En la literatura colombiana espantan

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1994 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 31, n.º 37

Sobre Horas de literatura colombiana, de Javier Arango Ferrer — Colección Autores Antioqueños, vol. 78, Medellín, 1993, 285 págs.

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Aunque se trata de libro conocido, con varias ediciones, justifica este comentario el hecho de que fuera adicionado en ciento dieciséis (116) páginas con respecto a la edición de 1963 (Imprenta Departamental de Antioquia, 169 págs.).

La edición inicial (Buenos Aires, 1940) y la colombiana (23 años después) recibieron unánime aprobación, pasando a ser el tratado más apetecido en su género contra los aburridos textos anteriores de estilo jesuítico.

Por ese manual, cuyo primer título fue Dos horas de literatura colombiana, el autor ingresó de pleno derecho en la reducida lista de importantes críticos nacionales, así no hubiese derivado de ello beneficios, lo que a su escepticismo poco le importaba.

Paradójicamente, la edición aumentada y corregida desmejora. Las correcciones no fueron hechas para rectificar algo, sino para manifestar sentimientos y caprichos de última hora. La ampliación muestra una sensibilidad rezagada y el desánimo que permite al docto incurrir en incuria.

A lo anterior se agrega la descuidada edición, que exigía una fe de erratas, dada la importancia de la obra. Se cuentan al menos ciento treinta y cinco (135) errores de imprenta por el siguiente tenor:

Pág. 10, dice: Enhorabuena este recorte editorial que realiza la Colección de…
Debe decir: (¿«recorte»?).

Pág. 21, dice: Eduardo Calderón.
Debe decir: Eduardo Caballero Calderón.

Pág. 118, dice: Por el tiempo amodorrado de Israel y de su hijo pequeño…
Debe decir: de Isabel (se refiere a Isabel viendo llover en Macondo).

Pág. 164, dice: La bibliografía acerca de Castellanos llenaría todo un verano.
Debe decir: (¿«verano»?).

Pág. 167, dice: Pelícano de frutas de granada.
Debe decir: Pelícano de frutas la granada.

Pág. 197 (Poema de Abel Farina). (Transcripción con varios errores).

Pág. 200, dice: el 28 de mayo de 1896.
Debe decir: 24 de mayo (muerte de J. A. Silva).

Pág. 231, dice: ¿Cómo gritar lo que viene.
Debe decir: ¿Cómo gritarle que viene.

Pág. 256, dice: en un accidente de tránsito a los 35 años de edad.
Debe decir: 45 años (muerte de Gonzalo Arango).

Págs. 257-258 (Transcripción de un poema). (Totalmente errado).

Pág. 259, dice: improvisadas angustias existentes.
Debe decir: existenciales.

Así mismo, palabras cambiadas (paz por pez), o palabras cuya falta no fue detectada y la frase pierde su significado: «el armazón de una obra con más amplios y mayor holgura de estilo» (pág. 58).

Cuando las erratas se dan por centenares no se trata de algo que pueda pasar inadvertido, dada su incidencia nugatoria sobre el esfuerzo de estilo en el texto.

Es de notar que el autor designa su trabajo, no como historia sino como ensayo de divulgación, lo que le permite la elasticidad deseada para hacer constar sus criterios u opiniones, rehuyendo de paso los ajenos juicios y consciente de que en Colombia no existe la crítica de la crítica.

La misma crítica se muestra decreciente. Editor y lector fundamentan su desconfianza en la relatividad y subjetividad del oficio crítico, que tantas veces se equivoca, mereciendo por ello un descrédito irremediable.

Los extensos agregados y las modificaciones que se intercalan a lo largo del libro desde la primera página le convierten en una especie de palimpsesto y, pese a su evidente utilidad, en no pocos casos sólo contribuyen a mermar la categoría de una obra en la consideración del público.

En cuanto a las supresiones editoriales, la peor es la del prólogo del autor con su explicación preliminar sobre el estudio que presenta, por lo cual debió mantenerse.

Las dificultades del arte de leer preservan el prestigio de autores sobresalientes que permanecen indiscutidos. Además, la discusión intelectual terminó en el país desde hace muchos años, cuando se estableció la mutua complicidad.

Dos horas de literatura colombiana es uno de esos libros cuyas cualidades minimizan sus defectos, por los cuales se exonera gustosamente al autor. Las dudas comienzan cuando se fija el texto definitivo, que pasará a la posteridad, dando origen a nuevas preguntas.

Los años transcurridos desde entonces hacen inútil repetir su elogio. Lo que no se ha hecho es la glosa, a la que da lugar la reedición, porque actualiza el tema.

