Viaje sin peligro a la selva
Reseña por Jaime Jaramillo Escobar · 2007 · Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 44, n.º 74
Sobre Vaupés: mito y realidad, de Milcíades Barrero Wanana y Marleny Pérez Correa — Ediciones Desde Abajo, Bogotá, 2004, 367 págs., il.
«Es costumbre tener un morrocoy en la casa, y cuando no hay carne ni pescado se le amenaza de que se lo van a comer y misteriosamente se resuelve el problema» (pág. 235).
Hay una mariposa azul que se convierte en fiel compañera de los viajeros por los ríos y la selva (pág. 230).
«El pájaro tente o tamborero es muy apreciado en las casas porque se encarga de cuidar a los niños» (pág. 119).
Estamos en el Vaupés, en la selva, donde las cosas son así.
«Los güíos y los tigres por la noche imitan a los otros animales» (pág. 147). Es una treta para disimularse y a la vez una diversión.
«En época de verano […] las piedras salen a recibir el sol» (pág. 158).
«No nos gusta quebrar las piedras, porque sale el mal [contenido en ellas] e invade la región y a todos los habitantes de esa zona» (pág. 183).
El payé del Pirá Paraná, se metía a unas cuevas que quedan entre los ríos Pirá Paraná y Cananarí y duraba allí treinta o cuarenta días en completo ayuno. De vez en cuando salía a pescar sardinas (pág. 187).
Es que estamos en el Vaupés, en la selva, donde las cosas son así.
El interés de la obra excusa sus defectos editoriales, no imputables al impresor, sino al origen del material y falta de interventoría. Aparte del proceso de impresión, todo lo demás es hecho en el Vaupés. Por ese motivo resulta digno de encomio. Se dirige principalmente a la población joven del departamento, con propósito informativo, descriptivo y didáctico. El orden es cronológico en la parte histórica, progresivo en la exposición y lógico en su desarrollo. Está redactado en forma llana de diálogo para la comprensión general, e intercala fábulas vernáculas a fin de ilustrar con amenidad e introducir cortes tácticos en un texto extenso. Varios índices orientan al lector, entre ellos uno de colores en el extremo superior. Las deficiencias indexales se compensan con la disposición tipográfica, los grabados y el color. Para un volumen de lujo las fotografías y dibujos resultan notoriamente deficientes. Se comprenden los motivos, aunque afectan el resultado. Preceden la obra una sobria y delicada presentación de monseñor Belarmino Correa Yepes, obispo del Guaviare, y una nota explicativa de los autores. El contenido ofrece un panorama muy completo de la región para propios y extraños. Es un libro sobre el cual se puede escribir otro libro. Éste su mayor elogio.
«La culebra Surucucú ataca a su víctima y no se va hasta estar segura de haberla matado. Persigue enfurecida cualquier rayo de luz que pueda percibir, como una linterna o una antorcha» (pág. 234).
«Cuando caminamos por el monte no movemos los árboles, porque si de pronto uno que se mueva tiene hormigas Varasanta, caen como lluvia y enseguida viene el dolor en todo el cuerpo» (pág. 231).
«Cuando un viejo quiere morir, porque ya está cansado, su familia le colabora disminuyéndole la comida, y luego el payé le da el último empujoncito» (pág. 197).
Es que estamos en las selvas del Vaupés. «En la selva todos tienen que estar pendientes de lo que pasa a su alrededor, o si no desaparecen en las barrigas ajenas» (pág. 102).
«Esta tierra la están visitando, conquistando y explotando hace más de cuatrocientos años» (pág. 202). «Los brasileños hicieron que muchos indígenas que vivían en la ribera del río Vaupés se fueran monte adentro. A finales del siglo XIX el gobierno brasileño, viendo que la Amazonía colombiana estaba bastante descuidada y además tenía mucha riqueza, pensó que podría fácilmente apoderarse de ella. Para tal fin mandó a un grupo de hombres de su ejército equipados con cañoneras […]. Éstas subieron por todo el río, desde San Gabriel hasta Yuruparí. A su paso, con sus disparos […] hicieron abandonar a los indígenas sus malocas, sus asentamientos, que se encontraban a la orilla y los obligaron a ir en busca de nuevos sitios, lejos del río grande, […] a los caños amparados por las dificultades que la selva impone para transitarlos» (pág. 35). El Gobierno de Bogotá no se enteró.
Otros invasores, bajo protección oficial, han sido las congregaciones religiosas con propósito evangelizador. Lo primero que hacen es crear internados para niños y jóvenes mediante una labor de pesca descrita en la página 268: «Me acuerdo de lo que sucedía […] con los niños, unos grandes ya, otros pequeños, que se los llevaban de Yuruparí, Cuduyarí y otras comunidades para los internados; iban por ellos recogiéndolos en embarcaciones, muchos se volaban para el monte; a los que querían, los que convencían, los que obligaban o se dejaban coger los traían, los vestían, les daban comida, pero muchos se les volaban, se devolvían para donde sus familias».
Las veintidós etnias que viven en el Vaupés tienen identidad lingüística y cultural que les permite defender sus tradiciones y costumbres impuestas por la selva. Los misioneros religiosos, no sin violencia, se proponen romper esa cultura mediante la fragmentación y el desarraigo, pues el propósito común desde la Conquista es la desaparición de los indígenas. Nadie los librará de sus protectores.
