Sorpresas de Barranquilla

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 1998 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 35, n.º 48

Sobre Alguien pasa, de Meira Delmar — Carlos Valencia Editores, Santafé de Bogotá, 1998, 52 págs.

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Los gordos libros de poesía corresponden a uno de nuestros más apreciados defectos nacionales. El breve poemario se ajusta a la proporción de lo exquisito, privilegio de pueblos cultos. La poesía debe ser arte; no chifladura. En Colombia los poetas se miden por volúmenes: hay quiénes tienen cuarenta o cincuenta libros publicados, y ni un solo poema de importancia. La poesía por toneladas: basura no reciclable. Pablo Neruda: buche y plumas.

Durante el siglo XX coexisten en lengua española todas las tendencias poéticas, predominando las ocasionales vanguardias con que la poesía permite a los jóvenes entretenerse y divertirse mientras aprenden el arte verdadero. Borges lo aprende con el ultraísmo, por ejemplo.

Existe la poesía en España, mas no existe una poesía española. Lo que existe es la poesía árabe en España, que se derrama luego por las tierras de su influencia. La poesía que podría llamarse propiamente española es dura, de piedra. La maravilla de la poesía española no se hubiese dado sin los árabes, que ponen sobre la piedra el agua y el jazmín.

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La aridez de la España romana se fertiliza por la música árabe, su refinada sensibilidad, su vocación artística. Y también por la rama judía, que aporta al necesario equilibrio la tristeza en la alegría, la nostalgia en la esperanza, la complejidad espiritual de los sefardíes.

Cuando llegué por primera vez a Barranquilla, en 1966, durante el trayecto del aeropuerto a la ciudad todas las emisoras de radio daban el S.O.S. por un pesquero perdido, y aquella alarma me hizo ver que estaba entrando en una ciudad gris, gris el cielo, gris el mar (excepto de diciembre a enero, con el paso de los alisios).

La ciudad estaba conmocionada por la pérdida del pequeño barco, y comprendí así que los barcos no van solos a la mar. Toda la gente los acompaña desde el puerto. Si el barco zozobra, el puerto se hunde en una amarga y oscura desolación. Esa noche no se abren los bares, las gentes no salen, la ciudad está de luto. Hoy en día no es así. A nadie le importa. Pero Barranquilla fue humana antes de que la invadieran personajes tan ordinarios, grotescos y ramplones como el cura Hoyos, sembrador de odio.

Localidad de inmigrantes —como todo puerto— en la industria y el comercio conviven, generosamente, árabes y judíos y sus descendientes. De la población autóctona —los fundadores de la «Calle de las vacas»—, el puerto tiene el abandono tropical y en el abandono el desmedro. Los puertos y las islas son tristes. Parecen alegres los turistas, para disimular su fiasco. Los inmigrantes conservan su identidad en lo privado. Las culturas no se mezclan.

Don del Líbano a Barranquilla es Meira Delmar. Se requieren milenios para que se produzcan seres de excepción, como ella. Y por eso su poesía no se puede separar de su persona.

Los siglos anteriores buscaron siempre la belleza. En el siglo XX, a causa de las terribles guerras, se experimenta la fealdad hasta el horror. Por ello pasa a la historia de las artes con el nombre de «siglo del feísmo». Los poetas destruyen la poesía porque son los únicos que pueden hacerlo. En ese empeño se llega a un callejón sin salida, que propone el regreso o el final. Y los vemos arrepentidos, aprendiendo a escribir sonetos. Paradigma revolucionario, como director de la famosa revista Casa, Roberto Fernández Retamar gana en Caracas (1994) el premio internacional Pérez Bonalde (jurado de cinco miembros) con un libro de sonetos.

Sabios como se los reconoce, los orientales, que aman de verdad la poesía, conservan la tradición. No desprecian ni desperdician el trabajo de sus antepasados. Evitan el experimentalismo caótico de los pueblos sin cultura, que todo lo destruyen: siempre están empezando. No es que la literatura experimental se convierta en clásica con el tiempo. Es que los vanguardistas aprenden por fin a escribir, y son ellos los que terminan convertidos en clásicos de su época. Aunque a veces se demoran: poetas colombianos llegan al surrealismo con un siglo de retraso y se figuran estar inventando una nueva escuela.

Si se carece de una visión totalizadora, o si sólo interesa un propósito comercial, se disputará por el predominio de una forma. Todo lo que existe está en presente. Si se visita una ruina en cuanto ruina, la ruina es el visitante. Tal ruina se negará a hablar con él, puesto que ese visitante interpuso el tiempo entre los dos, y el pasado es una aberración de la memoria. Quien vive en el eterno presente, con él no tienen problemas el pasado ni el futuro. La poesía que aparece de una fuente que es un espejismo, conocida con el nombre de Meira Delmar, es la poesía de siempre, por tanto sin edad. Cuando se han vivido las vanguardias del siglo —toda la desorientación de los chicos malos de la literatura—, la inteligencia echa de menos el antiguo jardín de la poesía, hoy convertido en estercolero del lumpen invasor y destructivo. En la descastada Colombia se confunde la agresión de la ignorancia con la invención del genio, porque hemos perdido el sentido de la vida. El provincianismo nos relega al último rincón de la historia.

