Los antagonismos étnicos y culturales

Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2011 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 46, n.º 81

Sobre Biblioteca de literatura afrocolombiana, de diecisiete autores — Ministerio de Cultura, Bogotá, 2010 (dieciocho títulos en diecinueve volúmenes).

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Esta reseña tiene lugar con motivo de la publicación por el Ministerio de Cultura de la denominada Biblioteca de literatura afrocolombiana. Proyecto de una ministra «de color», sin la cual no hubiera sido posible, como antes nunca lo fue.

Refiriéndose al cúmulo de violencias que destrozan a Colombia, Geraldino Brasil anota:

Realmente, este nuestro querido Brasil es diferente. Desde su origen. Nuestra buena suerte comenzó con un descubridor portugués. Si no hubiera sido así, no tendríamos esa morenidad brasilera, esa disposición natural, ese sentimiento especial y esa habilidad (jeito) para resolver las cosas. Nuestros indígenas no sabían de nada como Eldorado, y no se habían formado para civilizaciones como los incas o los mayas. No opusieron resistencia. Asistieron a la primera misa. Su resistencia fue pasiva. No se sujetaron al trabajo esclavo. Creo que fue esa resistencia pasiva lo que mucho contribuyó a la grandeza del Brasil. Porque, gracias a ella, tuvieron que venir los negros, cuya influencia perdura en nuestros sentimientos. Por fortuna, el colonizador fue portugués, no holandés. Si hubiera sido holandés, continuaríamos separados indios, blancos y negros, con tres naciones en el mismo territorio. El portugués, con el mestizaje, conformó la identidad del Brasil. Antes de la Ley Áurea hubo la llamada Ley de vientre libre y la llamada Ley de los sexagenarios. Etapas de abolición, no conquista de los negros que, aun después de la abolición, muchos permanecieron en las haciendas, y tantos de nosotros tuvimos amas de leche negras. No hay, entre los de mi generación, alguno que no haya tenido de su infancia el recuerdo cariñoso de un buen negro servidor, o de una negra maternal. Nuestra historia continuó así. De la colonia a la independencia; del imperio a la república.

Gilberto Freyre en su Interpretación del Brasil y demás tratadistas, como Otto Morales Benítez, destacan esa particularidad de convivencia del Brasil, que resulta ejemplar por darse en tan inmenso y poblado territorio (unos doscientos millones), con migraciones de muy distinta procedencia, disparidad social y periodos aciagos.

Colombia, en doscientos años de república «democrática», no ha sido capaz de conformar una nación respetable, querida por sus habitantes. Lo que se escucha, a lo largo y ancho del territorio, es el reclamo por una patria que se escapó de la realidad. Los colombianos han sido expertos en convertir al país en un infierno para sus propios habitantes, y desacreditarlo ante el mundo. Todo lo cual trae el desánimo que se observa en el abandono del sector primario, en la industria y el comercio que han venido a quedar en manos de extranjeros (80%) y, en general, el atraso económico y cultural.

En las artes y las letras, lo mismo. No se pasa de las ingenuas pretensiones. La época de los respetables maestros pasó a la historia. Pobreza sobre pobreza, ni en lo material ni en lo intelectual tiene respaldo el futuro. Consecuencia: la mediocridad en todo, la irresponsabilidad y ligereza propias del desorden.

Entre los empeños nacionales está el de exterminar, por todos los medios posibles, a las poblaciones indígenas y descendientes africanos. El Estado presenta leyes que los protegen. Permanecen escritas en Bogotá, empastadas en el archivo del Capitolio. No llegan a las lejanías donde están acorralados en la miseria los primitivos habitantes, verdaderos dueños en derecho, y las poblaciones llamadas de color, que por su trabajo deberían por lo menos formar parte de la nación. Los «blancos» (mestizos en realidad), son los invasores y como tales imponen su arbitrario poder. Donde campea la injusticia generalizada no podrá surgir civilización alguna que ofrezca seguridad y futuro para todos. Guerra interminable, eso es lo que se ha engendrado y se procura mantener para beneficio de quienes aprovechan el desastre. Fraccionado a muerte entre «blancos», negros, indígenas, y demás subdivisiones existentes por motivos bélicos, Colombia es un país especializado en dividir, separar, odiar y perseguir. Carece de razones políticas que avalen un supuesto proyecto de «unidad nacional». Se asimila con más facilidad a los extranjeros que a los propios nacionales, siempre segregados por toda clase de discriminaciones.

