conquistadores, que no son más que ladrones en busca de perlas y de oro, del cual estaban repletos los guanebucanes. Con la intromisión de nuevos enemigos se agravan las cosas. En consecuencia, «el distingo de raza, familia, religión y clase social ha perdurado desde tiempos inmemoriales en la mente de los habitantes de La Guajira». Todos los ingredientes necesarios para el enfrentamiento permanente. La rabia ancestral. La venganza exterminadora. Desde comienzos del siglo XVI muchas fundaciones se establecen, que pronto son destruidas y borrados sus caminos. Los caminos en la Guajira no hay duda que caminan. Como los cubre la selva chocoana en un día, asimismo se pierden en la tierra arenosa, disimulados por alguna yerba seca. En página 59 se menciona «…un camino de muy poca duración que lo utilizaban los Hoscos que salían desde Calabacito, sierra a sierra hasta la zona de Tomarrazón, en busca de los liberales para asesinarlos».

Si el autor se limitara a narrar el origen y destrucción de Ciudad de Moreno, ese hecho aislado quedaría reducido a una anécdota carente de sentido. Por eso debe considerarlo en el contexto de la historia general de la península, a fin de que resalte, como se dice, sobre un telón de fondo.

Es una historia compleja, con muchos episodios antiguos y recientes convertidos en leyenda por falta de crónica oportuna, o por la tendencia natural hacia los mitos y fábulas como forma de perpetuar personajes y sucesos de una época sin registros históricos. También para magnificar los orígenes. De un día para otro, sucesos normales se transforman en fantásticos relatos. No hay mentira en ello. Se acude a la poesía para transformar la realidad. Como cuando usted quisiera irse a vivir en ese paisaje paradisíaco que le ofrece la propaganda, por detrás de la cartulina infestado de mosquitos y culebras.

Por eso mismo la brujería tiene aún tanta importancia en la Guajira, ligada a la botánica y las malas artes que apelan sin escrúpulos a cualquier artificio. La iniciaron los blancos para atemorizar a esclavos negros e indígenas, y luego éstos perfeccionaron el truco y lo usaron contra los invasores. Sin avisos. Sin amenazas. El verdadero mago actúa en secreto y nadie se entera nunca de nada.

A los esclavos los marcaban en la cara con el hierro encendido que identifica los ganados. Pero la historia siempre ha calificado como héroes a los conquistadores, y como bárbaros y salvajes a los pueblos sometidos. Sigue siendo así. La cacería de indios, típica en la colonización amazónica, se sigue practicando en Colombia con total impunidad.

Por tanto, la historia distingue entre las genealogías de blancos y mestizos. Ganaderos, contrabandistas, agricultores en las zonas fértiles. Algunos patronímicos sobreviven, y los repetidos nombres: Nístel, Envar, Nolca, Rusmine, Jesuris, Yulitza, Elier, Enar, Eudanith, Yideth, Esleidis, Yesnaider y Libellys.

Entre todos, algunos se destacan, como Francisco el hombre, cuya historia se cuenta al final. Dice el libro que nació en Jacob, el 13 de junio de 1880 y falleció en Villa Martín el 17 de octubre de 1853. Así es como está escrito. Por algo trovaba con el diablo.

Las primeras líneas de la reseña indican la trascendencia de la obra. Pero también, a nuestro pesar, se deben señalar los defectos que convierten en nugatorio el esfuerzo del autor. El primero es la pésima redacción: falta de concordancia gramatical y de concatenación, palabras en sentido errado, fechas equivocadas, negligente digitación, exposición desordenada y repeticiones innecesarias, a pesar del orden aparente, indicado por la nomenclatura derivativa. Aunque se empleara de acuerdo con la norma, es un procedimiento académico, no de historiador. Como si Dios tuviera que repasar las normas Icontec para ordenar los acontecimientos universales. Pero el orden divino es bastante caprichoso, por decir lo menos.

Algunas muestras, para sostener lo dicho:

Página 17: «…nos distinguimos entre sí en algunos aspectos».

Página 19: «…saber qué grupos indígenas habitó el terreno donde se levantaron cada uno de nuestros pueblos».

Página 38: «Alonso de Ojeda llegó al Cabo de la Vela en el año de 1949».

Página 79: «…el maíz, planta originaria del valle del río Magdalena».

Página 88: «…a los lados lleva dos asas u orejas, es decir, una a cada lado del recipiente».

Página 97: «…la frescura de los cálidos, pero agradables aguas de la quebrada El Salado».

Página 103: «…cuando los castigos residentes en Riohacha».

Página 109: «La lucha independista aunque tácita para los pobladores de la Península de La Guajira, le harán reconocer al lector cuánto fue su importancia para la conformación del Estado colombiano».

Página 116: «Las causas antes referidas estratificó a los nativos en un nivel social bajo».

Las erratas, en fin, darían para llenar muchas páginas. Y las fechas inexactas afectan la credibilidad.

La falta de dominio sobre el conjunto deja partes inconexas, incompletas u oscuras. La historia del acordeón, por ejemplo, va intercalada en el subcapítulo «Caminos de herradura», sin que se establezca la relación. El tema se esconde en la carencia de índices complementarios al Contenido.

El volumen desconoce por completo el arte de la composición gráfica. La impresión barata, la falta de diseño, el exceso en el uso de mayúsculas, la encuadernación que se deshoja fácilmente, son todos defectos de un trabajo no profesional. Puede mirarse con simpatía, como un esfuerzo local sin los recursos técnicos; o también como desperdicio por no aprovechar mejores posibilidades editoriales en otra ciudad. Falta un mapa de la Guajira a dos páginas, para seguir las rutas trazadas en el relato, y los tres grabaditos que tiene son de una pobreza escolar. El último párrafo del prólogo dice: «Éste es un texto de redacción simple, para que su contenido sea de rápido entendimiento». La redacción, precisamente, no ayuda a eso. El hecho de estar tan mal escrito hace que se pierda todo el interés que la historia podría tener.

Jaime Jaramillo Escobar