Los reformadores sociales
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2007 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 44-45, n.º 76-77
Sobre Florence de la A a la Z, de Florence Thomas — Aguilar, Bogotá, 2008, 351 págs.
Según la antigua leyenda Adán vivió solo y feliz en el Paraíso durante quinientos años, y sólo siete horas a partir del momento en que aparece Eva y una espada de fuego los arroja de allí. Ella lo consideró injusto, y tal es el origen del reclamo que pretende el libro.
Dada la obsesión que caracteriza a la autora, resulta claro que un título tan presumido se dirige específicamente a grupos beligerantes que deben mantenerse activos como todos los que buscan poder y autoridad.
Puesto que los seres humanos conservan en el cerebro reptílico la tendencia a seguir líderes, todo aquél que se propone liderazgo, con habilidad para ello, encuentra seguidores. Los diversos sectores de la sociedad buscan permanencia en la formación de líderes como parte indispensable de su estructura.
Los líderes se sirven de los medios de comunicación para imponer sus ideas, porque son reformadores sociales con fe en su capacidad de convicción. Unos con intenciones altruistas, otros en su beneficio, todos confían en los instintos primarios para ejercer poderes que sustenten su vanidad y su ambición.
La discusión de las ideas se hace para imponer las propias. El impulso de dominio corresponde al de ser dominado. Ambos forman parte de la naturaleza humana. «Mi cuerpo es mío», gritan ellas. Y también hay quienes dicen «Mi cuerpo es tuyo», a contentamiento de ambos. La idea de liberación femenina implica deshacerse de una dominación. La de igualdad legal y social es una idea de equilibrio y justicia. Las confusiones y contradicciones resultan de la manía de enredarse en conceptos.
En todas las casas hay una Biblia abierta sobre un atril, tanto más ostentoso cuanto más pobre la casa. Si las leyesen, encontrarían en el segundo poema del Cantar de los Cantares, expresada con divina sencillez, cómo es la cosa: «Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado». A menos que el amado sea distinto del esposo, caso en el cual no existe tratadista, por sabio que sea, capaz de poner orden en eso.
El movimiento llamado de liberación femenina tiene en el libro todos los argumentos y toda la discusión favorable a su propósito, reconociendo dudas y contradicciones. No menciona las consecuencias desfavorables. Señala que se trata de un proceso en el curso del cual se resolverán las dificultades.
Tesis principales de su exposición:
- Las mujeres son mayoría en el mundo. Por tanto deben poseer al menos la mitad del poder político. De lo cual se deduce la formación del partido de las mujeres.
- Las mujeres son diferentes de los hombres. «Hay una manera masculina y otra femenina de habitar el mundo y de participar de la humanidad» (pág. 250). Por tanto, no se le debe imponer el mundo masculino.
- Destaca que la semántica está en la raíz de la injusticia para con las mujeres en general. Exige que el término «Hombre» no debe ser género universal para la humanidad, como se usa para los animales. Debe decirse en todos los casos ellas y ellos, las y los, muchas y muchos, crear las palabras necesarias para determinar siempre la diferencia, y evitar incluirlas en un mundo unificado por el concepto arcaico de idioma formado bajo el dominio patriarcal, denominado despectivamente como machista. Dice que las palabras no deben tener sólo el significante masculino, sino también el sentido y la interpretación femeninos, y que no debe ser neutro el lenguaje.
- El ideal que se propone lo practican muchas y muchos, pero el libro pide que sea para la generalidad. Además, no se refiere sólo a Colombia, sino al mundo entero. Se creía anteriormente que hay un solo mundo para ser compartido entre hombres y mujeres. El libro afirma que son dos mundos distintos, que sólo se relacionan tangencialmente. Que las mujeres piensan y sienten de modo diferente, que su comportamiento es antagónico, y que se debe empezar por reconocerlo y aceptarlo así. La propuesta del libro no es la igualdad ni la libertad, sino el predominio femenino con el argumento de la mayoría.