En cuanto a los indígenas, están temáticamente fuera de esta reseña, referida a los descendientes africanos, aunque por ser poblaciones no sólo marginadas, sino perseguidas, su desgracia las une en la consideración común de su mala suerte. En Gilberto Freyre se lee que el emperador del Brasil adoptó en 1845 un plan muy amplio para ocuparse de los indios. Comprendía el estímulo del matrimonio entre los portugueses y los indios, y la instrucción y la ayuda en forma de alojamientos, herramientas, ropas y medicinas, y también el derecho de los indígenas a adquirir tierras fuera de las reservas. Hace de ello 166 años. Compare usted.

La mayoría de los portugueses que descubrieron y colonizaron Brasil —continúa Gilberto Freyre— sabían por sus leyendas que un pueblo moreno puede ser superior a uno blanco, como lo habían sido los moros en Portugal y España. En Colombia, indígenas y negros sólo han sido víctimas del mismo exterminio aplicado a las especies animales, de lo cual hoy ni siquiera nos dolemos. Nada extraño, si se considera que, hasta principios del siglo XX, el hacendado tenía en su fundo, marcados con su hierro, tantas vacas, tantos caballos y tantos negros. El autor de la reseña conoció en el Chocó a una esclava negra marcada. Ahora tenemos en la literatura colombiana, gracias a la iniciativa de la ministra de Cultura, y porque a veces las cosas salen al revés, tantos novelistas, tantos poetas y diecisiete negros.

El rechazo de unos grupos a otros por distintos motivos ha sido universal desde siempre, cuando la humanidad estaba constituida por pueblos dispersos. El origen de ese rechazo ha sido el miedo y la instintiva defensa de ese gran gusano pelado que es el hombre.

A indígenas y negros les niegan la inteligencia porque les negaron la instrucción, como antes les habían negado el alma. El reconocimiento a sus artesanías es únicamente para comprárselas al menor precio posible y venderlas a los turistas al mayor precio posible, ojalá en dólares. El reconocimiento superficial a su folclor es sólo por lo que en él se halla de pintoresco y el misterio que se le atribuye, dado que el sentido de esas culturas escapa por lo común a la ignorancia del observador desprevenido.

El término negro es calificación despectiva errada. El color original de la humanidad, nacida en África, es el generalizado como «negro». Los que subieron hacia tierras frías se destiñeron, es decir, perdieron la melanina, que es una protección natural contra los efectos del sol, resultando así la fatua raza blanca, olvidada de su color original.

El calificativo afrocolombiano resulta igualmente errado, con propósito discriminatorio. Si son nacidos en Colombia, de padres nacidos en Colombia, deben ser llamados simplemente colombianos, sin más, como los hijos de extranjeros, nacidos en Colombia, son de hecho reconocidos como colombianos.

La colección comprende narrativa (novela y cuento), poesía, ensayo y folclor, presentada con notas biográficas y prólogos de análisis crítico, más información complementaria como sucintas reseñas de las obras, lexicones y conceptos entresacados de autores diversos. La selección fue realizada por un comité editorial designado para la ocasión. Incluye un tomo didáctico (XIX), denominado Manual introductorio y guía de animación a la lectura, con orientaciones para el lector no relacionado previamente con el asunto.