Las observaciones podrían ser numerosas. Se señalan algunas, brevemente:

  1. Perduran los abundantes errores tipográficos de la edición anterior, que se tomó como original, por no haber sido corregidos.
  2. La falta de un índice onomástico en una obra de este género se considera hoy en día como notorio defecto editorial.
  3. En las adendas e interpolaciones resultan demasiado visibles los peligros del remiendo cuando falta la paciencia para el pulimento y el retoque: repeticiones frecuentes, descuidos de estilo, escasa reflexión, trozos mal ensamblados, inclusión de párrafos netamente periodísticos con personajes de ocasión o comentarios por fuera de la historia, y por último, aminorarse en sentimientos poco dignos que cuanto más humanos se consideren son menos propios del maestro.
  4. El llamado «empastelamiento» ha sido un lamentable caso en tipografía, no eliminado, sino, por el contrario, en aumento mientras más sofisticado sea el equipo procesador.

    Pero lo extraordinariamente raro es el empastelamiento del texto en la composición del autor, lo que sucede varias veces, quizá por el método de trabajo adoptado, por incomodidades físicas, por distracción, o a causa de los consabidos duendecillos que rondan por este mundo endiablado.

  5. En la modificación de párrafos ocurren desbarajustes por integrar de prisa nuevos datos o cambiar conceptos y muchos períodos quedan frecuentemente sin sentido.
  6. Cuando el escritor no revisa su texto, o lo hace apresuradamente, pasan inadvertidos los defectos propios del primer borrador, que suelen consistir en la repetición cercana de palabras o desinencias, la cacofonía, la aliteración inconveniente, las rimas involuntarias y demás imperfecciones con las que surge el pensamiento, que luego será pulimentado por la destreza en el artista del lenguaje. De tales achaques están plagadas las páginas de quien fuera maestro en el estilo. Ejemplo: «En medio de la disciplina más estimulante que pueda apetecer en medio del silencio» (pág. 250).
  7. En la ampliación de la obra el autor repite cosas: ideas, citas, párrafos, episodios, observaciones, críticas, comentarios, chistes, datos, curiosidades y regaños.
  8. La lectura comparada de las dos últimas ediciones muestra párrafos y apartes eliminados, o quizá perdidos, porque no se ve la razón que explique el corte.
  9. Aunque intenta justificarlo, la presentación de autores por fuera del orden cronológico contraría la didáctica de la historia y sólo muestra pereza del escritor en el manejo de sus materiales, excepto cuando se trata de poner a un don nadie al lado de una figura de primer orden, tal vez con la intención de empequeñecerlo aún más.
  10. Con vaguedad impropia de la historia, pierde de vista la dimensión de su obra, entra en el monólogo y olvida al lector. Ejemplo: «Mejía Vallejo se mueve como un poeta en su último libro» (pág. 250). ¿Cuál libro?
  11. Las obsesivas reiteraciones acusan la pérdida de interés en su trabajo por parte del autor para la época en que el texto fue adicionado. Ejemplo: leyenda sobre Eduardo Castillo en págs. 212 y 223. El escritor didáctico repite ideas; no chismes. Pero éste era uno de los vistosos cartones que exhibía ante sus oyentes fascinados por la expresividad de sus manos de actor cuando modelaba en el aire personajes y situaciones de intencionada comicidad.
  12. Las muestras de poemas que se incluyen no responden a un propósito definido. Vienen al acaso, sin correspondencia con la estructura del libro y a veces aparecen erradas, como en pág. 197.
  13. Constantes pifias proceden de análisis defectuosos. Ejemplos: a) pág. 128: «La América hispanoparlante será adulta y habrá cumplido su destino el día en que los países hermanos lleguen a la madurez civilista de Colombia». b) «Hoy Colombia goza de la paz en la más sólida democracia americana».
  14. Alternativamente descuidado y puntilloso, el texto revela la impaciencia por la cual el orfebre destroza lo que pule.
  15. Todos los libros contienen errores. El lector se defiende como puede, pero su credulidad se debilita y cada vez encuentra menos fácil la lectura. En la obra que se reseña pueden hallarse falsedades e inexactitudes, algunas elementales, como en pág. 176: «… rasgó Beethoven la Sinfonía Heroica dedicada a Napoleón cuando el corso tuvo la ocurrencia de…». Lo que Beethoven rasga impulsivamente no es el original de la sinfonía, sino la página titular en la que ha escrito el nombre de Bonaparte.