Descontando algunos versos aislados, de dudoso talento, Medellín no tiene en este siglo el poeta que haya sabido apreciar el esfuerzo de un pueblo y sus logros. Tal vez por eso mismo retribuye con su desdén el menosprecio de los poetas, que acomplejados y resentidos sólo muestran los dientes: amargura y reclamo. El poeta se queja en un mal sueño producido por alcoholes y yerbajos, y cuando despierta se produce la pataleta y el berrinche. Luego exige la admiración de la ciudad.

Es cierto que nada en Medellín recuerda apropiadamente a Epifanio y a Gregorio, ni tampoco a León, el mayor de los poetas colombianos; ni existe el lugar dedicado a Carrasquilla. A la choza de Marco Fidel no se llevan flores sino bombas. ¡Ponerle bombas a una choza tan ilustre! El divorcio entre la ciudad y sus hombres de letras es total. Se olvida que sólo en la poesía queda la memoria de los pueblos (ver la historia).

Tales reflexiones corresponden a esta reseña porque son provocadas en la lectura del libro que se comenta. A causa de que la poesía de Meira Delmar nos remite a un libro encantado y a un mundo en que los poetas formaban parte de sus pueblos. No eran estatuas vivas. Las estatuas se las hicieron después. Cuando se lee hay que pensar en todo. ¿No lo creen?

Un nuevo libro de Meira Delmar se celebra con agradecimiento. O uno de Giovanni Quessep. Son siempre otras culturas las que nos recuerdan cómo es la poesía. Aproximación. Sugerencia. Delicadeza. El arte de lo sublime. Siempre lo he apreciado, aunque no practicado. Todo en Barranquilla parece burdo, tiene fama de serlo, y, no obstante, se encuentra también la mayor finura y elegancia. Basta asistir a una vernissage. Ver los trajes largos en el carnaval. Recordar a una Amira de la Rosa. A una Marvel Luz Moreno. Por ejemplo.

La edición, de agradable aspecto, merece algunas glosas. Anotamos sólo que el haikú es flor solitaria. No se hacen ramilletes. Unos con otros se tropiezan, se ofenden, se mancillan, deslucen, ajan, entorpecen, matan. Además, los del libro están más cerca del haikái (forma culta) que del haikú (forma popular).

Esta es una reseña. Si fuera ensayo se llamaría ensayo. Una reseña es un ensayo (¿o no?). Para concluir la reseña debe ser dicho algo sobre el libro. Sin eso no sería reseña. Sería un ensayo.

Una noche del año 68, alrededor de las tres de la madrugada, cuando el sueño es más pesado, estando toda la familia en sus dormitorios, llegaron los ladrones con un camión a casa de Meira Delmar. No se sabe cómo callaron a los perros guardianes. No se sabe cómo quitaron en silencio la pesada reja de una gran ventana. No se sabe cómo narcotizaron a los durmientes. Al despertar los primeros, a la hora de costumbre, la mansión había sido robada. Historia que podría estar en las Mil y una noches. De todos modos Alá, el Protector y el Justo, permitió que la familia saliera indemne y los ladrones también.

Siempre hubo en casa de Meira Delmar una habitación independiente dispuesta para el doctor Javier Arango Ferrer, a quien la familia había incorporado en su seno. El díscolo Javier, quien vivía en Cartagena, desaparecía sin avisar hasta la próxima visita, al capricho de su errancia. —«¡Querido Javier, no te pierdas así, porque quedamos muy preocupados!»—. Pero el médico Arango Ferrer no tenía remedio. Era el prototipo del espanto conocido como «Judío errante». Sólo que se hospedaba a voluntad en casa de una familia árabe. Jazmineros en el antejardín, postre de mango con incienso para culminar la espléndida mesa. Y la sonrisa más bella de la amistad, la generosidad, la consideración, la nobleza de estirpe.

Treinta y seis años dedicó Meira Delmar a la Biblioteca del departamento, que hoy lleva su nombre, remodelada, ampliada, modernizada, sistematizada y climatizada. Además con lectores, cosa que antes no había, porque a las dos de la tarde en Barranquilla, con cuarenta grados a la sombra, ¡cómo quiere usted que un soñoliento estudiante se vaya a leer libros!

Yo podría contarle a usted muchas otras cosas amenas acerca de este nuevo libro de Meira Delmar, como le prometí, pero en este momento de mi narración veo aparecer la mañana y me callo discretamente. ¡Que Alá nos proteja!

Jaime Jaramillo Escobar