Además de divulgación de las obras escogidas, la biblioteca se concibe como parte de la gran campaña de lectura emprendida en todo el país por autoridades y organismos de diversa índole. Campaña falaz porque, si el propósito fuera verdadero, empezaría por el precio de los libros, cada vez más caros a causa de los múltiples impuestos acumulados sobre la industria editorial en su conjunto. El presidente Belisario Betancur, que tantas cosas buenas intentó sin suerte, procuró corregir con inteligencia y sin aspavientos los viejos resabios que se oponen a la cultura popular. La siguiente administración restituyó los impuestos, y el problema regresó a su origen. Las campañas actuales son sólo bulla propagandística, que no actúa sobre las causas del fenómeno. Colombia es excepcionalmente diestra en enredar los conceptos, con la malicia y mala fe que distingue todos nuestros actos. A no ser que la verdadera intención sea, no la lectura, sino la venta de los libros en defensa de una industria amenazada.

En el primer volumen, La bruja de las minas, Gregorio Sánchez Gómez expresa: «La humanidad ha sido, es y será alucinada incurable y permanente de sus propios anhelos de misterio y maravilla; el milagro y la fábula ejercerán siempre sobre ella poderosa fascinación. Por eso es crédula y soñadora, y la superstición cala tan hondo en su alma».

Narración de tipo histórico, en el estilo de su época, contó con la suerte de haber sido adaptada como telenovela por Caracol Televisión. La filmación de escenas locales se realizó en Marmato, en los años 1981-1982. Esto destacó la importancia de la obra, sin lo cual hubiera pasado ignorada porque, además de denuncias como el atropello del gobierno y sus agentes sobre gente trabajadora, contiene descripciones que la hipocresía y la envidia consideran «subidas de color» por la vívida pintura de sus bailes rituales: «Una dicha animal, salvaje y primaria; una felicidad orgánica, que ninguna ley contiene o limita, echan afuera los instintos. En el paroxismo se han arrancado todas las ropas, y están allí, verdaderamente desnudos, porque lo están del cuerpo y del alma, porque los alcoholes disolvieron la máscara del pudor, levantando en cambio, del fondo, el sedimento oscuro de la bestialidad agazapada».

Escrita por cuadros en veinte capítulos (184 págs.), la obra concluye muy en alto con la verídica y conmovedora historia de la bruja embrujada: «Aspasia ha muerto, sí. Por el alma del minerío corre un hondo estremecimiento, semejante a largo alarido silencioso».

El volumen VII (124 págs.), dedicado a Lenito Robinson-Bent, de la isla de Providencia, es la segunda edición de su obra Sobre nupcias y ausencias, publicada en la colección Guberek, Bogotá, 1988. Precioso e inolvidable libro, legado de un gran escritor. Aumentado con otros relatos, su inclusión en esta biblioteca era imprescindible.

El editor agrega un prólogo explicativo que recuerda someramente la inicial presentación, realizada en la isla por iniciativa del Banco de la República. El poeta Verano Brisas y este cronista esperábamos en el hotel al vehículo que nos recogería para conducirnos a un colegio donde tendría lugar el acto a temprana hora de la noche. A las cuatro empezó el aguacero diluvial. Una tormenta oceánica, digna de un cuento de Robinson-Bent. Todo alrededor se veía inundado. A las siete concluimos que nadie habría podido asistir, y deberíamos permanecer allí. La sorpresa fue grande cuando apareció navegando un bus que venía por nosotros. El conductor nos explicó amablemente que toda la isla estaba en el colegio, esperándonos. Que él nos llevaría hasta el lugar más cercano posible, desde donde podríamos caminar con el agua no más arriba de las rodillas. Y con la tempestad encima. Así lo hicimos, en vista de las circunstancias, tratando de proteger los papeles. Un aplauso cerrado nos recibió. No sólo nosotros veníamos de nadar. Como las gentes no cabían bajo techo, pero tampoco podían retirarse, aquello parecía un naufragio. Para corresponder al paciente auditorio se dio la conferencia, y se leyó un cuento de Lenito: Dile que... me morí de vieja. Obra maestra que no puede leerse sin conmoción, si es que se tiene sensibilidad literaria. Desde entonces constituye ejemplo permanente en los talleres de poesía, porque el cuento y la poesía están en la cercanía de un mismo género. Y también leímos Puertas circulares al viento, de la misma categoría que todos los relatos del autor, mientras escampaba. Pero no escampó. Poco a poco, sin saberse cómo, el público fue desapareciendo y después el autobús regresó por nosotros. El hotel estaba a oscuras y entramos a tientas, pero felices de haber visto un pueblo capaz de ahogarse por salvar un poema.

