Libros hablados
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1998 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 35, n.º 49
Sobre Teoría y aplicación de las historias locales y regionales, de Otto Morales Benítez — Universidad de Caldas, Manizales, 1995, 524 págs.
Dígase, para empezar, que se trata de un libro que amerita mejor edición, sin la ostensible pobreza, ineptitud o tacañería que economiza el diseño, el papel, la encuadernación y hasta la corrección de pruebas. En página 175, al final, donde debe decir godo malo, se lee «gordo malo», porque la «digitadora» estaba pensando en el novio. O por algún otro motivo, que induce a suspicacia: en página 182, al comienzo, donde debería decir millares de exiliados, aparece «militares exiliados», que no es lo mismo, sino todo lo contrario. Las erratas empañan el texto. En página 133 se sitúa el gobierno de Olaya «Herrea» en «1993». En página 82, al comienzo, dice esto: «En la mayoría de las veces, ese poder que dimanaba de la tierra con el ‘gamonalismo’ político social, sin límites, ni el abuso sexual».
¿Por qué iniciar una reseña informativa con las erratas? Porque es necesario sustentar la primera frase. Y porque, si las erratas de sus libros no han matado al doctor Morales Benítez, ello se debe a su resistencia física. Entre escritores, las erratas en los libros de los demás son un chiste interminable; en los propios, una pesadilla. Que no se evita con la entrega de un disquete al impresor, porque alguien se encargará de dañar lo que estaba bien. Si el autor reclama, la culpa será siempre de la computadora. No pueden producir buenos libros operarios que no han leído ninguno, «por no correr el riesgo de un derrame cerebral», como escribió Bernardo Arias Trujillo a propósito de Roberto Urdaneta Arbeláez. El lector que paga caro por un libro plagado de erratas, se siente estafado. Por eso los libros del sello Oveja Negra se pueden arrojar tranquilamente a la basura, excepto algunos de García Márquez. He hablado con editores. Responden que, puesto que los libros no se leen, nadie se da cuenta de las erratas. Y los impresores consideran como enemigo al corrector de pruebas, porque les hace «perder tiempo». El lector prefiere, entonces, el libro extranjero.
Compuesta para estudiantes de historia, futuros historiadores, la obra es una recopilación de ensayos, conferencias magistrales, discursos, prólogos, presentaciones de libros y charlas, todo encadenado por un tema que se enuncia cabalmente en el título general, y del que su autor, como buen maestro, presenta por capítulos la teoría y la práctica. Su claridad conceptual y expositiva suele ser cuestionada por quienes preferirían un lenguaje menos directo, que ocultara las trágicas verdades de Colombia, no por vergüenza, sino por hipocresía y para salvaguardar los turbios intereses de grupos de poder.
Al doctor Morales Benítez no le queda bien, y por eso no se le da, el título de maestro; como no le queda bien a san Gregorio Hernández el título de santo, no sólo por el apellido, sino porque usa sombrero en lugar de aureola. El título de doctor, que expenden las universidades, ha perdido prestigio. El título de maestro, que otorga un pueblo y sólo dan los años y las muchas obras, ése es el verdadero honor de un hombre público. Pocos lo alcanzan, está muy por encima del fugaz y desacreditado título de Presidente, y tiene la garantía de que no se puede usurpar. A san Roque le queda bien el sombrero, por ser una gorra vieja de labrador. Pero el sombrero del doctor Morales Benítez tiene una prestancia excepcional. Casi una corona. Y el maestro coronado es Jesucristo.
En la época de la información se vive el fin de la dialéctica: millones de loros gritando su discurso por todos los medios, sin atender a los demás, y, por supuesto, sin ser tampoco escuchados para nada. Es el doctor Morales Benítez uno de los últimos dialécticos que, en defecto de los antiguos ideales de Verdad y Belleza, buscan claridad. Las guerras del siglo oscurecieron el mundo. La luz de hoy resulta sospechosa. A menudo proviene de explosiones cerebrales.
Un país desorganizado por la violencia endémica se vuelve frívolo y apático. La falta de esperanzas reduce sus posibilidades. Los más rápidos huyen a tiempo. Se ponen a salvo. Los fatalistas asumen su destino. La tragedia que vive Colombia no es épica. Es la degradación progresiva de un pueblo, como lo muestra la historia: hace cien años, se lee en página 372, «no había un solo signo de respeto por los derechos humanos». A fines del siglo XIX, dice en página 364, «un cansancio infinito se apoderó de la nación». El siglo XX transcurrió, pues, de mal en peor. De nada ha servido contar con algunos hombres excepcionales. Su voz se pierde en el desierto.
En un país serio, una obra como la del doctor Morales Benítez tendría la audiencia respetuosa que en Colombia no existe para nadie. Si los colombianos quisieran borrar su historia, por algo será. Pero no van a poder. Cada día la embarran más.