- El tratado es un gran alegato por la libertad total de las mujeres, esclavizadas desde siempre en todo el mundo, según demuestran sus páginas. Dice que las mujeres que parecen libres y tienen poder, son en realidad mujeres disfrazadas de hombres, que piensan y actúan como hombres. Que su libertad es aparente y falsa. La libertad que proclama es otra, afincada desde las ciencias que contribuyen a demostrar lo que el libro sustenta. Por ejemplo, la Historia: «Era costumbre habitual en la Grecia clásica, lo mismo que en la Britania y la Irlanda clásicas, negar a las mujeres el mérito de haber iniciado o inventado algo importante» (Robert Graves, La diosa blanca).
- Los hombres son la pasión del poder, del dominio, de la imposición, de la autoridad, del atropello, de la arbitrariedad, de la injusticia, del crimen. Por constituir las mujeres más de la mitad de la población mundial (51%), se debe tener en cuenta esa otra visión del mundo, que es pacífica y antiguerrera.
- «La posibilidad de reinventar la sexualidad y construir una nueva ética entre hombres y mujeres, una ética de la diferencia sexual, representa una pequeña contribución a un proyecto de vida menos desesperado y obstruido» (pág. 279).
Tesis del libro: igualdad con superioridad femenina entre mujeres y hombres desde todos los puntos de vista: social, educativo, laboral, económico, político, sexual, etc. En síntesis, aunque con alguna cautela, regreso al matriarcado que existió en sociedades primitivas, y que aún se conserva en muchas partes del mundo. En Colombia, entre tribus indígenas como los wayuu. De hecho, emplea el término matria en lugar de patria: «Vivo en una matria y no en una patria» (pág. 27).
La facilidad expresiva puede conducir a la soltura conceptual, palabra sin medida que generaliza y desborda la reflexión. Afirma en la página 149: «Aceptamos durante siglos que el hombre pertenecía a la cultura mientras la mujer se asemejaba a la naturaleza; que el hombre era sujeto y la mujer objeto; el hombre activo, la mujer pasiva; el hombre pertenecía a la esfera de lo público y la mujer a la de lo privado; el hombre era superior, la mujer era inferior; el hombre dotado de razón, la mujer de emoción, etc. En dos palabras, el hombre representaba lo uno absoluto, mientras la mujer era lo otro diferente a lo uno absoluto. Todas esas categorías aseguraban la hegemonía masculina».
La desmedida alimentación de la hoguera sofoca la llama. En la página 41 se concluye: «La cultura de las mujeres ha sido una cultura del amor a los otros por medio del olvido de sí mismas». El defecto de las afirmaciones rotundas es que en ellas el impacto sustituye la demostración. Aunque el libro se refiere principalmente a Colombia, el movimiento de liberación femenina se presenta como mundial, dada la remota antigüedad del problema. A premisa falsa, conclusión errónea. Las sociedades primitivas son matriarcados.
«Los licios reconocían la descendencia por parte de la madre y no del padre. La independencia femenina de la tutela masculina y la descendencia matrilineal eran características de todos los pueblos de cepa cretense, y el mismo sistema sobrevivió en algunas partes de Creta hasta mucho tiempo después de su conquista por los griegos. Firmico Materno informó acerca de ello en el siglo IV d. C.» (Robert Graves, La diosa blanca).
Jacob vivió en la era del derecho materno. Como todavía existen sociedades así, la comprobación está a la vista. Modernas naciones son matrilineales. El matrilinaje se conserva con el argumento de que nadie puede estar seguro del padre (aunque en la época actual, tampoco de la madre). En una región de China subsiste uno de los matriarcados más genuinos, y la Enciclopedia da cuenta de sociedades que fueron matriarcales y, por diversos motivos, como por ejemplo no saber guardar secretos, o debido a su tiranía con los hombres perdieron el poder.
El antiquísimo canto egipcio se duele de lo que todavía se repite: «¿Qué destino más arduo que el de ser mujer?» Sin embargo, los hombres escuchan esta queja con condescendiente sonrisa. Juan Jacob Bachofen (siglo XIX), en su estudio sobre el matriarcado, muestra que el yugo recae de todos modos sobre los hombres, aunque adornado con traidoras florecillas.