Continué la relación con Lenito durante algún tiempo y, entretanto, él construyó una casa en la isla. Cierta vez me llamó a Bogotá. Me dijo que viajaba al Canadá, y que dejaba instrucciones con su madre para que yo ocupara su casa cuando regresara a la isla. Que todo estaba a mi disposición, menos las llaves de la puerta, porque en Providencia las puertas no tenían llaves.

El volumen X (140 págs.), recoge la poesía de Jorge Artel (seudónimo de Agapito de Arcos), con el consabido, desangelado y bostezable análisis académico que designa al autor como «hablante lírico».

Artel fue tenido en gran consideración en cuanto «hablante lírico» a mediados del siglo XX. Mi profesor de literatura, don José Álvarez Patiño, a quien me complace citar, me enseñó los cuatro poemas de Artel por los cuales recibía la valoración de la crítica. Pasados los años, Artel no supera esos poemas iniciales. Se dedicó a la efímera poesía de reivindicación social. Pero esos cuatro textos inolvidables le merecen el título de poeta: Negro soy, Velorio del boga adolescente, Bullerengue, y Mr. Davi. Lo demás es relleno para engordar libros.

El volumen XI (174 págs.), está dedicado a Helcías Martán Góngora, nacido en Guapi. El prólogo dice que dejó 77 obras entre poesía, novela, cuento y ensayo. Recoge una selección en la que pocos poemas sobresalen: Bunde para Manuel Cuenú, Ritmo negro, Bunde, Negro y Berejú.

Guapi es una de esas poblaciones que, por su ubicación e incapaces de sobrevivir por sí mismas, necesitan ayuda. A falta de la del propio país, se acude a la caridad internacional. Ésta requiere intermediarios, los intermediarios hay que pagarlos, y al fin todo se diluye en la distribución de porcentajes, comisiones, gastos de funcionamiento, y todos los etcéteras que se cuelgan a esta clase de recursos.

Martán Góngora no era pobre, pero la pobreza resulta ser buen motivo de inspiración para los poetas. También cantó al mar, al amor, y todas esas cosas que cantan los poetas. Mucho en mi niñez le debo a él, por lo cual le estoy reconocido. Todo lo que verdaderamente sé de poesía lo aprendí antes de los diez años. Después se formó el enredo.

El volumen XII (106 págs.), reproduce la Antología íntima de Hugo Salazar Valdés, nacido en Condoto. Para llegar allí desde Quibdó se pasa por Istmina. Al entrar a Istmina, en busca del rastro de mis bisabuelos, con lo primero que nos encontramos aquel día fue con un hombre asustado, que subía corriendo por una calle empinada para llegar al hospital. Una cuchillada profunda le había cortado la cara verticalmente, y se desangraba. Los viajeros éramos el poeta Verano Brisas, Gildardo Correa y este cronista. A Gildardo Correa lo mataron en Medellín poco después, por robarle una camioneta. Es la historia de sangre de este país, llamado de cafres por el doctor Darío Echandía.