El libro presenta relaciones ilustradas de los peces, animales, plantas, frutas, leyendas, costumbres, artesanías e instrumentos musicales. Dicen: «Sin música la alegría no brota fácilmente». El pescado constituye la base alimentaria, ya que la carne de monte siempre ha sido escasa. «En los intestinos del pez cucha se encuentran diferentes formas de tejidos que los indígenas hemos copiado para dibujar nuestras artesanías» (pág. 91).
«Siempre me ha impresionado el oficio del cazador: caminar en el silencio, mirar en la oscuridad, correr en la noche, hablar por señales, escuchar cada sonido de la selva, orientarse por la luna y las estrellas, y al abrirse el día volver a su comunidad cargado con la recompensa a sus espaldas por la faena vivida. Es volver impregnado, untado de instintos salvajes que lo hacen codearse en una lucha por el vivir, o morir con los otros seres conocedores como él de la selva. Es algo admirable, habitar la selva nocturna con tanta destreza» (pág. 143).
«Nos gusta criar marranos, gallinas, patos, pero para venderlos, no para nuestro consumo» (pág. 101). La misma actitud tienen con los vegetales: «El plátano lo usamos más como artículo de trueque con el blanco que como parte de nuestra alimentación cotidiana» (pág. 121). «Los indígenas no comen la ahuyama, sino que la utilizan como elemento de trueque» (pág. 133). «El árbol del pan sirve para alimentación de animales» (pág. 135). «El cacao no lo hemos usado como bebida, lo tenemos por fruta, sólo nos comemos la pulpa que cubre la semilla» (pág. 121).
Los otros vegetales importantes son el yagé, el vijo y la coca. «Yagé es el nombre que se le da al jugo de varios bejucos que tienen nombres de pájaro. Sirve para mirar cosas que no están en esta realidad y penetrar en otros mundos. Se ha vuelto común que cualquiera tome yagé, pero eso antes no era así» (págs. 138-139). «El vijo se extrae de tres clases de árboles que se procesan en forma independiente. Le permite al payé hablar con los espíritus de la Naturaleza y visitar otros mundos» (pág. 140). «La bonanza de la coca duró desde 1979 hasta 1983 […]. En esos años todos tuvieron mucha plata. Luego vino una gran miseria, tanto material como espiritual y moral, porque la coca removió y destruyó las estructuras más íntimas de la cultura indígena, lo que no sucedió con las otras bonanzas [caucho, pieles, oro]» (pág. 209).
Todos los acontecimientos se convierten en ocasión para festejar con chicha. Las fiestas y ceremonias son frecuentes y pueden durar varios días: para llorar a los muertos, dar nombre a un niño, celebrar la abundancia, realizar danzas y muchos otros motivos. Cada indígena tiene dos nombres: uno en su lengua, y otro para usarlo con los blancos. «Nosotros no pensamos en el futuro. Vivimos el momento».
En otro tiempo los animales también hacían fiestas en las que se disfrazaban unos de otros. Como ninguno sabía quién era quién, no se podían comer.
«Los suelos del Vaupés son ácidos, ricos en óxido de hierro y aluminio, carentes de fósforo, pobres en nutrientes y de configuración arenosa […] Los únicos nutrientes que encuentran los árboles para su desarrollo están en el colchón de hojas y palos podridos» (pág. 325). «El suelo se agota rápidamente y no resiste que se le cultive por mucho tiempo» (pág. 211). Por eso sus habitantes son seminómadas. «En contra de la ganadería están los pastos de mala calidad y el alto costo de los insumos. […] La selva no resiste el monocultivo ni la deforestación de grandes zonas para la agricultura» (pág. 212). «En el Vaupés todos los árboles de cedro se encuentran huecos» (pág. 219). Los árboles de caucho se acabaron rápidamente porque para sangrar los palos, es decir, sacarles el látex, se tumbaban. Había palos tan grandes que daban hasta quince galones, pero sólo una vez» (pág. 204).
«La caza y la pesca ya no son abundantes, y los frutos se dan sólo por épocas. […] Por las muchas necesidades se vende todo lo producido, generando desnutrición y graves secuelas» (págs. 210-211).
«Por vía terrestre no existe la forma de salir del departamento. […] Por vía fluvial no hay comercio. Es un transporte para personas y muy poca carga» (pág. 296).
«Los indígenas conocemos y manejamos todos los peligros de la selva: el peligro de los animales, el peligro de perderse, los peligros y beneficios de sus plantas; la sabemos caminar y navegar (pág. 214). «Sabemos que es un gran ser con su único e irrepetible ritmo de vida. En la selva no se ve el sol, pero sabemos la hora del día por el canto de los pájaros. Sabemos cuándo pasamos de una zona a otra por el color del agua, y muchas señales más de la Naturaleza que nos orientan sobre lo que va a pasar o está pasando» (pág. 215).
Después de sus prolongados viajes por el Chocó, Gonzalo Arango adquirió gran afición por el Vaupés. Allá se refugiaba por largos periodos. Eso fue lo que acabó con la revista Nadaísmo.
Si la lectura de este artículo le produjo sed, tome chivé con jugo de patabá, ibacaba, mirití, avina, manícuera, wasaí, ibapichuna. Es un energizante del color de la guayaba. Delicioso.
Jaime Jaramillo Escobar