La tierra del olvido, la indiferencia y la ingratitud
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2004 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 41, n.º 67
Sobre La aldea invisible, de Clinton Ramírez C. — Alcaldía de Ciénaga, Casa de la Cultura de Ciénaga, Tipografía Unión Ltda., Barranquilla, 2001, 141 págs.
El libro objeto de esta reseña empieza mal desde la portada, pues se hace figurar como lo que no es, truco empleado en todo el volumen. O magia costeña. En efecto, aparece así:
La aldea invisible
Clinton Ramírez C.
(Selección)
Lo cual se entiende como selección de la obra del autor mencionado. Debió decir: Selección, prólogo y notas de fulano de tal. El prólogo, escrito por él mismo, se refiere a sí mismo diciendo de sí mismo:
Página 7: «…es instituido en Ciénaga el Encuentro regional de escritores, en el que surge Clinton Ramírez C.»
Página 8: «Es un momento exorbitante de la narrativa del país y la Costa Caribe. A él hay que inscribir la obra prima de Clinton Ramírez C.»
Página 9: «Me atrevería a decir que la literatura de Clinton Ramírez C. no puede pensarse tampoco fuera de la órbita del autor de La casa grande».
Además, la página inicial aparece firmada en 1537, una de las fechas probables de la fundación de Ciénaga, para indicar así la identidad del prologuista con la ciudad, desde el primer día de su controvertida creación.
En realidad, el libro contiene una selección de textos que, desde el punto de vista del compilador, tienen algo qué ver con el municipio de Ciénaga (Magdalena). Algunos son de escritores nacidos allí y otros no, pero que por cualquier motivo se convierten en cienagueros. Es el caso de Álvaro Cepeda Samudio, nacido en Santa Marta y en Barranquilla y en Ciénaga, según la fuente que usted consulte. «Aunque nacido en Barranquilla, se reconoció cienaguero. Su cédula lo atestigua», dice la nota biográfica.
El cuento que se incluye de Cepeda Samudio es un borrador sin revisar, cuyo asunto, muy propio de la región, se malogra por el descuido y la prisa del impulsivo autor, que sabía su tiempo limitado. Se trata de un breve relato de ocho páginas, titulado Cuando llega Fray Bartolomé…, lo que parece indicar que ni el título recibió de primera mano.
Otra página que se presenta con mucho encomio es un relato de Rosa Marrero (Niña Rosita), del cual se afirma que «…según el poeta y narrador Álvaro Mutis, Aquiles era un santo es uno de los mejores [cuentos] que la literatura del país haya concebido». Resulta difícil creer que Mutis avalara de ese modo un texto plagado de dislates históricos. El final de la autora, dictando a un amanuense cuando ya no podía escribir por sí misma, no coincide con la primera versión de su muerte. La primera versión de un suceso suele ser la correcta. Después vienen las interpretaciones y la investigación de los interesados en tergiversar los hechos. Que un moribundo dicte en Barranquilla, a 39° centígrado, ocho páginas truculentas sobre asuntos bizantinos mientras se va apagando lentamente, como un cabito de vela frente al horizonte marino, tal vez podría explicar los disparates. El autor de la reseña conoció a Rosita Marrero y supone que le están montando, al estilo del litoral («donde el rumor es una ciencia exacta»), una leyenda que en nada beneficia su memoria. Ella, tan querida por todos los que la trataron, como agente de seguros y como amiga, no podría, en su condición de mujer hermosa que fue, y excelente ejecutiva de ventas, desfigurar su imagen pública en el último momento. Por eso prefirió enfrentarse sola a su destino mortal.
Explica el antólogo en la introducción que Ciénaga es «el pedazo de tierra con el mayor índice de poetas por hectárea». Por eso deslinda competencias y advierte oportunamente que los escritores seleccionados están «libres de cualquier sospecha como poetas o historiadores». Para confirmar su convicción de manera explícita y tajante, del capítulo titulado Ciénaga en nueve miradas y un poema, eliminó el poema. Pero los historiadores se le colaron con nueve páginas que resultan imprescindibles. Porque ése es el resultado de la intransigencia de los narradores al apartar a los demás con el codo. En vez de reconocer que toda la literatura es el mismo arte. Y que ellos también cometen sus poemitas.
El libro se presta para muchas glosas, pero no es ésa la intención de la reseña, sino más bien encomiar que sean los propios habitantes de cada lugar quienes se ocupen de su cultura, en vez de esperar que sigan viniendo los europeos a estudiarnos con lupa y ver de qué nos pueden despojar. Si de pronto hay alguna minita de diamantes que antiguamente explotaron los jesuitas, o cómo se puede civilizar la zona esmeraldífera, o si todavía queda algún orito en un lugar del Chocó o de Medellín, donde caen muchos rayos, porque los rayos —ellos saben— confluyen siempre en los depósitos de oro. Por eso tienen que poner tantos pararrayos en los edificios del Banco de la República.
Libros como éste, hechos para llenar hojas de vida y conseguir méritos lugareños, desacreditan la literatura de provincia. Por eso es necesaria la crítica. Una forma de aprender. Con las mejores intenciones la edición se ordenó en Barranquilla, donde no existe tradición editorial. Carente de diseño, en futura negra sin partir palabras al margen, lo que ocasiona líneas calaverudas, encuadernado con tres ganchos para que no se desencuaderne ni se pueda abrir, con un índice que escamotea los nombres de los autores, si esto fuera la literatura no habría cosa peor.
En la indolente Ciénaga, autocalificada como «la tierra del olvido, la indiferencia y la ingratitud», abundan poetas, historiadores y cuentistas, tienen revistas literarias, reuniones públicas de escritores, y una iglesia de san Juan Bautista, que presidió los asentamientos indígenas en la Colonia. Pero no pescan, porque siempre han estado en huelga de hambre. Escribe Álvaro Cepeda Samudio (página 27): «Está tan arraigado en la mente del cienaguero el total desconocimiento del mar, que hoy, que se halla en ruina por el desastre de la Zona, se ve al hombre que fue trabajador de las fincas deambular por las calles, hambriento y haraposo, morirse de hambre antes que ocurrírsele arrojar al mar una atarraya o un anzuelo. Y es más: la totalidad de pescado que se consume en la población es traído de un pueblecito cercano, Pueblo Viejo; casi nunca pescado en la bahía. Este hombre arruinado que va a la playa a soñar con el fin de la guerra y la vuelta a la holgura con el regreso de la Compañía Frutera, ve surgir del seno de su mar, en vez de la redada rica en peces que brillan al sol, el espejismo ilusorio de la mata de guineo».
No les enseñaron a pescar. Ni a ellos ni al resto del país. Queremos que todo nos sea dado. Porque son los maestros los que durante varios decenios han venido dirigiendo realmente al país, orientándolo hacia la izquierda. Si es necesario hacer reformas, no se olviden de la educación. Por ahí comienza el problema. Es un problema filosófico. Pero no con la censura y el genocidio, sino con la verdad. Verdad que no se puede decir oculta una mentira.
Jaime Jaramillo Escobar