En Istmina se toma una lancha para bajar por el río San Juan, y luego remontar el río Iró hasta Condoto. La lancha nos deja en una playita solitaria, a la orilla de la selva. Se supone que veremos la entrada de un camino para llegar a la población. Estábamos mirando, cuando de pronto sale de entre los árboles, por sorpresa, un bullicioso grupo de nueve niños que se ofrecen para conducirnos. Tenía Verano entonces una larga barba, sandalias y aspecto de santón. Cada niño lo tomó por un dedo, y lo llevaron en procesión hasta el pueblo. Nos hicieron recorrer sus calles, y muchas personas salían de las casas y se arrodillaban frente a Verano, pidiéndole que se quedara en el pueblo. Querían instalarlo en la abandonada casa cural. Contaron que desde hacía mucho tiempo carecían de sacerdote, porque el último que tuvieron era un falsario bribón, que se robó la plata y una muchacha con la cual desapareció. Llegaron las cuatro de la tarde y nos mantenían rodeados para impedirnos regresar. Verano explicaba que él no era religioso, pero las gentes le prometían que en el pueblo estaría bien, y que por favor se quedara. Nos llevaron a la iglesia para visitar al patrón del Chocó, la imagen del santo eccehomo, pintada al óleo por uno de los vecinos, con las piernas cruzadas haciendo carrizo, y con dos ángeles a los lados, vivo retrato de niños del seminario de Istmina, que habían servido como modelos. A las cinco de la tarde, cansados de la negativa de Verano, le pidieron la bendición y nos dejaron partir. Sorprendidos y pesarosos iniciamos el regreso. A las seis, ya oscuro, vimos un gigantesco árbol cuyas hojas parpadeaban incesantemente, alumbrando como cocuyos. Era un árbol de mariposas. El río Iró huele a piña, porque las hay silvestres en sus contornos, pero son piñas huecas, que sólo tienen el olor. Y hermosos plátanos perfumados, también huecos, porque en la selva todo es engañosa apariencia. Verano quiso sentarse sobre un tronco, pero el guía le indicó que no era un tronco, sino una serpiente que dormitaba. Este relato muestra el origen del poeta Hugo Salazar Valdés. Curiosamente, nada de eso hay en su poesía. Piedracielista en sus comienzos, canta doradas amantes imposibles. Escribe: «Llegará la hortelana primavera / con su trigal de sueños y alegría». Nada de eso: en su tierra, ni trigales, ni huertas, ni alegría. Se hacen camas a metro y medio de altura para sembrar unos tomates y cebollas que las plagas no dejan pelechar. En el Chocó hay hambre, para negros e indígenas, si es que no lo sabían. La mítica alegría del negro es una falsa y mal intencionada idea del blanco, para comprobar que los negros son estúpidos, que mientras más los acosan más se ríen. No tienen nada de qué estar alegres. Gonzalo Arango escribió una novela sobre eso. Se llamó Punta de cielo. El original se perdió con los demás papeles del profeta. «Qué bueno que se perdió», dirán los que viven de ocultar la realidad para que no se sepa por qué es que estamos tristes y desconsolados, con un plátano hueco en la mano.

El prologuista del libro, profesor Fabio Martínez, anota en la página 15: «El Chocó, que se constituyó en departamento tardíamente, en el año de 1947, pasó del auge a la decadencia; del interés de los viajeros consignado en sus crónicas y relatos de viaje, al olvido. Amén de la corrupción de sus políticos venales, que lo han esquilmado a más no poder».

En síntesis, Salazar Valdés fue un versificador con la facilidad de componer sobre cualquier tema con suficiente maestría como para ostentar el rótulo de poeta que siempre lo acompañó. «En el afán por buscar su identidad poética (prólogo, pág. 18), toma prestado el legado añejo y conservador de la poesía colombiana, que después de Neruda, Huidobro y Vallejo, se había detenido en el tiempo y les seguía cantando a los camellos, a los leones y a los cisnes, en un país en donde no hay camellos, ni leones ni cisnes, y en cambio proliferan los micos, los lagartos y los sapos».

El volumen XIII (172 págs.), está dedicado a Pedro Blas Julio Romero. Es una sorpresa, y otro cuento:

Aparece una carta, en un papel arrugado: «Hermanos. Calle 60, Bogotá». La Administración Postal la recibe en Riohacha, y la entrega en la dirección anotada: una calle de pequeños almacenes que venden afiches, adornos artesanales, inciensos, ropa de inspiración hindú, flautas de caña y marihuana sagrada, distinta de la que después fue hierba maldita hasta que los Estados Unidos se convirtieron en el principal productor mundial. La carta circula de mano en mano, y un día llega a mi casa, en el barrio de La Candelaria. Respondo al remitente, y se inicia una larga e interesante correspondencia con un soldado preso en una guarnición militar. Recibo todas sus cartas, aunque a él no siempre le llegan las mías. Porque las suyas son enviadas subrepticiamente, por manos amigas, mientras que las mías tienen que pasar por las oficinas de control. En Colombia no funcionan las vías legales. Por eso las gentes tienen que ingeniarse el modo de hacer las cosas. La ineficiencia de la legalidad engendra la corrupción. Extraño país.

