Glosas a un texto sobre didáctica de la poesía
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1991 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 28, n.º 27
Sobre Rostros de la palabra (poesía colombiana actual) — Selección, prólogo y notas de Luis A. Ramírez Orjuela, Mauricio Contreras Hernández y Rafael del Castillo M. — Lecturas Magisterio, Bogotá, 1990, 176 págs.
Amerita estas glosas el alcance que la obra pretende y está llamada a tener. Son observaciones marginales, más en tal cantidad que se tornan relevantes.
Mueve a sus autores y compiladores una intención didáctica dirigida a profesores de secundaria. Menos que un libro de texto, es sólo un ejemplo, parcial y limitado, según el propósito que lo inspira.
Componer antologías, recopilaciones, selecciones; todos esos conjuntos que resulta posible formar por agregados y notas hilatorias o sin ellos, es procedimiento fácil que permite firmar obras con buenos resultados editoriales. Lo inadmisible está en que los compiladores prohíban a los demás «reproducir por cualquier medio» los textos que ellos tomaron libremente sin ningún impedimento. En este libro se lee la advertencia de que «no podrá ser reproducido en todo o en parte por ningún medio impreso o de reproducción sin permiso escrito del editor». ¿De modo que los autores de los poemas que aparecen allí transcritos estarían obligados en adelante a solicitar permiso para poder utilizar sus propios textos, aun para una simple lectura? Un libro con el que la Universidad de Antioquia celebra diez años de su premio nacional de poesía (1990), empieza con esta noticia: «Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo las lecturas universitarias, sin autorización escrita de la Editorial Universidad de Antioquia». ¡Y el concurso fue establecido precisamente para divulgar la poesía! Contradicción y abuso de marca mayor, puesto que los derechos de autor no pueden ser conculcados con un simple aviso de prohibición redactado por cualquiera. Prohibir la circulación de los poemas ajenos es igual a enjaular pájaros. Una ignominia. Jorge Artel, en notas semejantes, prohibía la circulación de sus propios poemas. Un contrasentido. En consecuencia, esa poesía murió en su jaula.
Se origina el trabajo que comentamos en un taller de poesía realizado en Bogotá con un grupo de veinticuatro profesores de secundaria (veintidós mujeres y sólo dos hombres), a pesar de lo cual el libro contiene una fuerte protesta porque los hombres marginan a las mujeres de la poesía. Para equilibrar las cosas se decidió la inclusión como poetas de ocho hombres y seis mujeres, pero incluyendo en la lista de los hombres a María Mercedes Carranza. Otra incongruencia. Las mujeres, al final, seis en total, con subtítulo aparte. ¿Por qué al final? ¿La protesta no era contra la discriminación?
El método adoptado —nada nuevo— consiste en enseñar las cosas desde el presente hacia el pasado, desde lo último hacia lo primero. Como decir, empezar por las altas matemáticas hasta llegar a la suma y a la resta; o empezar por los trasplantes de corazón y enseñar después la fisiología. O escribir primero los libros y después estudiar la gramática. Por lo cual es de presumir que los poetas que piden que se enseñe primero lo último, lo que en verdad están exigiendo es que los lean a ellos primero, y posteriormente, si queda tiempo, a los grandes poetas.
La sensibilidad hacia la poesía se tiene o no se tiene, del mismo modo que se es o no se es poeta. Después la sensibilidad se afina, la maestría se perfecciona. Toda metodología es impositiva y limitante de la libertad. El niño o el joven quieren leer un libro, pero los adultos les imponen otro, especialmente preparado para que nunca dejen de ser niños. Puesto que los adultos se han hecho por sí mismos responsables de la educación de los jóvenes, entonces es a los adultos a quienes tenemos que cargar la culpa por los malos comportamientos de los jóvenes. En consecuencia, se debiera castigar a los maestros.
Los trabajos colectivos no suelen alcanzar feliz resultado entre nosotros por falta de rigor y disciplina. Arquitectos, ingenieros, obreros, diseñan y construyen un simple andén, y a poco andar el andén se hunde. Vivimos en una tierra que se hunde. Poco atractivo, ¿verdad?
Por supuesto que, además de algunos defectos, el libro también tiene cualidades, como la de haber escogido entre los poetas a Jairo Aníbal Niño, o haberse atrevido con Raúl Gómez Jattin, lo cual es atreverse contra el disimulo y la hipocresía. En general, puede considerarse acertado y realizado con buenas intenciones, aunque alberga errores y datos imprecisos. Si no se cuenta con los datos precisos, deberían omitirse. Indicamos, a modo de ejemplo:
a) Hijos del tiempo no es el último, sino el segundo de los libros escritos por Raúl Gómez Jattin. Otra cosa es que los autores no publiquen sus libros en el orden en que los escriben.
b) También hay imprecisión o error al mencionar los galardones que adornan a los poetas, señalando a segundos en los primeros puestos, aunque los lectores de los Evangelios sabemos bien que Jesús dijo que los últimos serán los primeros.