Hombres y mujeres llevan cien mil años de difícil convivencia, y ahora vienen a decirnos que hay que enseñarles a comportarse. Se separan de uno, sólo para caer en brazos de otro. Ellas se lo buscan. Carece de solución, luego no es problema. Ayer en la mañana, para ser franco, tuve que agarrarme con mi mujer a los almohadazos. Eso, porque ella había comprado almohadones de plumas, pero figúrate, Florence, lo que pasará si lo primero que se encuentra a mano es la metra. Dices que tu pelea no es contra los hombres, «tomados individualmente», sino contra la institución del patriarcado, porque lo que debe existir es la institución del matriarcado. Razonamiento poco consistente, si bien se mira.
La habilidad del libro para escamotear lo que no le conviene resulta admirable, como corresponde a la tradición académica. Siendo traición y falsedad propias del género humano, y considerando la cordial enemistad entre los dos géneros, las recriminaciones mutuas van parejas. Entre personas civilizadas el matrimonio no tiene dificultades insalvables, supuesto que se insista en la idea de familia. La campaña debe ser de educación, que significa convivencia, no de aumento de la pugnacidad con libros rabiosos, que les cobran a los hombres de hoy lo que otros hicieron hace mil años en algún lugar de la tierra. También hay infinidad de historias espeluznantes de crueldad femenina sobre hombres. ¿Por qué tendría que venírmelas a pagar mi adorada Leonor? No nos digamos mentiras. Las veladas intenciones se descubren fácilmente.
El instinto predomina sobre la ley porque pertenece a una parte inmodificable del cerebro. La mujer no puede ser adalid de paz porque la raza humana no es pacífica. La paz es una teoría imposible. Los hombres de Neandertal eran pacíficos, y por eso se dejaron exterminar de sus enemigos, de los que vino a descender finalmente la humanidad. El primer rebelde no fue el varón. Fue Eva, al aliarse con la serpiente en contra de la ley.
«Jesús explica su concepto del Cielo —dice G. Bernard Shaw— como un lugar donde no existe el matrimonio». Y don Francisco de Quevedo había dejado estos versos: «Yo confieso que Cristo da excelencia / al matrimonio santo y que le aprueba: / que Dios siempre aprobó la penitencia».
«Juya y Pulowi son enemigos, porque son marido y mujer», se lee en las tradiciones wayuu de Michel Perrin, El camino de los indios muertos.
Con el tiempo las cargas se fueron acomodando, y Rafael Cadenas pudo escribir el poema Matrimonio: «Todo habitual, sin magia, / sin los aderezos que usa la retórica, / sin esos atavíos con que se suele recargar el misterio. / Líneas puras, sin más, de cuadro clásico. / Un transcurrir lleno de antigüedad, / de médula cotidiana, de cumplimiento. / Como de gente que abre a la hora de siempre».
«De todas las artificiales creaciones de la sociedad humana, la idea de un padre perpetuamente amante y responsable de los hijos pequeños es probablemente la más alejada del instinto natural», escribe Jacquetta Hawkes en Historia de la humanidad, de la Unesco.
Fue el paso a la agricultura lo que dividió los clanes (organización matrilineal) en familias (la gens: patriarcal). No fue ninguna de las demás teorías que el libro acoge, al lamentar que «Colombia es un país en el cual la carencia de padre es tan generalizada» (pág. 141).
Tratar de componer tantos problemas simultáneos, con espíritu mesiánico, es lo que los antiguos llamaban «meterse en camisa de once varas». Los columnistas de prensa son aficionados a eso: ellos quieren dirigir el mundo, o al menos decir cómo debe hacerse. Muy pocos poseen sindéresis. La mayoría se desbocan irresponsablemente.
Todo lo que el libro dice es sabido y, en esencia, no se discute. El problema consiste en la conocida dificultad de practicar lo que se sabe, porque la teoría no coincide con la realidad.
La casa ideal que describe la página 85 para la pareja ideal incluye un árbol, para lo cual requiere patio, y una gran tina de baño circular para reunirse la familia y sus amigos más íntimos a disfrutar del agua tibia a las seis de la tarde, situada, por tanto, en terrenos de la utopía. Que se logra, se logrará, si nos proponemos. Dice.
De todos modos, el libro es franco y valeroso, y contiene un capítulo muy importante: es el dedicado a la palabra no. Es necesario, es indispensable decir no. Como lo enseña el Nadaísmo.
Jaime Jaramillo Escobar