La palabra del doctor Morales Benítez es la verdad sin tapujos, con entereza, con sabiduría y con amor. Una lección de dignidad. Por eso resulta incómoda para muchos, y en consecuencia sus libros quedan restringidos a ediciones universitarias, o de entidades sin ánimo de lucro, que se regalan o se dan por canje. Nada producen al autor ni al editor, pasan desapercibidos, pierden eficacia, se desaprovechan con insensatez. Colombia es un país en abandono (importamos maíz), y por tanto en decadencia. El optimismo de unos pocos, como el doctor Morales Benítez, equivale a apuntalarnos con oraciones.
Un escritor, en buen sentido, debe ser guía y orientador (ver la historia). Aun los Estados Unidos, después de la segunda gran guerra, necesitaron de sus escritores para forjar el lema «vivimos por algo, o morimos por nada». Ese concepto se perdió en Colombia, en donde se ha adquirido una perturbadora capacidad de disolución. Como dirigente, el doctor Morales Benítez propone el optimismo: No perder la fe. No desfallecer. Trabajar en la adversidad. Confiar en un futuro. Animar a los demás. Emprender labores útiles, que generen respuesta. Enfrentar con ánimo positivo la catástrofe. Es la filosofía de la emergencia, para tiempos difíciles. Un país en derrota no atiende esas voces. El desastre sigue su curso.
A falta de argumentos en contra, se suelen tachar sus libros de no estar muy bien escritos en punto a estilo, lo que no importa, porque son libros hablados, para un pueblo iletrado como es Colombia al finalizar el siglo XX. Un hombre tan ecuánime que no debiera tener enemigos, los tiene, disfrazados de amigos. Dicen sus amigos que insiste. Insiste, porque sabe muy bien a quiénes se dirige, y entiende que es necesario repetir a gentes desentendidas, aleladas, desmotivadas.
Lo denso y suficiente no interesa a las nuevas generaciones de lo breve y escaso, rápido e inútil, que caracteriza a la llamada cultura light, semejante en sus orígenes y resultados a la belle époque, período decadente, que anuncia una crisis y precede a una guerra.
Nadie se mete en política pensando en ayudar a los demás, sino en que los demás le ayudarán a él; que él se servirá de ellos. Una excepción, el doctor Morales Benítez. Se dice que no fue presidente de la república porque no quiso, pues tenía el respaldo de su partido y de numerosos conservadores en 1982. Fácil darse cuenta de que eso sucedería. En 1980 visita, en Recife, al poeta Geraldino Brasil, quien escribe a este redactor, en carta de diciembre de 1981:
Li o livro de Otto, Reflexiones Políticas. Livro excelente. Em todos os seus escritos ele se dá inteiro, com grandeza.
Lamento que, com os seus propósitos, as «conhecidas forças ocultas», não possa alcançar o poder. São forças fortes. Talvez ele seja mais para «uso externo», como Ruy Barbosa foi aqui, como candidato. É uma pena e profundamente o lamento.
E que grandeza e humanidade ele daría ao Governo. E, no Governo, que grande voz da América.
Logo que possa vou lhe escrever demoradamente sobre suas Reflexiones, livro que diz das grandes dimensões desse homem admirável.
Cuando la reseña de libros se especializa, se convierte en un texto académico, aburrido. Ya es hora de volver al pasado, que es lo que se hace cada vez que se quiere modernizar alguna cosa. Que la reseña tenga un atractivo inesperado. No hay arte sin sorpresa. Y para que el subgénero deje de ser humilde. La palabra humilde me exaspera.
Una parte del libro que se reseña fue publicada por la Universidad Autónoma de México con el título Trascendencia, dimensión y proyección de las historias regionales y locales, en edición de quince mil ejemplares para distribución continental, con excepción de Colombia, en donde ningún librero se interesó, porque aquí la ensayística tiene escasa demanda, la historia muy poca, y los autores colombianos menos. La edición que comentamos fue de un mil ejemplares, lo que significa que la obra sigue inédita, por su reducido alcance. Razón para que esta reseña procure ir más allá de sus límites, en atención a la importancia del tema, concordante con la orientación que se ha querido dar a los departamentos de historia en las universidades.
El desarraigo de las poblaciones por la violencia se constituye en un impedimento insalvable en el proceso de investigación de las historias locales y regionales en el presente siglo. Con el éxodo se dispersa la memoria colectiva, el apego a la tierra se convierte en odio, y así se pierde definitivamente la posibilidad de recuperar para la historia los materiales que hemos despreciado por demasiado tiempo. En muchos casos sólo quedan viejas monografías municipales, no siempre fiables por las intenciones que las inspiraron.