En un libro que presume de avanzada, a los estudiantes o alumnos de bachillerato se les denomina «educandos», término desaparecido desde hace muchos años, salvo en los colegios religiosos estilo siglo XIX. La situación de «educando» resulta en particular ominosa, porque el «educando» es forzosamente enseñado y amaestrado; fatalmente domado y anulado. Si no les gustan las terminaciones en ado, podríamos decir desaparecido.
El sofisma, si bien cobra interés como refinamiento de la filosofía, cansa al espíritu y destruye la convivencia porque desemboca en mala fe. De esos sofismas dañinos hay varios en este libro, y están regados por allí como tachuelas en día de huelga. Cuando el sofisma no alcanza a conformarse, lo sustituye la simple afirmación sin pruebas: «Nunca la poesía colombiana nos ha dicho nada»; «se ignora la ardua y definitiva labor del profesor de literatura». Si la poesía colombiana nunca hubiera dicho nada, ¿entonces qué es lo que hemos estado diciendo durante los últimos doscientos años? Y no es verdad que se ignore a los profesores de literatura: en una página que se ha reproducido cien veces (ciento una con esta), reconoce Borges que son precisamente los profesores quienes dispensan la fama literaria. Aunque a continuación estampa lo que todos ustedes han leído.
Incurre también este libro en la ingenuidad de creer que nadie sabe nada, excepto sus autores, lo cual es petulancia de un librito mal educado. Pero no hay tal: la gente siempre sabe mucho más de lo que uno alcanza a suponer.
El vacío que este libro trata de llenar sin conseguirlo, por haber predominado el capricho, sigue ahí en espera de quien tenga capacidad y tiempo para hacerlo. Los antiguos disponían de tiempo para formar obra perdurable, pero nuestros efímeros contemporáneos, demasiado atareados en bagatelas, ya no tienen tiempo ni para saludar. Era bonito cuando se saludaba. La gente lucía siempre tan amable y sonriente.
Son muchos los que quieren escribir sin disponer del tiempo suficiente para ello, y a causa de eso producen párrafos enredados que el lector tiene que poner en claro, o sea que el tiempo que no pierden los escritores se lo hacen perder a los lectores, con no poca desconsideración.
El aspecto de ordinariez nos orienta desde el comienzo y, en efecto, al abrirlo encontramos la defectuosa composición tipográfica, las insuficiencias de armada, los errores gramaticales, las erratas:
De las distintas maneras que existen para retornar el verso largo o versículo, la única decididamente inconveniente es la de no partir palabras a la derecha, por un supuesto o falso respeto del verso. No sólo el texto adquiere una pésima presentación gráfica, sino que, al fraccionar el verso se alteran sus pausas, se modifica su ritmo, se convierte en prosa.
En cuanto a las erratas, para llamarlas benévolamente, son de tal magnitud que llegan hasta una página entera repetida (la 155 repite a la anterior) sin que nadie se hubiera percatado de ello en el proceso editorial. Pero no nos detengamos en este punto: carece de interés desde el momento en que las erratas pasaron a ser constitucionales.
En el curso del libro el lector se encuentra con locuciones sorprendentes por su ineficacia o ridiculez, como la de llamar al poema «el hecho poético» y decir a cada paso: «el estudio del hecho poético», «la aproximación al hecho poético», «el desconocimiento del hecho poético», «el problema del hecho poético». A nuestro juicio, el verdadero problema no es «el hecho poético per se», sino la pedante tontería de querer hablar fino sin saber.
El libro concluye con unas fichas de «los hitos poéticos», es decir, las diferentes escuelas o tendencias que se han observado en la poesía colombiana. También en ese cuadro hay tela de dónde cortar, pero ya se nos hizo larga esta reseña.
Para terminar, afirmo que lo peor que le puede pasar a un poeta es que lo conviertan en programa de bachillerato: en días pasados detuve un taxi. El taxista me preguntó: —«¿No es usted Jaime Jaramillo?». Le respondí que sí, con mal disimulada satisfacción. —«Ah, por culpa suya perdí un examen en el bachillerato, y por ese examen perdí el año, y por haber perdido ese año no pude pasar a la universidad, y tuve que dedicarme a manejar taxi. ¿Y ahora quiere que lo lleve?».
Jaime Jaramillo Escobar