Además de señalar defectos y errores notorios, debe la reseña ocuparse también del comentario a la parte conceptual, aunque ello sólo sea posible parcialmente, sin la prolijidad del ensayo.

Pocos escapan al distanciamiento de las generaciones, y al historiador no le alcanza la sensibilidad para acercarse a la poesía que se aparta de la tradición local. Por eso entre los últimos inspirados sólo acepta a Giovanni Quessep como «portador del dulce aire que viene desde las viejas cortes italianas siempre nuevo», y se opone a toda ruptura y a nuevas formas del verso que descalifica como «feísmo». Resulta fácil adivinar con cuánto regocijo hubiera recibido la malévola sentencia del poeta venezolano Enrique Hernández D'Jesús: «Las nuevas generaciones están en degeneración y degeneran de generación en generación».

En pág. 240 enjuicia a Álvaro Mutis: «Si ha perdido la magia de sacarle al idioma sus más secretos tesoros, no se explica su fama de gran poeta. […] Aunque escribe hermosos poemas, yo prefiero su prosa». Sin duda se equivoca en esa apreciación y de ahí en adelante sobre toda la poesía de la segunda mitad del siglo. Con respecto a Mario Rivero expresa algo semejante en pág. 263: «En poesía no ha salido de las migajas. Lo prefiero como prosista».

Resulta contradictorio que hubiera reflexionado tanto sobre poesía quien siempre proclamó la inutilidad del verso y la indiscutible superioridad de la prosa. En pág. 262 escribe: «La poesía es hoy, con raras excepciones, un género anecdótico menos agradable que la prosa de todos los tiempos. Abandonó los relatos del hombre y del poeta esencial para despoetizarse en los contornos parroquiales olorosos a pachulí, a burdel y a repollo».

En pág. 272 refuerza su argumento: «La poesía es hoy un arte inútil por falta de lectores cotidianos. El hombre promedial contemporáneo tiene a su alcance atracciones más a la mano para entretener y anestesiar el tiempo con el mínimo esfuerzo, sin tener que ponerse sentimental con problemas ajenos y en situaciones anímicas fuera de la época».

Los partidarios de la poesía pura (no debe decir, sino sugerir) son simples voceros de una de las tantas teorías que intervienen en la incesante disputa literaria, se postulan dueños de la verdad y tratan de imponer forzosamente el gusto estético de su preferencia por sobre todos los demás. «La poesía de tesis —se lee en pág. 265— es una incómoda verruga del idioma». La poesía sin tema plantea la tesis de que la poesía no debe tener tema. No tener tema para escribir es la mayor pobreza del hombre de pluma. Y todo lo que se dice o no se dice es una tesis que propone quien razona o calla.

La tortuosa discusión del ensayista sobre poesía (poesía sí, poesía no) corresponde a una vieja inquietud humana resuelta cada día en la práctica por los poetas y refleja de su parte una secreta fe. Lo expresa en esta línea de la página 247: «Quizá la lentitud regrese a este mundo, prodigiosamente infeliz, en forma de poesía».

Si el universo mismo no sirve para nada, exigirle utilidad a la poesía es el mayor elogio que se le puede hacer.

Divide el autor su estudio en cuatro partes: ensayo, novela, cuento y teatro, poesía. La primera se propone demostrar que «una literatura se hace adulta por el ensayo». En la tercera resulta curioso que el cuento no se incluya en la narrativa con la novela, sino que se adicione al teatro, y la poesía en último término quiere significar la menor importancia del género con respecto a los demás. Otros géneros, como la historia, salieron de la literatura y por eso será que a los nuevos historiadores colombianos ya no les importa escribir bien. Ni siquiera saben gramática. Algunos desconocen por completo el español, como si quisieran hacer pasar sus obras por traducciones.

La literatura entra en decadencia cuando se perfeccionan los métodos de composición, impresión, edición y distribución, porque al mismo tiempo se implantan también los que van en su contra: principalmente impuestos, con el objeto de orientar a las gentes hacia los nuevos sistemas de la civilización audiovisual que garantizan un mejor control de la población. «El hombre que piensa es nuestro enemigo», dijo un papa. Los impuestos al libro elitizan la cultura, antigua política colonial que aún persiste. Los gobiernos privilegian la guerra y los deportes, porque eso contribuye a conservar una población sana, como se observa en la inhumación diaria de combatientes y en las ciudades deportivas en donde no se ven sino clínicas de fracturas y todo el mundo enyesado.