El más largo y cruel capítulo de la historia colombiana es el desplazamiento de las poblaciones por la violencia política durante todo el siglo XX, con proyección al XXI. Algunos escritores lo niegan, ocultan o tergiversan, aprovechando la indiferencia que existe por los estudios históricos, lo cual obliga a repetir la verdad, para que no se olvide. Léanse las páginas 286 a 288 y 302/3. Como usted no tiene el libro a la mano, empiece con esta cita: «La violencia irrumpe, huracanadamente, en el año de 1946 en el departamento de Caldas y en el país. La operación se dirigió desde el Gobierno. En esa batalla contra un pueblo desarmado, que no estaba en beligerancia, los dirigentes del Estado comprometieron a las Fuerzas Armadas. Sus características alcanzaron una sevicia sin atenuantes. Fui testigo excepcional, pues presidía, en Caldas, el directorio departamental del liberalismo. Durante años, pasé escuchando el relato de salvajismos inimaginables, que no es capaz de organizar la imaginación novelística más diabólica. No hubo control en el terror». Inútil refutarlo. Existimos muchos testigos.
Con abundantes citas y testimonios, útiles para cimentar argumentos ante gentes desconfiadas, víctimas de constante campaña de desinformación, el doctor Morales Benítez expone y analiza ejemplarmente nuestra realidad histórica, criticando con duras razones la orientación que toma Colombia hacia el final del siglo XX. En página 222 nos advierte que «en esta hora de desolación moral de la república […] estamos errando el futuro».
«La desesperación colectiva ante el imperio agresivo de la violencia» (página 223), produce un clima adverso a cualquier actividad cultural, incluido lo académico. Es la forma en que la guerra se propone liquidar una democracia imperfecta, para sustituirla por una dictadura de largo plazo, que acabará por asfixiar el poco aliento que todavía persiste en algunos sectores.
Témale al hombre que ríe. También se reirá de usted. No hay cólera como la del hombre que ríe. Su ira concentrada y serena puede hundir el piso bajo los pies de usted. Si es escritor, sus sentencias abrumarán cualquier fortaleza. Su impronta es imborrable. Sus maldiciones, bien calculadas, se cumplen al pie de la letra. El hombre que ríe sabe muy bien de qué se ríe. Usted cree que está alegre. Pero puede estallar.
La historia de Colombia no autoriza el optimismo hacia el siglo XXI. Basta observar cómo se ha procedido, para saber cómo se procederá. La revolución violenta lleva al retroceso. Un cuerpo con dos manos enemigas no sobrevive. Eso lo sabe hasta un psicólogo. Defecto congénito de Colombia. La pobre nació así. La única revolución verdadera la proporcionan la ciencia y la tecnología, que ya han hecho muchas revoluciones mientras la guerrilla sigue en contravía.
Se dice que Colombia es un capítulo de Ripley. Hace pocos días fui a comprar los acostumbrados tumes en hojas de bihao. Me informaron que las autoridades sanitarias prohíben envolver comestibles en hojas. Que ahora vienen en pulcro celofán, y los tamales en papel de aluminio, para proteger la salud de los colombianos. Me pregunto si las rumas que todo el mundo tiene desenvueltas, y que disparan día y noche a diestra y siniestra, ésas sí son muy higiénicas, señor ministro de salud.
En la línea de los principales escritores, el doctor Morales Benítez expresa sus convicciones patrias con energía, con la seguridad derivada de su experiencia, y con ánimo firme y sereno. En eso consiste la importancia de su magisterio. Los jóvenes literatos, cuyo único tema es su propia persona, piden el reconocimiento público por hablar de sí mismos. Cada uno se considera el ombligo del mundo. Pero el tiempo dará una medida a la grandeza.
El viejo lema «Por la razón o la fuerza», adoptado por todos los antagonismos, permanece vigente en Colombia, impidiendo la libertad de expresión, y por tanto coartando el pensamiento. Contra esa herencia impositiva de la inquisición y el medievo, que Colombia se empeña en mantener con el fanatismo inexorable de nuevas generaciones de torquemadas resucitados, el doctor Morales Benítez advierte, alecciona, previene, convoca y compromete. La diversidad y amplitud de su trayectoria intelectual le permiten poseer una visión de conjunto que pocos manejan en la época de la especialización única y el analfabetismo ilustrado. Con el matiz de la anécdota oportuna, y el dato sorpresivo de su opulenta erudición, los libros hablados del doctor Morales Benítez constituyen una perdurable reflexión sobre el destino de una patria que él quisiera civilizada y próspera para todos.
La Universidad hizo el libro con la mejor intención. La reseña también se hizo con la mejor intención. Ni lo uno ni lo otro logran su cometido. Porque la reseña no puede ser más larga, ni el libro podía tener un mayor coste. Todo lo que se hace en Colombia queda incompleto, porque se marcan demasiados límites, como es el caso de las reformas sociales. Y así llegamos a la guerra.
Jaime Jaramillo Escobar