Llegado el momento oportuno que todas las cosas tienen, hago una selección que se publica en la biblioteca de bolsillo de Tercer Mundo, dirigida por Belisario Betancur. Dos amplias ediciones se agotan en pocos meses, porque los buenos libros se venden solos. Las malas lenguas, que no faltan, propalan la especie de que el soldado no existe, que todo es invención de un nadaísta tramposo. Después de sus prisiones, invito a Pedro Blas a Bogotá, para darlo a conocer en persona. Se muestra asustado y tímido, por los motivos que comprenderá quien lea su libro. Javier Arango Ferrer asegura que las cartas son de mi autoría. A nadie le gusta creer la verdad. Se prefiere inventar disparatadas historias.

Pedro Blas regresa a Cartagena y se enrola como marinero en un buque mercante pirata. Quiere conocer mundo. Un día presencia cómo un grupo de marineros, en una disputa, lanza vivo a un compañero en las llamas de la caldera. Había pensado que existía otro mundo, distinto al que hasta entonces conocía. Se equivocaba. El mundo humano es el mismo en todas partes. No otra cosa dice la Historia.

Decide permanecer en Cartagena. Está desorientado y confuso. Pero tiene un bolígrafo y el papel no escasea. Así es como llega a esta colección, con sus desgarrados poemas y su viejo librito, Cartas del soldado desconocido, publicado inicialmente por Belisario Betancur, director de la colección. Años después lo reedita la ministra de Cultura. Si usted lo lee, le parecerá mentira.

La biblioteca destina 3.554 páginas a la prosa, y 1.848 a la poesía. Todo el acervo de la prosa es pertinente, interesante, de evidente importancia. En la poesía, sólo unas pocas páginas, que no formarían un cuaderno, merecen ser releídas y recordadas. La poesía es como el oro: hay que lavar muchas bateas para encontrar un gramo. Algunos se contentan con las marmajas y los cuarzos. Todo depende de lo que se busque.

De las demás obras que conforman la colección, algunas fueron reseñadas en su oportunidad por este Boletín, lo cual excusa nuevo comentario.

La Biblioteca consta de los siguientes títulos:

  1. Gregorio Sánchez Gómez: La bruja de las minas.
  2. Arnoldo Palacios: Las estrellas son negras.
  3. Manuel Zapata Olivella: Changó, el gran putas.
  4. Hazel Robinson Abrahams: No give up, Maan! ¡No te rindas!
  5. Carlos Arturo Truque: Vivan los compañeros. Cuentos completos.
  6. Óscar Collazos: Cuentos escogidos 1964-2006.
  7. Lenito Robinson-Bent: Sobre nupcias y ausencias, y otros cuentos.
  8. Baudilio Revelo Hurtado: Cuentos para dormir a Isabella. Tradición oral afropacífica colombiana.
  9. Candelario Obeso: Cantos populares de mi tierra. Secundino el zapatero.
  10. Jorge Artel: Tambores en la noche.
  11. Helcías Martán Góngora: Evangelios del hombre y el paisaje. Humano litoral.
  12. Hugo Salazar Valdés: Antología íntima.
  13. Pedro Blas Julio Romero: Obra poética.
  14. Alfredo Vanín: Cimarrón en la lluvia. Jornadas del tahúr.
  15. Rómulo Bustos Aguirre: Obra poética.
  16. Guiomar Cuesta y Alfredo Ocampo: Antología de mujeres poetas afrocolombianas.
  17. Rogerio Velásquez: Ensayos escogidos.
  18. Manuel Zapata Olivella, por los senderos de sus ancestros. Textos escogidos.
  19. Manual introductorio y guía de animación a la lectura.

Jaime Jaramillo Escobar