Escribir es perder difícilmente el tiempo. En la cultura el tiempo es lento. Este año conmemoramos el centenario del nacimiento de León de Greiff y su poesía aún permanece incomprendida. Los nuevos poetas se resisten a ella, como lo hicieran los contemporáneos del maestro. «Eduardo Arias Suárez (pág. 135) escribió para la posteridad paturra que lo juzga sin haberlo leído».

Sorprende considerar lo nueva que es nuestra historia. La mitad de ella la han vivido muchísimos colombianos a quienes todavía hoy podemos interrogar. Tanto más cuanto que el presente siglo ha sido de una espectacular agitación. Varias revoluciones hemos vivido sin tomar conciencia de ellas. Todo ha cambiado en este siglo, menos los jóvenes.

La curiosidad que sentía el doctor Javier Arango Ferrer por las manifestaciones de la vida lo llevó a sostener relaciones de amistad con algunos integrantes del nadaísmo, en especial con Gonzalo Arango, quien siempre le honró muy gentilmente con el mayor aprecio y acatamiento. Sin embargo, la comprensión del nadaísmo se le escapaba, por toda clase de motivos. De Gonzalo dice que era «un escritor desorientado».

El nadaísmo es una filosofía. No se ha entendido eso. Cuando se analice, se entenderá.

Conocí a Javier Arango Ferrer en el despacho del doctor Eduardo Mendoza Varela, autor, entre otras obras, de El Mediterráneo es un mar joven, cuya segunda edición aparece en 1989 como volumen 30 de la Colección Guberek. Mendoza Varela era un viajero culto y un exquisito escritor. Puesto a la consideración de un turista ligero de equipaje, su libro puede parecer fuera de época. Pero resulta inolvidable para quienes pueden apreciar el estilo en español. No son esas páginas que los turistas van arrancando de los libros de pacotilla en trenes y autobuses a la velocidad de los vientos.

Javier Arango Ferrer se distinguía por la inteligencia y sabiduría. Despreciaba su época, y por eso se marginó. Hombre de altivo porte, de recia voz, de noble ademán, sabía ser, sin embargo, sencillo y amistoso como un príncipe desencantado. Pero tenía lengua de dragón, y si era preciso la sacaba.

Por su vasta ilustración era un humanista. Su conocimiento de todas las artes y su sensibilidad poética regían sus gustos y preferencias en una vida austera, de inestable residencia, orientada por valores espirituales que no coincidían con los de la sociedad colombiana actual. De ahí su actitud crítica, que lo hizo respetable, pero no querido.

Su nomadismo no le permitía archivos propios ni el manejo adecuado de las notas, por lo que confiaba en su excelente memoria, con el riesgo que eso supone. En el capítulo sobre poesía (pág. 231), al referirse a La vida pública, de Arturo Camacho Ramírez, afirma lo siguiente: «es un poema en cuartetas eneasilábicas, con la vida de una ramera y un acento de balada. Si el autor hubiera escrito este desolado poema en Londres, su fama tendría el prestigio de Inglaterra, pero lo escribió en Colombia y su libro quedará como una joya escondida, que X-504 encontró pesada porque es de oro y de otra generación». Tan escondida que nunca la he visto, por lo cual jamás me he referido a ella. Con el agravante de que el metro que más aprecio, por su llaneza y aparente simplicidad, es precisamente el eneasílabo asonante, lo que hace muy improbable que pudiera parecerme «pesado».

La ciencia no acepta a la poesía sino como amanuense y encuentra poetas dispuestos a servirle para poner en verso o buena prosa a los divulgadores científicos. El científico no puede ser buen poeta, porque como poeta estaría al servicio de su ciencia. Sería entonces un versificador, no un poeta. Puesto que el artista es soberano, nunca servidor, esa antinomia no puede ser resuelta en un individuo. En el médico escritor, el escritor está siempre subordinado al médico.

Javier Arango Ferrer era uno de esos médicos que creen en Dios, dan cabida a supersticiones y dudan del destino del alma. Con dramatismo estremecedor, contaba espeluznantes historias de ultratumba, sólo para divertirse viendo el efecto que producía en su auditorio. Si había allí algún niño, salía verdaderamente espantado.

—«Si hay vida más allá de la muerte (me dijo a fines de 1982), vengo en la noche a jalarte las patas para avisarte. ¿De acuerdo?». —«De acuerdo, Javier», le contesté, seguro de que tal vez no vendría.

Al recibir noticia de su fallecimiento comencé a dormir con los pies descubiertos, para que le quedara fácil agarrarme. A la tercera noche, poco después de las tres, escuché nítidamente la estentórea voz de Javier, resonando en la oscuridad:

—«¡Negativo!»

Jaime Jaramillo Escobar